Lorca no quería morir

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Sobre los últimos días del poeta y la búsqueda eterna de los desaparecidos.

Por Sahar Delijani.

«Lo imagino sentado ante el escritorio que le dieron, esforzándose para encontrar la concentración, para escribir, para mantener a raya sus miedos. Puedo verlo sentado a la mesa del comedor junto a la señora de Rosales, que se regocija en su presencia, encantada de jugar el papel de benefactora. Él la deleita con anécdotas y chistes. Le gusta a veces ser el payaso, hacer reír a los demás.

Más tarde, solo en su habitación, descorre las cortinas solo lo suficiente para asomarse a la noche, a las calles adoquinadas, los transeúntes que pasan, sus risas reverberando entre los edificios como una burla. Una ansiedad queda lo roe por dentro y se adueña del poeta mientras este ve cómo Granada, su Granada, sigue adelante sin él. ¿Cómo puede? ¿Cómo puede una ciudad seguir viviendo sin la persona que más la ama?

Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa.

Nos citan en la Huerta de San Vicente, la casa de verano de la familia Lorca, para hacer una visita guiada. Aquí fue donde Federico García Lorca, el célebre poeta y dramaturgo español, pasó su último verano, el de 1936, el que vio estallar la Guerra Civil española. Justo un mes antes, Francisco Franco y otros generales españoles dieron un golpe de estado contra la joven y combativa democracia española. Respaldados por la Alemania nazi y la Italia fascista, Franco encabezó una sublevación contra al gobierno electo socialista y sus ambiciosas reformas: redistribución de la tierra, educación laica, derechos para las mujeres y los trabajadores. En toda España, las escuadras de la muerte de los sublevados asesinaron, saquearon y violaron, decididas a borrar no solo la República sino todos los ideales progresistas que representaba.

Lorca, partidario expreso de la República, homosexual y socialista acérrimo, se convirtió en un objetivo prioritario. Pese a buscar refugio, no tardó en ser detenido, obligado a marchar al alba de Andalucía y ejecutado sin juicio. El asesinato de Lorca en esos meses primeros de guerra civil fue la salva con la que Franco inauguró una despiadada campaña contra el disenso político, social y cultural. Los restos de Lorca aún no se han encontrado.

Nuestra visita guiada nos permitirá seguir los últimos pasos del poeta por una Granada que estaba transformándose rápidamente en un bastión fascista. Caminaremos por las mismas calles soleadas por las que se apresuraba esos días últimos, nos detendremos ante la última puerta a la que tocó, nos sentaremos en los escalones que bajó por última vez antes de ser arrestado, colocado ante sus verdugos y brutalmente asesinado por el régimen que impuso su mandato en España a lo largo de casi cuarenta años.

Es una tarde tibia de noviembre. Salgo de E Realejo, el barrio en el que se encontraba la antigua judería y donde me alojaré durante un mes para llevara a cabo una residencia literaria. Es temprano, así que tengo tiempo para dar un paseo antes de que empiece la visita guiada. Estoy deseando hacer esta visita guiada. No solo por mi amor por Lorca y su poesía, no solo por aquellas noches, hace años, en que con amigos, y bebiendo botellas incontables de tinto, intentábamos traducir su poesía al farsi, sino porque la vida y la muerte de Lorca me hablan al corazón, y se hacen eco de mi historia y de la de mi familia. A Lorca lo mataron décadas antes de que yo hubiera nacido, en un país a miles de kilómetros de distancia, y, sin embargo, yo sentía mía su historia, con una intimidad sobrecogedora.

Camino despacio, observando y tratando de retener en la memoria las caprichosas vueltas y revueltas de los callejones. Granada se extiende ante mi como un sueño recurrente, familiar y irreal, cambiante con la luz y con cara respiro de su aliento. Sobre las colinas que se asoman al río Darro, la Alhambra se alza en esmeralda y oro; su contorno moruno resplandece con un lirismo esplendoroso. Al otro lado del valle, las casas blancas del Albayzín, el viejo barrio árabe, escalan por las laderas entre cipreses, creando un dédalo vertiginoso de sombra y sol. Más allá, se despereza el Sacromonte, con sus abruptas vertientes sembradas de chumberas y cuevas donde los gitanos siguen hablando, en sus hondas canciones cargadas de duende, de angustia y de pérdida.

Granada es una ciudad de historias, de tragedias y superstición, de lo real y de lo fantástico, de embrujo y de ritual gitano, donde convivieron el puño de hierro católico y las leyendas moras, la guerra, las atrocidades y los fantasmas. Fue aquí donde los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, culminaron la conquista de España, en 1492, tomando la capital del Reino de Granada tras diez años de guerra, poniendo así fin a casi ocho siglos de dominio musulmán de la península Ibérica para instaurar su largamente deseado reinado cristiano.

Granada no cayó conquistada, sino víctima de un violento desmadejamiento de mundos: musulmanes y judíos fueron arrancados de las casas que habían construido generaciones atrás, sus bibliotecas fueron pasto de las llamas, se prohibieron sus lenguas, y se los obligó a convertirse al cristianismo so pena de exilio. Hubo hambruna provocada y decapitaciones, se vendió a miles como esclavos, se asesinó a pueblos enteros. Así, Granada, la ciudad que para Lorca fue una herida que nunca sanaba se convirtió en la joya de la corona cristiana y un cementerio de nombres borrados y memorias arrasadas.

Paso por delante de la estatua de bronce que representa a Isabel y a Colón ante ella. Se levanta el viento. Una paloma aterriza sobre la corona de la reina y rasca con sus uñas el metal frío. Al pie de la imagen, se sienta una adolescente que, dando la espalda a los monarcas, come churros que extrae de una bolsa de papel manchada de aceite. Camino ante inmigrantes senegaleses que venden réplicas de bolsos Louis Vouitton, dejo atrás a un músico callejero que toca la guitarra y a un vendedor de lotería ciego en cuyo rostro de dibuja una sonrisa triste.

Por encima de nuestras cabezas se despliega la ciudad. Las tejas centellean como escamas y los jazmines trepan por los muros. Las ramas de los granados de comban por el peso de los frutos. Granada se abre ante mí, grácil y soleada, recortándose sus torres de fábula. Aun así, recorriendo sus calles estrechas, creo oír los gritos y oler la sangre. Vibran en el aire los bisbiseos de los musulmanes y los judíos expulsados de sus casas, de las plegarias en árabe talladas en los muros de los sótanos, en la sangre de Lorca mezclándose con la sangre derramada antes que la suya. Aflojo el paso, escuchando.

Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir.

La Huerta de San Vicente se levantó en lo que fue antaño la vega de Granada. Hoy día forma parte de la ciudad, un ribete más del tejido urbano. El cemento, con su hambre, ha devorado los viejos campos. Me aproximo a la entrada y leo el letrero de la pared: Parque de Federico García Lorca. Comienzo a sentir una agitación; el corazón, relativamente calmo hasta ese momento, me golpea el pecho y me calienta la sangre.

Cuando se trata de Lorca, pisar el suelo del lugar que habitó equivale a pisar el suelo del lugar del que fue llevado hacia su ejecución. La muerte de Lorca fue tan grande como su vida. No fue su muerte solo; todos morimos un poco el día que mataron al poeta.

Nuestra guía, Marta, nos espera en la entrada de esa casa andaluza encalada, sencilla pero elegante, con un amplio balcón y postigos verdes. Alexandra, la periodista polaca y compañera de residencia, llega momentos después. Portea a Gniewko, su hijo de cuatro meses, contra su pecho, envuelto en un pañuelo. Me alegra la presencia de ese bebé. Entramos en esa vieja casa poblada por fantasmas, y ese pequeño peso contra el cuerpo de Alexandra se siente como un ancla que nos acompañará en este viaje a través de la tristeza y la angustia, reconfortándonos.

Atravesamos el jardín, donde hacen guardia dos cipreses plantados por Federico y su hermano, cuya sombra se alarga sobre los senderos alfombrados de hojas. Marta abre la puerta y accedemos al salón, donde el tiempo parece haberse detenido. En las paredes cuelgan cuadros pintados por el poeta y bocetos de un joven Dalí, junto a fotografías familiares. En un rincón permanece mudo un piano, el mismo que Lorca tocaba. Sobre una mesa vestida con un mantel de encaje blanco, una bandeja con granadas secas.

Subimos las escaleras que conducen a los dormitorios. En la habitación de Lorca, unas ventanas enmarcadas de cortinas azules se asoman al jardín. Sobre los suelos embaldosados, rodales de un sol que hace resplandecer el escritorio manchado de tinta sentado al cual revisó Poeta en Nueva York y escribió Bodas de sangre. Desde ahí escuchaba los cotilleos de las criadas, que entretejía en obras como La casa de Bernarda Alba.

Me detengo ante la mesa. Tengo las manos hundidas en los bolsillos: no me atrevo a tocar la madera. Sé que la angustia me treparía los dedos a toda velocidad y se adueñaría de mí.

El escritorio me llama. La madera respira.

Qué objeto ordinario: el escritorio de un poeta. De una simplicidad desnuda. Nada que ver. Nada por lo que maravillarse. Un escritorio como cualquier otro.

Un poeta.

No dudo al preguntarme si Lorca pensaba alguna vez en la muerte. Sé que pensaba en la muerte. La cortejaba, obsesionado con ella, la sopesaba con tanta meticulosidad como el amor, la pérdida, la misericordia y todos los caminos que unen a los seres humanos y que no sabemos recorrer.

Pero ¿imaginó fosas comunes? Su propio cuerpo sin vida arrojado a una zanja somera, anónima, cavada a la carrera. ¿Imaginó los restos de los muertos?

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El escritorio de Federico García Lorca. Fotografía de Sahar Delijani.

Yo soy hija de las fosas comunes, de los pozos someros, de los muertos que no tuvieron luto. Ahí es donde se enraíza mi historia, en su desgracia, en la pura crueldad, en la manera que tiene la crueldad de aniquilar sin mirar atrás. Mi tío, Mohsen, tenía veintisiete años cuando el régimen iraní lo ejecutó y enterró su cuerpo en una fosa común. Era 1988, el clímax de la violencia política posterior a la revolución de los ayatolás. Mi tío era un preso político. Su cuerpo, desechado como una palabra borrada del libro de historia oficial del país. Su imagen me atormenta como me atormenta Lorca: sus juventudes robadas, su inocencia para la eternidad, dos sombras entretejidas con mis costillas.

Las fosas comunes parecen no acabar nunca, sin embargo. Gaza, Siria, Yemen, Sudán. Dejo a Lorca sentado ante su escritorio y pienso en el acto de la exhumación: algunos regímenes entierran sus crímenes y a otros se los obliga a desenterrarlos. En España, cincuenta años después de la muerte de Franco, las familias siguen peleando por recuperar a sus muertos de las cunetas y los pozos abandonados y exigiendo reconocimiento de cierto establishment político que preferiría no remover el pasado.

En Irán, donde el régimen islamista sigue aferrado al poder, a los campos en que enterraron a los presos políticos ejecutados se los llama la Tierra Maldita. Las familias siguen acudiendo en la efeméride de la masacre para depositar flores donde reposan aún los restos de sus muertos amados. Rosas y gladiolos señalan lo que el gobierno quiere esconder: tumbas sin nombre que se tragaron a miles de personas.

La Maldición de la Tierra.

La Tierra de los Malditos.

Cuerpos que, según se dice, se enterraron con tanta prisa, con tan poca atención, que pasados unos días, las familias veían manos que asomaban, aferradas aún al suelo, zapatos, pies descalzos, mechones de pelo enredados aún en las fauces de la tierra.

Yo vivo acompañada de estas historias. Esta es mi herencia, lo que llevo conmigo. Vivo atormentada. Un tormento que nos persigue a todos cuando se trata de enterramientos en masa, del terror, de cómo los fantasmas nunca desaparecen, sin importar cuán infatigablemente intentemos traerlos de nuevo a la vida.

Siempre estaré del lado de aquellos que no tienen nada y que ni siquiera pueden disfrutar de nada de lo que tienen en paz.

La visita guiada está a punto de terminar. Sigo al resto al piso bajo y de vuelva a la luz. Fuera nos espera Jesús, escritor y experto en Lorca. Nos observa atentamente, buscando quizá en nuestros rostros los restos del aliento del poeta.

—¿Estáis listos para seguir los pasos de Lorca en sus últimos días? —pregunta.

Jesús comienza su historia mientras nos conduce de vuelta a la ciudad a través de un pasaje bañado de luz dorada. Lorca sabía que iban en su busca. Los falangistas ya habían empezado a buscar, puerta a puerta, a partidarios de la República, socialistas e “indeseables”. Lorca encontró refugio en la casa de los Rosales, una familia cercana a los falangistas que le prometió protección. Lorca esperaba que estaría a salvo gracias a los vínculos de los Rosales. Estaban todos equivocados. Menos de dos semanas más tarde, hombres armados rodearon la casa de la familia Rosales. Iban a por Federico.

Se dice que los Falangistas entraron en la casa por la fuerza, sin orden judicial. Fue un asedio: varios hombres se distribuyeron por la calle y en los tejados, apuntando con sus fusiles hacia la puerta de entrada. El poeta se encontraba en el segundo piso. No quiero imaginar siquiera la fuerza con que debió empezar a latirle el corazón desbocado cuando oyó los fuertes golpes en la puerta, las voces, los gritos de la esposa de Luis Rosales, el reverbero de las botas apresurándose escaleras arriba.

Sacaron al poeta a rastras de aquella casa y lo metieron en un coche que esperaba para llevarlo a la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada, convertido en centro de detención falangista. Lorca fue interrogado a lo largo de dos días, mientras su familia y sus amigos se dejaban la piel en intercesiones y removían cielo y tierra por salvarlo. No sirvió de nada.

Al alba del 19 de agosto de 1936, sacaron a Federico García Lorca de su celda. Lo acompañaron otros tres condenados: el maestro republicano Dióscoro Galindo González y dos banderilleros anarquistas, Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas. Cinco soldados los llevaron en coche a los montes yermos que rodean el pueblo de Víznar, uno de los lugares que los falangistas usaban como matadero de presos políticos.

Imagino los faros del coche recortando las sombras de los presos cuando fueron obligados a salir al camino de tierra. Imagino a los soldados obligándolos a marchar hacia la cuneta oscura. Para ese momento, los cuatro sabían a qué los habían llevado. El aire lo sabía, los campos lo sabían. No había luna en el cielo inmediatamente anterior a la aurora cuando la descarga del pelotón quebró el silencio. No había estrellas que atestiguaran. El poeta cayó al suelo, enredándose su último aliento en la tierra.

Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir.

La visita guiada llega a su fin. El pequeño Gniewko se ha quedado dormido contra el pecho de su madre. Nos sentamos en el tranco de la casa de la familia Rosales y leemos los versos de Lorca, en nuestro español incierto, tímido, melancólico. Destrozamos con nuestro acento su verde, que te quiero verde, pero el duelo se traduce. Nos reímos de nosotros mismos, cuchicheándonos al oído que lo hemos intentado hacer lo mejor posible.

Cae la tarde. Las calles de Granada acogen un bullicio vespertino de gente que regresa a sus casas o de amigos que se encuentran.

A las puertas de las iglesias barrocas, señoras gitanas de aspecto cansado les colocan a los turistas ramitas de romero en la mano y ofrecen leer la buenaventura a cambio de la voluntad. En un restaurante marroquí, una familia come a la luz de los coloridos faroles. Dos mujeres cubiertas con hiyab cruzan la calle, tapándose la cara con las manos entre risas. Veo a lo lejos la Alhambra, sangrando bajo el crepúsculo, y oigo los ecos que bajan, arremolinados, desde el Albaicín. Espesan el aire el aroma dulzón de los higos chumbos, el aliento meloso de los caquis maduros, el suspiro resinoso de los cipreses.

Recuerdo un verso de Lorca: “Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo”.

Quizá.

Los muertos de España. Los muertos de Irán. Los muertos de Gaza.

Los asesinados. Los masacrados. Los traicionados.

Cada tierra tiene sus propios fantasmas que reconocer, sus propias historias que contar: de los desaparecidos, de los que mataron, de los huesos que no callan.

Camino bajo el sol del crepúsculo, pensando en el acto de la exhumación: no hay nada en el mundo a la vez más terrible y más sagrado que sacar a los sacrificados de la tierra. Hueso a hueso, trozo a trozo. La excavación cuidados. El cepillado suave para eliminar la tierra. La liviandad insoportable de un cuerpo que regresa a la superficie.

Quienes excavan fosas comunes lo hacen porque saben que solo matar no basta. Un cuerpo enterrado que ha tenido un nombre, un hogar y una historia se convierte en un testamento que pervive. Es un registro que puede traer aparejada una maldición para los asesinos, que dejará huellas, suscitará preguntas, exigirá respuestas. Un cuerpo por el que se ha hecho duelo es un cuerpo que se niega a desaparecer en silencio.

«¿Qué hacemos, pues, con la memoria de los cuerpos?», se preguntan los tiranos. ¿Cómo los hacemos desaparecer completamente, y garantizamos que no regresen nunca? ¿Cómo borramos sus historias y nos aseguramos de que nadie hace duelo por ellos, de que nadie guarda luto por ellos, de que nadie pueda leer una oración o un poema junto a sus lápidas? ¿Cómo vaciamos sus carnes del recuerdo, sus espinazos de la historia?

Una fosa común es, por tanto, el acto definitivo de aniquilación. La fosa común asegura que nadie pueda regresar al principio de la historia. Nadie podrá saber jamás, con certeza, qué ocurrió, o dónde, o cómo. Cuerpos amontonados sobre cuerpos, sin nombre, sin marcas, ocultos del mundo vivo. La fosa común niega que las víctimas alguna vez existieran, que respirasen, que hayan caminado en este mundo. Es el deseo más oscuro de todo tirano: cercenar el hilo sagrado entre los vivos y los muertos hasta que los no llorados devengan no nacidos. Porque si no se honra a los muertos, si se los entierra lejos de su seres queridos, sin ritual y sin recuerdo, entonces, a los ojos de la historia y la memoria, jamás habrán existido.

Recorriendo de vuelta el dédalo de calles Granada, pienso en el monte de Víznar y en los huesos de Lorca hechos uno con el suelo andaluz, en la sangre de mi tío Mohsen disolviéndose en la tierra de Irán, en otros miles de personas anónimas que se han esfumado sin mortaja y sin lamento. Respecto de las tierras palestinas, me pregunto cómo somos capaces de guardar tanta ausencia en nuestras almas, cuán urgentemente trasladamos historias que han quedado enterradas y silenciadas. Busco algo entre las sombras —una señal, un sonido, una presencia— que me dé a entender que esas vidas no se perdieron en vano. Porque necesito que las palabras de Lorca sean ciertas. Necesito que los muertos estén vivos. No en la memoria, sino aquí mismo: su aliento cálido en mi nuca, sus dedos manchados embarrando mi ropa.

Debo encontrar la manera de llamarlos, de invocarlos de vuelta. No como sombras, sino como jueces. No como un eco, sino como una acusación.

Que sus nombres se labren en la tierra que los tragó. Que nuestras lenguas sean cinceles, que repitan su nombre una y otra vez hasta que dejen una cicatriz en el mundo.

Que regresen los fantasmas. Que vuelvan a por nosotros. Que aúllen nuestros nombres, hasta que nos despertemos sudando en mitad de la noche, convencidos de haberlos oído. Que posen sus palmas ennegrecidas por la tierra, que nos susurren dentro de la boca. Que arrastren sus sepulturas tras ellos como un manto que se niegan a colgar.

Y juntos, nos sentaremos en esta luz inmisericorde que cae sobre las tumbas sin marca. Nombraremos cada hueso. Repetiremos cada nombre. Resucitaremos cada historia, presentaremos testimonio de cada vida truncada con sangre.

Lo demás era muerte y solo muerte / a las cinco de la tarde.

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La mesa de Federico García Lorca. Fotografía de Sahar Delijani.

En algún lugar, el campanario de una iglesia marca la hora. No las terribles cinco de Lorca, la hora en que la sombra se convierte en paredón, sino unas cinco más amables, en que en lugar de fusiles cargando se oyen cubiertos tintineando contra porcelana. Hago una parada en mi cafetería preferida. El dueño, de mirada amable y manos ocupadas, me ve y sonríe.

––Buenas tardes —me saluda, invitándome a tomar asiento con un gesto–. ¿Qué tal el día?

—He visitado la casa de Lorca.

Sobrevuela su rostro una sombra. Por un segundo, sus manos se quedan quitas. Entonces, con una sonrisa, apartándose para atender ya a otros clientes, dice:

—Lorca es nuestra leyenda. Nuestra sangre y nuestra historia. Espero que no te pesara demasiado.

Hago un gesto con la cabeza, sonrío y extiendo las palmas como si quisiera atrapar la luz.

Lorca no quería morir.

Granada no quiere morir.

Lorca vive. Granada vive. Como Teherán. Como Mohsen. Como Gaza, Siria, y Sudán. Como todas las vidas arrancadas de cuajo solo porque es mucho más fácil destruir que intentar ser mejores. Aquí estamos todos y todas, sentados ante nuestras mesas, observándonos unos a otros a través del ocaso de terciopelo. Y con los corazones henchidos de una historia insondable y de tanta belleza que cuesta no enamorarse, escuchamos la voz del poeta que nos llega por los aires murmurando:

Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que haya un establo de oro en mis labios;
que soy un pequeño amigo del viento oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.

Cierro los ojos y dejo que el poeta me transporte de vuelta al sueño inolvidable del granado.

Nota:Publicaciòn realizada con autorización de la autora. Texto original de © Sahar Delijani publicado originariamente en BOMB magazine (Estados Unidos) Traducción al español © Miguel Marqués. Publicado con autorización del traductor en su blog «El Jarique».

Sobre la autora:

SAHAR DELIJANI. Nació en una cárcel de Teherán, donde su madre estuvo presa durante la revolución por su activismo de izquierdas.Disfrutó de una residencia literaria en Granada hace unos años y tiene un amor por España y por Lorca que trasluce en el texto. Su obra conocida en España » A la sombra del árbol violeta» publicada por Salamandra editorial.

 

 

Sahar Delijani - Deutsch-Amerikanisches Institut. Haus der Kultur.
Sahar Delijani es es una autora iraní-estadounidense. Su primera novela, Children of the Jacaranda Tree, ha sido traducida a treinta y dos idiomas y publicada en más de setenta y cinco países. Sus textos han aparecido en The New York Times , Literary Hub , McSweeney’s Quarterly Concern y BOMB. Próximamente aparecerá publicada su segunda novela.

Miguel Marqués 

Coordinación: Valentín Castro

Este especial está abierto a colaboraciones. Si quieres proponer un tema, un documento o una lectura guiada, contacta con la redacción desde la página del proyecto. Correo Redacción del Especial G-27>>>: Especial-G27@hojassueltas.es

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