Mientras dormían, de Donna León [06]

Dentro del mapa contemporáneo de la novela negra europea, Donna Leon ocupa un lugar singular. No escribe policiales de mecanismo puro ni novelas de acción apoyadas en la violencia o el sobresalto. Su territorio es otro: el de la corrupción cotidiana, la decadencia moral de las instituciones y la observación minuciosa de una sociedad que se descompone sin hacer ruido. Mientras dormían responde plenamente a esa poética. Bajo la apariencia de una investigación discreta, casi doméstica, la novela va abriendo un campo de inquietud donde se cruzan la vejez, el poder eclesiástico, el dinero y la impunidad.

El punto de partida es, en apariencia, sobrio: varios ancianos mueren en una residencia geriátrica en circunstancias que despiertan la sospecha del comisario Brunetti. No hay aquí un crimen espectacular, sino algo más turbio y perturbador: la posibilidad de que la muerte haya sido administrada con sigilo, amparada por la fragilidad de unas vidas que la sociedad ya contempla con distracción. A partir de ese núcleo, la novela desplaza la pesquisa hacia terrenos cada vez más incómodos, hasta rozar a la Iglesia católica y, en particular, a la influencia de un Opus Dei retratado como estructura de poder opaca, disciplinaria y, sobre todo, blindada frente al escrutinio público. Leon añade además una dimensión sexual que no busca el escándalo fácil, sino que apunta al viejo vínculo entre represión, doble moral y abuso de autoridad.

La localización veneciana, una de las marcas de la serie Brunetti, vuelve a ser decisiva. Pero conviene precisar algo: la Venecia de Donna Leon no es una postal, ni un decorado para el exotismo turístico. Es una ciudad concreta, administrativa, social, con sus ritmos, sus jerarquías, sus rumores y sus privilegios. En ese sentido, la autora trabaja la ciudad como Andrea Camilleri trabajó Sicilia: no como simple escenario, sino como una forma de entender el mundo. También por eso su novela negra se distancia del modelo anglosajón más ceñido al enigma. Leon se acerca más a una tradición mediterránea y moral, donde importa tanto descubrir qué ha pasado como comprender qué red de complicidades permite que pase.

Brunetti, en este libro, funciona menos como héroe que como conciencia herida. Su método no descansa en el golpe de intuición genial, sino en la paciencia, la escucha y una cierta melancolía cívica. Frente a detectives más abrasivos o más cínicos, el comisario de Leon conserva un sentido ético que lo emparenta, salvando las distancias, con el Maigret de Simenon: ambos entienden que investigar no consiste sólo en reunir pruebas, sino en entrar en la textura moral de una comunidad. Pero mientras Simenon tendía a la compasión sombría, Donna Leon subraya el desgaste de la legalidad cuando se enfrenta a poderes que la exceden. Ahí reside una de las claves del libro: la sensación de que la verdad puede conocerse y, sin embargo, no bastar.

Desde el punto de vista formal, Mientras dormían presenta algunas de las virtudes más reconocibles de la autora. La voz narrativa, en tercera persona y muy pegada a Brunetti, le permite combinar la progresión policial con una mirada reflexiva, nunca aparatosa. No hay experimentalismo ni juegos estructurales llamativos; la novela avanza con limpieza, por acumulación de indicios, conversaciones, documentos y escenas de vida cotidiana. Esa sobriedad es deliberada. Leon sabe que, para contar ciertos horrores, conviene bajar la voz. El lenguaje, por eso, rehuye el tremendismo. Incluso cuando entra en zonas moralmente sórdidas, mantiene una dicción contenida, más interesada en la ironía y en el matiz que en el efectismo.

Esa contención estilística explica también el alcance crítico de la novela. Donna Leon no pontifica, pero tampoco se refugia en la neutralidad. Su literatura parte de una sospecha muy nítida: las instituciones que deberían proteger a los vulnerables suelen ser, precisamente, las que mejor administran su indefensión. La residencia de ancianos no es sólo un lugar argumental; es un símbolo de aquello que una sociedad aparta de la vista. Y la irrupción del poder religioso no se limita a una denuncia anticlerical superficial. Lo que la novela examina es la capacidad de ciertas estructuras para convertir el secreto en norma y la obediencia en coartada. En ese cruce entre intimidad, culpa y poder, Mientras dormían plantea preguntas éticas de primer orden: qué valor concedemos a quienes ya no producen, quién responde por los cuerpos frágiles y hasta qué punto el prestigio social puede neutralizar la investigación de la verdad.

En el contexto de la novela negra, el libro dialoga con una línea muy reconocible del género: aquella que entiende el crimen como síntoma social. No estamos lejos, en ese sentido, de la dimensión política de Vázquez Montalbán, aunque Donna Leon sea menos ensayística y menos satírica. Tampoco de la mirada de P. D. James cuando el caso criminal se convierte en una exploración de instituciones y conciencias. Sin embargo, Leon conserva un tono propio: más sereno, más observacional, y quizá por ello más insidioso. Su crítica no estalla, cala.

La lectura interpretativa más fértil de la novela pasa, a mi juicio, por entender el sueño del título no sólo como circunstancia física de las muertes, sino como metáfora moral. Mueren mientras duermen unos ancianos, sí; pero también parece dormir una sociedad que prefiere no mirar ciertos mecanismos de abuso cuando éstos se presentan revestidos de respetabilidad. Ahí la novela deja de ser un simple caso de Brunetti para convertirse en una meditación sobre la ceguera voluntaria, sobre todo la de las clases acomodadas y los poderes tradicionales.

Mientras dormían no es la entrega más aparatosa ni la más sentimental de Donna Leon, pero sí una de las que mejor condensan su proyecto narrativo: utilizar la novela negra para examinar las zonas de sombra de la vida civilizada. La recomiendo especialmente a lectores del género que prefieran la investigación moral al artificio del thriller y que busquen, junto al crimen, una mirada penetrante sobre la corrupción silenciosa de las instituciones.

PUNTO Y SEGUIDO – Marcos Gómez-Puertas

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