Costaba trabajo reconocerla. O, mejor, costaba trabajo creerse aquella versión de sí misma rejuvenecida, ligera, moviéndose por toda la casa como si levitara, el pelo suelto (nunca había llevado el pelo suelto, que ella recordase), los dedos manchados de pimentón; desprendida, pese a vestir de negro, de aquella gravedad luctuosa de los últimos tiempos. Ni siquiera los últimos: desde antes de la desaparición de su marido, desde la guerra, desde antes de la guerra, incluso, imaginaba.
Endurecía brevemente el gesto ante el escrutinio de su mirada inquisitiva, plena de asombro, como si hubiera necesidad de defenderse del posible reproche silencioso que ella misma podría haberse hecho antes que nadie, antes que su hija; como si no mereciera liberarse de la carga del marido ausente o del hijo malherido convaleciente en su dormitorio. Pero de momento no existía ningún reproche. Solamente la lógica, la posibilidad de su existencia.
Su perplejidad había logrado mitigar un poco la agitación producida por su reciente periplo a través del pueblo. Porque ahora le costaba un verdadero triunfo salir de su casa, tanto, que no salía a ninguna parte: era la segunda vez desde que ocurrió aquello. Permanecía encerrada entre las cuatro paredes esperando la aparición que no se producía, despachando el pan con considerable esfuerzo, evitando el contacto con su preocupado y solícito marido. Una noche salió prácticamente corriendo, temiendo ser abordada al doblar cualquier esquina, y no paró hasta llegar a aquella puerta conocida tras la que había sido tan feliz; todo, para que una especie de gárgola de rizos plateados le dijera, con un imperceptible punto de piedad, que llevaba días sin tener noticias de su sobrino.
Ahora se encontraba con el misterio de la sorprendente nueva versión de su madre y el rostro vendado de su hermano, desconcertado como ella aunque por causas distintas. Se acercó a él, estiró un poco el borde de sus sábanas blancas y preguntó qué había pasado.
—Se lo llevaron los guardias al cuartelillo, solo ellos saben por qué. Y allí seguiría, si no hubiera sido por…
No dijo más. Hablaba mientras se recogía el pelo apoyando su espalda contra la cal de la pared. A Soledad le pareció distinguir una incomprensible mezcla de fragancias, algo así como jara, tomillo y romero. No podía ser (no podía no ser) la primavera.
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