En una aldea se juntaban por las mañanas todas las mujeres en la orilla del río, y hablaban entre risas y trabajos.
En una ocasión, una le dijo a la que tenía a su lado:
—Mi marido me regaló unos pendientes de oro.
Esta, le susurró al oído a otra mujer:
—A Zulema, el marido le regaló unos pendientes de oro y brillantes.
—¡Qué suerte tiene esa que nosotras no tengamos! —exclamó esta última a otra.
Y la envidia trajo la desconfianza.
—Vaya uno a saber de dónde sacó eso el marido —habló una.
Y otra:
—A alguien se lo habrá robado.
Alguna agregó:
—Claro, con razón el marido sale de noche. Dicen que trabajó en palacio… y como es guapo, la princesa se habrá enamorado de él y le habrá dado la joya… Tal vez el rey le construyó un palacio aparte con altos paredones…
El rumor corrió como la pólvora, y pronto llegó a oídos de todo el pueblo: el esposo de Zulema tenía un idilio secreto con la princesa.
Y también llegó a oídos del rey. Preocupado por la situación, mandó llamar al marido de Zulema, para que diera explicaciones. Pero Alhamar, el esposo, no se presentó; había huido con la princesa Yasmina hacia otro reino lejano.
Enfurecido, el rey Kurdistán envió en su busca y captura a todo un ejército. Pero, Alhamar y Yasmina viajaban por tierras desconocidas, desafiando a la historia y los rumores, mientras en el pueblo las mujeres seguían reuniéndose en la orilla del río, ahora no solo para trabajar y reír, sino para alimentar nuevas historias que crecían con cada susurro…
© Anika



