Ánxel Fole, o el arte de contar cuando el país calla

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Ánxel Fole (Lugo, 1903–1986) pertenece a esa estirpe rara de narradores que no “inventan” historias: las desentierran. Su literatura no se entiende como una producción de argumentos, sino como una práctica de escucha. Y esa condición —la de escritor atento a la voz ajena, a la oralidad como archivo moral— explica tanto su singularidad como una parte de su posterior desatención en el canon español, todavía poco permeable a lo que no nace en el centro, ni se expresa en la lengua hegemónica, ni adopta el molde prestigioso de la gran novela.

Fole nació y murió en Lugo, y esa circularidad biográfica no es un detalle pintoresco: es un programa estético. Vivió, sin embargo, una juventud de desplazamientos y tentativas —estudios de Derecho, estancias en Valladolid y Santiago— que lo conectaron con el clima intelectual del galleguismo cultural anterior a la guerra. En los años veinte y treinta frecuentó ambientes periodísticos y literarios, colaboró en prensa y se acercó a la sensibilidad de una Galicia que aspiraba a modernizarse sin perder su densidad histórica. La Guerra Civil y la posguerra reordenaron ese horizonte: la represión y la censura no solo recortaron libertades; impusieron un régimen de discurso. En ese contexto, Fole optó por una estrategia que es a la vez literaria y ética: contar desde los márgenes, insistir en lo local como forma de verdad, y refugiar en el cuento —breve, móvil, transmisible— una memoria que el relato oficial pretendía clausurar.

Su obra narrativa se articula, sobre todo, en libros de relatos que hoy deberían leerse como una intervención mayor en la literatura peninsular del siglo XX: Á lus do candil (1953), Terra brava (1955) y Contos da néboa (1958), entre otros volúmenes que prolongan ese territorio de fábula rural y de conversación nocturna. Es significativo que su título más citado, Á lus do candil, convierta en emblema una luz precaria: la lámpara que permite ver lo imprescindible, no lo espectacular. Fole escribe desde esa penumbra donde lo cotidiano roza lo insólito y donde la comunidad —no el individuo aislado— es el gran sujeto del relato.

La clave formal de Fole está en la voz. No es un escritor “de estilo” en el sentido ornamental; su prosa trabaja para sonar. Con frecuencia utiliza narradores que hablan como quien recuerda en corro, con inflexiones, dudas, rectificaciones, chascarrillos y silencios significativos. La frase no avanza en línea recta: rodea, vuelve, se detiene en un detalle que parecería secundario —un gesto, una muletilla, una manera de mirar— y en ese rodeo va sedimentando una verdad social. La oralidad no es aquí un recurso costumbrista, sino una técnica de conocimiento: la realidad se revela en cómo se cuenta, no solo en lo que se cuenta.

Esa apuesta comporta una estructura característica: relatos enmarcados por una situación de narración (la noche, la cocina, la taberna, el camino), donde la comunidad produce versiones y contra-versiones. Fole convierte la incertidumbre en motor: la historia se sostiene en la oscilación entre la credulidad y el escepticismo. De ahí su afinidad con lo fantástico popular, pero un fantástico sin aparato, sin grandilocuencia: lo extraño irrumpe como posibilidad entre otras, y lo importante es observar qué hace esa irrupción con la mentalidad del grupo. Más que “sucesos sobrenaturales”, lo que Fole explora es el mecanismo social de la creencia.

El lenguaje, además, no se limita a “reproducir” un habla rural: la estiliza sin esterilizarla. Hay un oído para el léxico concreto —nombres de herramientas, meteorologías, oficios, accidentes del relieve— que sostiene una materialidad muy poco sentimental. Esa precisión, que puede parecer meramente etnográfica, tiene una función ética: rescata un mundo de trabajo y precariedad sin convertirlo en postal. Al mismo tiempo, la prosa de Fole admite el humor como una forma de inteligencia crítica: la ironía desactiva la solemnidad y protege al relato de cualquier tentación edificante.

Situar a Fole en su contexto literario exige no reducirlo a “autor gallego” como etiqueta. Comparte época con la gran recomposición de las literaturas periféricas en la posguerra y con la dificultad de escribir bajo censura. En Galicia, su trayectoria dialoga —desde posiciones distintas— con la invención lírica y fabuladora de Álvaro Cunqueiro y con la densidad histórica de figuras vinculadas a la tradición anterior a 1936. Pero Fole no persigue el brillo verbal ni el mito culto: se mantiene en la frontera entre el testimonio y la leyenda, entre el registro documental y la deriva imaginaria. Su mundo no es el de la epopeya nacional ni el de la intimidad psicológica; es el de la sociabilidad rural, con sus jerarquías, sus miedos, sus astucias y su fatalismo aprendido.

Ahí aparece una lectura interpretativa decisiva: Fole escribe la posguerra sin escribir “sobre” la posguerra. En sus cuentos hay violencia latente, arbitrariedad, pobreza, dependencia, pero raramente la enuncia con nombres políticos. Ese rodeo no es evasión; es una forma de decir bajo vigilancia y, más aún, de mostrar cómo la comunidad interioriza el miedo y lo traduce en relato. La superstición, el rumor, la historia “que nadie cree” funcionan como metáforas de un país donde la verdad oficial compite con verdades subterráneas. El cuento, entonces, no es entretenimiento: es un dispositivo de supervivencia cultural.

¿Por qué, con ese espesor formal y esa carga histórica, Fole ha quedado arrinconado en la conversación literaria española? Hay razones convergentes. La primera es lingüística y editorial: escribir mayoritariamente en gallego ha significado —en el mercado y en la crítica estatal— una circulación menor, traducciones intermitentes y una lectura a menudo filtrada por el prejuicio de lo “regional”. La segunda es genérica: el cuento, pese a la tradición española, sigue ocupando un lugar secundario frente a la novela como medida de prestigio. La tercera es geográfica y mediática: Fole no construyó una figura pública centralizada; su periodismo, disperso, y su vida ligada a Lugo lo alejaron de los circuitos de consagración. Y, por último, hay un motivo estético: su grandeza es silenciosa. No ofrece la modernidad ostentosa de las vanguardias ni la épica del gran realismo urbano; propone una modernidad lateral, basada en la polifonía oral y en el extrañamiento mínimo. Eso exige un lector dispuesto a afinar el oído.

Su legado, precisamente, está en esa lección de escucha. Fole anticipa debates contemporáneos sobre memoria, periferia y forma: cómo narrar lo colectivo sin reducirlo a tesis; cómo registrar una cultura sin exotizarla; cómo hacer del habla un método literario. Leerlo hoy permite revisar la idea —todavía demasiado extendida— de que lo rural es pasado y lo urbano es presente. En Fole, lo rural es un laboratorio de lenguaje y de poder: allí se negocia la autoridad, se administra el miedo, se fabrica comunidad.

Queda, pues, una tarea pendiente para la sociedad cultural española: reincorporar a Ánxel Fole a una lectura compartida que no lo encierre en el compartimento “local”, sino que lo lea como lo que es: un prosista mayor del siglo XX, dueño de una técnica narrativa finísima y de una ética de la atención que el presente necesita.

Lecturas recomendadas (y referencias de apoyo para el lector):

  • Ánxel Fole, Á lus do candil (1953).

  • Ánxel Fole, Terra brava (1955).

  • Ánxel Fole, Contos da néboa (1958).

  • Entrada de Ánxel Fole en la Real Academia Galega (semblanza y bibliografía).

  • Consultas de contexto: manuales y diccionarios de literatura galega (siglo XX) disponibles en editoriales e instituciones académicas gallegas.

PUNTO Y SEGUIDO – Susana Diéguez

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