Clara guarda los inviernos

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DANIEL S. LARDON – Diario de un eterno finalista

Tarde con Clara, confidencias de juventud

A Clara siempre le han sobrado abrigos, incluso en mayo. No por coquetería ni por ese frío aprendido de quienes crecieron en casas húmedas, sino por una manera de estar: como si llevar encima una capa de invierno le ayudara a que el mundo no se le deshilachara del todo. Cuando la vi entrar en el café, con el pelo recogido a medias y la bufanda fina, pensé que seguía guardando estaciones antiguas en los bolsillos.

Nos sentamos junto al ventanal, donde la luz de la tarde parecía pedir permiso para rozar las mesas. Clara pidió té; yo, un café solo, pero aún me daba una excusa para quedarme. Hablamos al principio de lo fácil: del barrio, de los cambios en la plaza, de un libro que había visto en un escaparate. Luego, como ocurre con ciertas personas, la conversación tomó ese giro que no se decide, simplemente sucede.

¿Sigues escribiendo? —preguntó, con una voz que no exigía nada, pero tampoco permitía mentirse.

Asentí. Era una respuesta breve para una ocupación que llevaba años haciéndome daño con la paciencia de las cosas pequeñas. Le conté, sin adornos, que había pasado un año desde que envié aquella recopilación de relatos —de todo un poco: realismo, una pieza casi policial, alguna fantasía que no llegaba a serlo— a varias editoriales. Muchas. Demasiadas, quizá. Enviaba originales como quien deja botellas en el mar, sabiendo que lo normal es que vuelvan a la orilla sin que nadie las abra.

Clara removió el té con una lentitud que parecía deliberada, como si el gesto le concediera tiempo para preparar el rostro.

¿Y?

Saqué el móvil. Aún conservaba el correo destacado, como se guarda una carta que da miedo releer por si al hacerlo cambia el sentido. La editorial —una de tantas a las que había escrito— decía estar dispuesta a publicar la recopilación. Me citaban para presentarme en su sede: hablar del formato, del título, firmar el contrato de edición y otros aspectos que, en su lenguaje limpio, parecían simples trámites y, en el mío, eran una puerta.

No fui capaz de reproducir el entusiasmo que se supone que acompaña a estas cosas. Lo leí en voz alta. Mientras lo hacía, me sorprendió una tristeza leve, casi educada, como la de quien ve cumplirse un deseo antiguo y no sabe ya si sigue siendo suyo.

Clara no interrumpió. Cuando terminé, apoyó los codos en la mesa.

Te acuerdas de cuando decíamos “si algún día…” —dijo—. Lo decíamos para no tener que decidir nada entonces.

Me reí sin ganas. En la universidad, Clara y yo habíamos hecho un pacto secreto: viviríamos de escribir, de leer, de traducir el mundo a frases. Luego la vida se encargó de traducirnos a nosotros. Ella entró en una biblioteca de barrio y se quedó allí, rodeada de silencio y devoluciones; yo aprendí a ser finalista perpetuo: concursos en los que rozaba el premio sin tocarlo, menciones, “quedó entre los seleccionados”, ese consuelo administrativo que se apila en carpetas.

No sé si estoy contento —admití—. Me da vergüenza decirlo.

Clara negó con la cabeza, firme.

No es vergüenza. Es memoria. Tú guardas tus derrotas como si fueran pruebas de identidad. Y ahora que algo se mueve… temes perderlas.

La frase me dejó quieto. Clara tenía esa precisión para nombrar sin herir. Pensé en mi casa, en los cajones llenos de folios, en las versiones de un mismo cuento que nunca terminaba de ser el cuento. Pensé también en la palabra contrato, que no suena a literatura sino a oficina, a carpetas, a una mesa donde alguien mira tu firma como si fuera una mercancía.

¿Vas a ir? —preguntó.

Miré afuera. La tarde se espesaba con una claridad suave, casi veraniega, febrero se acercaba a su final. Recordé, sin querer, otro invierno: el de los exámenes, el de los pasillos fríos, el de Clara prestándome su bufanda porque yo había olvidado la mía. Clara guardaba inviernos, sí, pero también sabía cuándo sacarlos para que no nos congeláramos de nostalgia.

Supongo que sí —dije—. Aunque me da miedo que sea poco. Que publiquen y no pase nada. O que pase y sea peor.

Clara sonrió apenas.

Que no pase nada también es algo. Pero al menos será tu nada, no la de otros. Y lo peor… lo peor suele ser quedarse en el umbral por si acaso.

Hubo un silencio que no incomodó. Me di cuenta de que en el fondo quería una cosa muy simple: que alguien leyera aquellos relatos con el mismo cuidado con el que Clara guardaba los inviernos. Que un editor viera en ellos no un producto, sino una forma de respirar.

Cuando nos despedimos, Clara se ajustó la bufanda y me tocó el brazo con la familiaridad de los años.

No te lo tomes como un final —dijo—. Los finales, ya lo sabes, sólo lo son para quien no se atreve a seguir.

Caminé hacia casa con el correo aún abierto. La ciudad estaba llena de gente que no sabía nada de mi cita, de mi posible libro, de mi miedo. Y, por primera vez en mucho tiempo, esa ignorancia ajena no me pareció una condena, sino un espacio limpio donde, quizá, cabía empezar.

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Narrador. Fundador, director y editor de la extinta editorial PG Ediciones. Actualmente asesora y colabora en las editoriales: Editorial Skytale y Aldo Ediciones, del Grupo Editorial Regina Exlibris. Director y redactor del diario cultural Hojas Sueltas. Fundador en 2014 de una de las primeras revistas digitales del género negro y policial «Solo Novela Negra». Participa en numerosas instituciones culturales. Su narrativa se sustenta principalmente en la novela policíaca con dieciséis títulos del comisario del CNP, Roberto H.C. como protagonista, aunque realiza incursiones en otros géneros literarios, tales como la ficción histórica, ciencia ficción, suspense y sentimentales. Mantiene su creatividad literaria con novelas, relatos, artículos, reseñas literarias y ensayos.

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