Ojalá mi corazón fuese de piedra – Capítulo 28

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Si había algo que no soportaba el cabo Segundo Romero, era que lo tomasen por idiota.

Algo que todo el mundo tendía a hacer, unas veces en su imaginación, otras (no pocas) en la realidad.

Lo hicieron su padre y sus hermanos durante su infancia en las huertas murcianas de Espinardo. Lo hizo hasta su madre, con escasa paciencia. El pequeño Segundo enfurecía sin entender nada o casi nada, para su completa desesperación.

Cultivó un resentimiento implacable alimentado por las palizas de sus hermanos y su padre y el desprecio distante de su madre; tanto fue así, que llegó a alegrarse íntimamente cuando fusilaron a su hermano Pascual al terminar la guerra y un turbio velo de tristeza cubrió a toda la familia… menos a él.

Renegó de todos ellos: fue su forma de vengarse. Se convenció a sí mismo de que no sería tan corto de luces cuando era el único que había salido bien parado. Le quedó, eso sí, el permanente estado de alerta, la eterna desconfianza; los estallidos de furia ante cualquier reacción condescendiente, como el gesto altivo del joven Máximo Robles en el calabozo que le valió un violento culatazo en la mandíbula. Sabía que su padre y Francisco Tomé lo estaban ignorando intencionadamente para mantenerlo al margen del negocio de contrabando, maniobrando con total libertad después de obtener su visto bueno.

Y habría seguido atizando al muchacho ante la indiferencia de los guardias Miralles y Salcedo, posiblemente hasta matarlo, si no hubiese aparecido aquel tipo de repente afirmando que conocía el escondite de Faustino y de Tomé y que estaba dispuesto a revelarlo a cambio de una pequeña participación en el negocio; y ni siquiera eso, porque resultaba que Faustino y él eran familia y tenían cuentas pendientes desde antigüo.

(Sí, apareció de repente, declararía tiempo después el guardia Olegario Salcedo; sin hacer ruido, ocupando la mayor parte del calabozo, pronunciando aquellas palabras despacio, como con eco, “él no sabe nada”, señalando al infeliz de la mandíbula ensangrentada, “yo sí”, soltando todo lo que el cabo quería o necesitaba escuchar hasta que salieron por la puerta y me dejaron a mí al cargo del cuartelillo, custodiando al joven Robles, que cubría de mala manera su mandíbula con un enorme pañuelo que debió de ser blanco, alguna vez.)

En aquel momento, estimulado por el rencor y la codicia, aquello le había sonado a música celestial, pero ahora, tratando de seguir su rastro a duras penas montaña arriba bajo el intenso aguacero acompañado de Miralles, no era algo que despertase su entusiasmo: sus zancadas eran amplias, ágiles y difíciles de seguir; y no dejaba de parecerle extraña su facilidad para moverse por los zigzagueantes caminos embarrados completamente a oscuras mucho mejor que ellos, que contaban con sus lámparas de carburo.

La insistencia en no llevar las mulas, argumentando la evidencia del mal tiempo y la necesidad de pillarlos desprevenidos, tampoco terminó de convencerle, pero había algo en su tono de voz, en su determinación y, sobre todo, su creciente odio hacia esos dos ladrones que pretendían quedarse con lo que era suyo, que había logrado disipar sus dudas hasta ese preciso instante, cuando descubrió que había perdido, además de la noción del tiempo y del espacio, el rastro del guardia Miralles.

Tropezó, estuvo a punto de caer. Alzó la mirada y descubrió un bulto retorcido que no tardó en identificar como la chatarra de aquel avión estrellado contra la pared de piedra. Se acercó, alertado por algo sujeto contra el espantajo metálico; abrió la boca sin gritar cuando identificó el cadáver de Miralles enganchado a un trozo de hélice partida; cuando volvió la cabeza y la montaña, esa montaña enorme con forma de murciélago, cayó implacable sobre él.

© Ángel Calvo Pose . Todos los derechos reservados.

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Madrid 1969. Publicó su primer poema en 1993, un alegato en contra del servicio militar obligatorio para celebrar su condición de insumiso. A partir de entonces colaboró y publicó relatos y poemas en diversas revistas literarias. Estudió Filología inglesa y Psicología en la Universidad Complutense de Madrid. Residió en Madrid, La Habana y Alicante, se dedicó a escribir guiones cinematográficos. Actualmente reside en Galicia, en una aldea al norte de Lugo, con vistas (si no hay niebla) al Cantábrico.

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