La mentira —y su versión industrial, el bulo— no actúa hoy como una simple desviación moral, sino como una tecnología social: un modo de producir realidad compartida cuando la realidad resulta costosa, lenta o insoportable. De ahí que hablar de “esencia” no sea una exageración metafísica, sino una constatación funcional. La falsedad contemporánea no se limita a ocultar un hecho: lo sustituye por un relato operativo, diseñado para circular, para fijar posiciones y, sobre todo, para organizar afectos. La pregunta no es tanto por qué se miente, sino qué estructura necesita una sociedad para que la mentira sea el mecanismo más eficiente de cohesión, de conflicto o de pertenencia.
La arquitectura del bulo se apoya en una economía de la atención que premia lo instantáneo y castiga la verificación. No es un fenómeno exclusivamente digital, pero el ecosistema de plataformas ha perfeccionado su logística: aceleración, segmentación y repetición. La aceleración impide el reposo interpretativo; la segmentación convierte la realidad en microclimas de confirmación; la repetición otorga al mensaje una pátina de evidencia. En este marco, la mentira deja de ser una infracción individual para convertirse en un producto con cadena de suministro: se fabrica con piezas reconocibles —indignación, miedo, agravio— y se distribuye según criterios de rendimiento (clic, compartido, comentario), no de verdad. El bulo triunfa porque está optimizado para la circulación, mientras que la verdad, a menudo, está optimizada para la complejidad.
Hay un cambio ético de fondo: el desplazamiento desde la verdad como valor hacia la verdad como opción. La noción misma de “escala de valores” sugiere jerarquía y, por tanto, un acuerdo mínimo sobre lo valioso. Ese acuerdo se resquebraja cuando el vínculo social deja de apoyarse en instituciones de crédito (escuela, prensa, ciencia, justicia) y pasa a depender de la confianza de grupo: creemos lo que confirma a “los nuestros”. No es que la sociedad haya olvidado la verdad; es que ha reubicado su función. La verdad ya no opera como horizonte común, sino como arma de facción o como decorado retórico. Esto explica la paradoja: se invoca la verdad con tono de cruzada y, al mismo tiempo, se tolera la falsedad útil. La mentira no destruye necesariamente la moral; la reprograma hacia una ética instrumental: lo bueno es lo que sirve, lo verdadero es lo que fortalece.
En el plano psicológico, la mentira contemporánea explota menos la ignorancia que la fatiga. La saturación informativa produce una forma de cansancio cívico que favorece atajos: heurísticos, intuiciones, adhesiones identitarias. La verificación requiere tiempo, competencia y cierta disposición a dudar de uno mismo. El bulo, en cambio, ofrece una recompensa inmediata: ordena el caos, señala culpables, simplifica dilemas, concede una emoción clara. En sociedades que han convertido la vida cotidiana en una sucesión de urgencias, la mentira funciona como descanso cognitivo. De ahí que la “falta de valores” no se manifieste solo como cinismo, sino como una renuncia práctica: preferimos narrativas que nos ahorren el coste de pensar, aunque ese ahorro sea, a la larga, un empobrecimiento.
El bulo también es un síntoma de fragilidad institucional. Allí donde las instituciones fallan en su promesa —igualdad de oportunidades, protección social, meritocracia, transparencia— la ciudadanía busca relatos alternativos que expliquen el agravio. En ese punto, la mentira no llega como intrusa, sino como respuesta: rellena vacíos interpretativos. El problema es que lo hace mediante causalidades toscas y moralidades binarias. La mentira prospera en el terreno del resentimiento porque traduce malestares complejos en conspiraciones fáciles. Y al ofrecer una explicación total, cancela la posibilidad de política: si todo está manipulado por un enemigo ubicuo, la acción colectiva se reduce a la denuncia permanente o al repliegue tribal.
Desde un punto de vista literario, la cultura occidental ha desconfiado siempre de la mentira, pero también ha reconocido su potencia narrativa. La literatura trabaja con ficciones que no son mentiras: son pactos de sentido. La diferencia ética reside en el contrato. La ficción literaria no pretende engañar sobre los hechos; su verdad es de otra naturaleza: ilumina experiencias, explora conflictos, ensaya posibilidades. El bulo, por el contrario, se disfraza de información y parasita el prestigio del documento. En la tradición española, esta tensión aparece ya en la picaresca: el Lazarillo no solo miente para sobrevivir; aprende que la apariencia organiza el mundo. Pero en la picaresca hay un aprendizaje amargo: la mentira revela la estructura social que la hace necesaria. El bulo actual invierte esa lucidez: no revela la estructura, la oculta con un relato tranquilizador o incendiario.
También cabe leer el fenómeno bajo la sombra del esperpento: la deformación no como estilo, sino como régimen perceptivo. Cuando la esfera pública se llena de exageraciones, caricaturas y montajes, la realidad comienza a parecerse a su parodia. En ese entorno, lo grotesco deja de ser denuncia para convertirse en norma. El problema no es solo que se mienta, sino que se educa el gusto por lo falso: el ingenio del montaje importa más que la honestidad del contenido. La mentira se estetiza. Y una mentira estetizada es difícil de combatir con datos: exige una intervención cultural, una discusión sobre criterios, sobre formas de sensibilidad y de responsabilidad.
Ética y periodismo se cruzan aquí de manera incómoda. La verificación no es un ritual técnico; es una forma de respeto al lector y un modo de limitar el poder. Pero el periodismo contemporáneo compite en el mismo mercado que el bulo: la atención. Si el medio adopta los tiempos y los gestos de la viralidad —titulares que sugieren más de lo que prueban, urgencias infladas, moralismos instantáneos— se aproxima peligrosamente al terreno de la mentira, aunque no fabrique falsedades. La frontera ética no pasa solo por “decir la verdad”, sino por cómo se administra la incertidumbre, cómo se corrige, cómo se contextualiza y cómo se resiste a la lógica del espectáculo. La sociedad del bulo es también la sociedad de la impaciencia y de la impunidad: la mentira circula rápido y se desmiente lento; el daño es inmediato y la reparación, abstracta.
La “falta de escala de valores” se percibe, además, en la sustitución de la responsabilidad por la performance moral. Se comparte un bulo “porque expresa” una indignación legítima, aunque el hecho sea falso. Se disculpa la mentira del propio bando como “exageración” necesaria. Esta moral performativa no busca justicia, sino alineamiento. Y cuando el valor supremo es la pertenencia, la verdad se convierte en traición. El resultado es una esfera pública donde la retractación no es virtud, sino debilidad; donde la duda se lee como tibieza; donde el matiz se castiga como complicidad. En estas condiciones, la mentira no necesita imponerse: basta con que el entorno penalice el pensamiento no alineado.
Hay, por último, una dimensión íntima: la mentira como defensa ante la intemperie. Si el mundo se percibe inestable —económica, sanitaria, geopolíticamente— la tentación de refugiarse en relatos cerrados aumenta. El bulo ofrece certezas con forma de relato y enemigos con nombre propio. Frente a la complejidad, entrega un guion. Y ese guion, repetido, termina por construir identidad. La mentira se vuelve hábito, y el hábito, carácter colectivo. No estamos solo ante una crisis de información, sino ante una crisis de educación sentimental: una incapacidad para sostener la ambigüedad sin convertirla en sospecha, para convivir con la incertidumbre sin transformarla en dogma.
La cuestión ética, entonces, no se resuelve invocando “valores” en abstracto, sino preguntando qué prácticas los encarnan. La verdad como valor exige hábitos: lentitud, contraste, rectificación, escucha, una cierta disciplina del juicio. Son virtudes poco rentables en un entorno de gratificación inmediata. Por eso la mentira no se combate únicamente con desmentidos; se combate reconstruyendo condiciones de posibilidad: instituciones confiables, alfabetización mediática, y una cultura que premie el rigor más que el golpe de efecto. Sin eso, la escala de valores se convierte en consigna nostálgica, y la mentira seguirá siendo, sencillamente, lo que mejor funciona.
Quizá el bulo no sea el enemigo externo de la democracia, sino su síntoma más preciso: una sociedad que ya no comparte un suelo de confianza convierte la verdad en una disputa de identidad; y mientras la pertenencia sea el valor rector, la mentira seguirá operando como la forma más eficaz —y más tóxica— de cohesión.
© VALENTÍN CASTRO



