Ojo de Cristal se acordaba de aquel día. Cobró mucho dinero por aquella matanza.
—Imposible. ¡Reventaste en el suelo desde un décimo piso! Estúpido bicho raro. —dijo Ojo de Cristal con aparente tranquilidad. No creía a ese bicho raro. Nadie se salvaba jamás de ese tipo de muerte.
—A tus dos hombres les apliqué la muerte piadosa. No sufrieron. Pero a ti te reservo la muerte dolorosa. Te daré el golpe en un punto que te hará gritar de dolores infinitos. El cuerpo humano está sembrado de puntos estratégicos…Y luego, si me apiado de ti, te daré el golpe de gracia. Cuando te quedes afónico de tanto gritar de dolor.
—¡NO TE ACERQUES MALDITO SER INFERNAL! — Exclamó Ojo de Cristal agarrando el arma del suelo. Disparó todo el tambor del arma.
SǏWÁNGMAN esquivó las balas con precisión y velocidad inhumana.
Ojo de Cristal advirtió el inmenso poder de aquel individuo.
—De dónde has sacado esos poderes. La velocidad, la fuerza…todos tus movimientos propios de un guerrero de artes marciales letales. ¡Solo los monjes de las montañas han podido instruirte! Acabarán muertos por servirte —rechinó con maldad.
El purgador ya no contestaba a sus palabras. Se abalanzó con sorprendente rapidez sobre Ojo de Cristal, con el poder de la muerte y la mamba negra. El villano espantado disparó al aire. SǏWÁNGMAN asestó el golpe guerrero del dolor eterno, en un punto estratégico del cuerpo del villano. El mercenario gritaba envuelto en dolores insufribles. SǏWANGMAN lo observaba retorciéndose en el suelo. Recordaba cuando era un niño pequeño y oculto dentro del mueble lloraba abruptamente por su familia masacrada.
Cuando el mercenario comenzó a quedarse sin voz de tanto gritar de dolor, SǏWÁNGMAN agarró a Ojo de Cristal por el cuello y lo alzó contemplándolo con sus ojos de serpiente tras el antifaz. Luego lo arrojó por la ventana. Evitó darle el golpe de gracia. Deseaba que sintiera qué era caer desde un piso tan alto.
Ojo de Cristal seguía gritando de dolor irracional antes de acabar estrellado y reventando en el suelo frío y húmedo de Vernocis. La muerte lo aguardaba desde hacía tiempo, para compensar la vida que dejó escapar quince años atrás. El espíritu condenado de Ojo de Cristal temblaba de pavor. Observó las llamas del infierno abrirse ante él…
En el taller de Frank acudió un cliente habitual para reparar las ruedas de su coche. Era un periodista en el periódico de la ciudad. Se llamaba Tom y le gustaba conocer y empaparse de noticias nuevas acaecidas en la ciudad de Vernocis.
—El hombre que viste traje oscuro con el dibujo de aquella serpiente enroscada en su cuerpo, ha matado a los tres mercenarios más peligrosos de la ciudad. Todos los periódicos están hablando de aquel héroe. Le han llamado el purgador de Vernocis. Aquel misterioso héroe oscuro, deja una firma. Un nombre en las viviendas de los asesinos a sueldo que se carga. SǏWANG. Ahora también se le conoce en el periódico por SǏWÁNGMAN.
—¿SǏWÁNGMAN? — preguntó con curiosidad Frank. — Qué rayos significa
—Muerte en chino. SǏWÁNG. —respondió Tom. —Hombre muerte, SǏWÁNGMAN
—Qué es una ciudad sin un héroe que limpie las calles de villanos. —Respondió Frank. —Me alegro de que camine sobre estas calles el purgador de Vernocis o SǏWÁNGMAN. Sonrió. Ya tardaba mucho en aparecer una figura así.
Tom asintió con la cabeza compartiendo la opinión de Frank.
Valentina y Leónidas caminaban sin prisas saboreando su propia compañía. Disfrutaban el uno del otro. No se habían reconocido aún lo sentimientos. Eran muy buenos amigos, pero surgía electricidad cada vez que se miraban.
—Tengo que hablarte de algo. Estoy muy orgullosa de mi familia. Mi tío, estoy segura, será el nuevo alcalde y gobernará esta ciudad con nobleza.
—¿Quién es? —preguntó con una sonrisa Leónidas.
—Es el Sr. Relish. Lidera LIBRES SIEMPRE JUNTOS. Las encuestas lo dan por ganador. Es un hombre justo cargado de buenos sentimientos.
—Me alegro mucho por ti. Te veo inmensamente feliz. Ojalá gane las elecciones y la ciudad se libere del yugo del partido represor.
—¡Dios te oiga! —exclamó con esperanzas Virginia.
Los maestros sagrados invitaron a la mujer que colonizó el corazón de Leónidas a comer. La recibieron con cariño y afecto.
—Te veo radiante querida Valentina. —Dijo el maestro Heng
—Sí. Mi tío es cuestión de días que sea el nuevo gobernador de Vernocis. El Sr. Relish. Lo adoro. Es un gran hombre. Lo considero como al padre que perdí en un accidente de coche.
El maestro Heng hizo acto de fortaleza y evitó mirar a Valentina a los ojos. Pero adivinó a decir.
—Nos alegramos de tu felicidad joven Valentina. —dijo
Leónidas sonreía embobado mirando a su bella dama. Aun no se atrevió a declararse a aquella chica de sus sueños, pero lo haría muy pronto. Valentina se metió en el bolsillo a todos los maestros sagrado, con esa luz que desprendía su alma.
El maestro Heng tenía ahora una preocupación que atenazaba su corazón.
Fue testigo de todo el amor que despedía Leónidas por aquella chica y tomó una firme decisión. Ocultar para siempre el cuarto nombre. Su hijo adoptivo tenía el derecho de ser feliz con aquella chica a la que adoraba.
—¡Debes revelarle el cuarto nombre! —exclamaron sus compañeros. Todos vestían aquellos hábitos oscuros. —Debes ser tú quién lo haga. El mentor y padre adoptivo de Leónidas. Debe saberlo…
—No puedo. Eso puede convertirlo en el mismo veneno de la serpiente letal. No quiero se pierda en odio…el pasado ya está purgado.
—No. El cuarto es el mayor responsable. Leónidas tiene derecho a saber —dijo uno de los maestros. —Entendemos tu preocupación, pero debes hacerlo.
El maestro Heng envió a Leónidas el mensaje urgente de verse. Las montañas eran testigo de aquella conversación tan compleja.
Leónidas admiraba a su maestro. Sentía hacía él un cariño poderoso. Y sobre todo mucho agradecimiento.
—No debes intentar protegerme siempre de todo…
—Mientras siga vivo así lo haré. —declaró el Maestro Heng con decisión
—Es la primera vez, Maestro Heng, que veo temblor en tu cuerpo. ¿Ocurre algo? —dijo con preocupación Leónidas.
No se anduvo con rodeos. El Maestro Heng entregó el papel con un nombre, una dirección, y todos los pecados inconfesables de aquel cuarto nombre. Todas sus fechorías y corrupciones.
—El cuarto nombre…
El rostro de Leónidas se ensombreció al leer el nombre de aquel papel. Lo arrugó con ira y pesar. El rostro de Valentina aparecía en su mente.
Tapó su rostro con las manos.
—Ahora hijo mío. En tus manos está si quieres purgar el cuarto nombre. O prefieres seguir adelante con tu vida. Con Valentina…
—Necesito estar solo …
© VERÓNICA VÁZQUEZ



