Era otoño. Las hojas comenzaban a caer de los árboles, como atraídas por un imán irresistible, y revoloteaban al aire al son del viento.
En un pueblecito habitado por hombres y mujeres de avanzada edad, Don Nicolás arrastraba del brazo a Félix, un ser pequeño, frágil y gruñón. Caminaban con ligereza, sin rumbo, por las estrechas calles. Los pies de Félix no tocaban el suelo; parecían de trapo. Él solo escuchaba el revoloteo de las hojas, el golpe del bastón y el murmullo de la gente como si fuera una chirigota lejana.
Con tanto caminar, llegaron al parque. El sol ya apretaba con fuerza a pesar del frescor de los primeros días otoñales. Don Nicolás buscó un banco; se sentaron a descansar y a contemplar el paisaje de tonalidades variadas que pasaban del naranja al marrón.
—Félix, quédate aquí, quieto, sin moverte —le decía, mirándolo con cariño.
Uno hablaba y hablaba sin parar, mientras que el otro lo escuchaba en silencio, sin reprocharle nada. Félix no se sentía solo mientras recibía el calor de la mano de Don Nicolás sobre su rodilla de lana.
Al rato, empezó a llover torrencialmente. Nicolás intentó correr para refugiarse pero, por su avanzada edad, tropezó. Félix cayó a un charco. Alguien se acercó a ayudar a Nicolás y le dijo:
—Señor, deje ese muñeco viejo, está todo mojado. Le compraremos otro.
Nicolás abrazó al peluche empapado y respondió:
—Él no es un muñeco; él es el único que todavía me escucha como si yo fuera joven.
Anika



