DANIEL S. LARDON – Diario de un eterno finalista
Penélope se ha enamorado. En cubierta. Así, sin previo aviso. Ni tormenta, ni atardecer rojo sangre, ni marinero noruego con pasado turbio. No. Era un jueves. Media tarde. El barco de Baleària, casi vacío, vibraba con la sinfonía asordinada de las tragaperras y un reguetón remoto. Él llevaba una camiseta de Bob Dylan y un libro de Juan Marsé que, por supuesto, no estaba leyendo. Penélope lo observó mientras se comía un sándwich triangular, convencida de que ese tipo sí sabría escribirle un mensaje sin desaparecer después.
Para cuando desembarcaron en Dénia, ya estaba haciendo lo que nunca: imaginarse un verano con alguien. Planes, toallas, siestas compartidas. Incluso pensó que podría hablarle de su novela, la de los pasillos infinitos y la chica que siempre espera. Pero, fiel a la tradición contemporánea, él no volvió a escribir. Un último «te escribo al llegar» flotaba aún en su pantalla, sin respuesta, como esos globos de helio olvidados que se pegan al techo de un salón.
—Penélope ha sido ghosteada —me escribió Clara, que sigue el relato con un entusiasmo casi religioso—. Y esta vez, iba en serio.
Yo, por mi parte, desayunaba frente al portátil abierto, contemplando un correo que parecía una alucinación: una editorial independiente —de esas que publican sin prometer milagros ni exigir linaje digital— mostraba interés en mi novela. La novela, la de los veranos de 1994, las bicicletas robadas y los padres que no sabían pedir perdón. «Nos gustaría hablar contigo», decían. Sin emoticonos. Sin promesas vacías. Sin «ya te diremos».
Le escribí a Clara inmediatamente, con el tono contenido de los supersticiosos:
«Parece que alguien quiere publicarme. Una editorial. No es broma. Estoy medio temblando. ¿Quedamos para celebrarlo o preferimos simular normalidad, como si nos pasara cada martes?»
No respondió. Media hora después, nada. Una hora. Silencio. Pensé si no la habría molestado con el mensaje. Quizás estaba ocupada. Quizás lo habría leído sin abrir. O se habría dormido en la siesta. Pero el silencio de alguien cercano, cuando uno tiene algo importante que contar, es una forma de punzada.
Mientras tanto, Penélope me enviaba audios desde una terraza con vistas al mar:
—He decidido escribir la novela rosa. Tal cual. Que se enamoren, que sufran, que se equivoquen, pero esta vez no va a haber final trágico. Quiero probar el consuelo. Aunque sea de mentira.
Le dije que adelante. Que lo escribiese. Que lo fingiese todo si hacía falta. Que se vengase dulcemente de todos los que desaparecen sin explicaciones. Que los matase con palabras. O que los hiciera reaparecer tarde, cuando ya no importan.
A las tres de la tarde, Clara respondió:
«Perdona, estaba en el dentista. ¡QUÉ NOTICIÓN! Me alegro tantísimo. ¿Lo celebramos hoy? Tengo vino, tengo sofá y tengo tiempo para escucharte decir ‘te lo dije’ sin decirlo.»
Sonreí. Había dejado de llover. O quizás nunca llovió, pero yo llevaba días nublado.
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