CORRE II – primera parte

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CORRE II

Nueva Alicante

Cinco años después del exterminio zombi en la ciudad alicantina.

Mientras el sol siga en pie, la muerte reclamará su territorio”

La ciudad de Nueva Alicante, herida y masacrada en el pasado, se irguió piedra a piedra con sumo trabajo y esfuerzo, convirtiéndose ahora en la nueva y esplendorosa metrópolis alicantina. Fue repoblada por habitantes de otras comunidades con ansias de comenzar una nueva etapa en sus vidas. La Nueva Alicante lucía hermosa, pero lo que era más importante…

Libre de infectados zombis.

El nuevo alcalde estrenó oficialmente la nueva metrópolis en un acto oficial ante miles de ciudadanos ansiosos de comenzar una nueva vida. Llegaron de todos los rincones de España con promesas de un trabajo y un hogar.

Las afiladas tijeras que mantenía abiertas el alcalde sesgaron la cinta de raso roja, dando la bienvenida oficialmente al futuro. El pulso de aquel hombre tembló un instante. Un solo instante…

Las grandes puertas a la Nueva Ciudad siempre se hallarían escoltadas día y noche por militares. A pocos metros de distancia se alzaba un monstruoso edificio blanco. Una especie de bunker escoltado y protegido por más militares. Pero ningún nuevo habitante mostraba interés ni preocupación alguna ante aquellos hombres armados hasta los dientes. De alguna forma se sentían más seguros. El recuerdo de la invasión zombi en el pasado martilleaba en las cabezas de la gente.

Pero no nos alejemos de momento de aquel bunker blanco. En las instalaciones de aquella torre protegida, trabajaba un equipo de especialistas que se hacían llamar “inspectores de la salud”. Su labor era controlar cada habitante las 24 horas del día, a través del microchip que insertaban a cada nuevo ciudadanos alicantino. Cada microchip era identificado con un código que informaba con detalle del estado de salud de individuo. El único requisito para vivir en la Nueva Alicante era dejarse insertar el microchip bajo la piel. En aquel edificio consideraban a todos los ciudadanos meros códigos.

Diez años después

Bienvenidos a la Nueva Alicante. Deseamos tengan una vida próspera y libre de virus zombi— articuló a modo de recibimiento en las instalaciones del bunker blanco, un inspector de la salud.

La joven pareja sonrió con agrado.

Gracias— respondieron Tania y Lucas. Deseaban comenzar sus nuevas vidas. Sus nuevos trabajos. Deseaban disfrutar de su nuevo hogar.

¿No ha dolido verdad? —Preguntó el hombre de rostro serio. —Ahora ya sois ciudadanos de Nueva Alicante. Una vez al año debéis pasar por estas instalaciones para comprobar el buen estado del microchip insertado.

Sí. Respondió escueto Lucas. El joven observaba todo a su alrededor con curiosidad. Su mirada reparó en la gran pantalla de ordenador que mostraba tres columnas de colores. La columna verde y la naranja se hallaban repletas de códigos. La roja completamente vacía.

El hombre del rostro serio advirtió la mirada fija de Lucas sobre aquellas columnas de colores.

Nada habéis de temer mientras vuestros códigos se hallen en el color verde o naranja. — aclaró el hombre. —Es el ordenador central que recoge toda la información que transmite vuestros microchips, la información de todos los ciudadanos de Nueva Alicante.

¿El nombre de la tabla inquieta un poco no? —interrogó Lucas

CONTROL ZOMBI

El hombre de rostro serio se limitó a sonreír.

Los códigos que representaban a Lucas y Tania se hallaban en la columna verde. El inspector clicó sobre los códigos de la pareja y automáticamente emergieron las fotos de sus rostros con sus datos personales e información detallada del estado de su salud a tiempo real.

¡Uau! —exclamó con sorpresa Teresa. —Estamos bien controlados.

Es lo mejor después de lo que sucedió años atrás en la antigua ciudad alicantina. Créanme. Así todo irá sobre ruedas. Aun así, en la puerta de entrada de Nueva Alicante los militares escanean con el detector de virus zombi, como habrán comprobado ustedes, a cada nueva persona que quiera pisar esta ciudad.

Lucas sin desearlo, vislumbró en sus recuerdos aquellas imágenes perturbadoras de los noticiarios. Miles de infectados zombis desgarrando cuerpos en la antigua ciudad alicantina. Figuras infernales con ojos erráticos babeando sangre. Caminando perdidos con los ojos inyectados en oscuridad y muerte.

Es verdad que estamos controlados. Y es mejor así…—opinó Lucas.

Abrazó a su amada Tania. Se conocían desde el colegio. Jugaron desde niños en las mismas calles. La quería con locura. Juraron no separarse jamás en esta nueva aventura. Juró protegerla de cualquier caminante errático. Juró y la abrazó. Su querida Tania era de apariencia fuerte, pero ocultaba una gran fragilidad en su interior.

La columna verde significa individuo sano. Columna naranja individuo enfermo. Aceptamos todo tipo de enfermedades en Nueva Alicante. Todas menos una. —explicó el inspector ensombreciéndose su rostro.

¿La columna roja? —Interrogó Tania. —No veo ningún código en la columna roja.

Mejor que no exista ningún código en la columna roja porque si lo hubiera significaría que el virus zombi ha regresado a esta ciudad.

Laura tragó saliva. Lucas la abrazó brindando un beso dulce en su frente.

¡Pero quédense tranquilos! Es muy improbable que eso ocurra. La ciudad lleva erguida diez años. Una década sin infección zombi. ¡La monstruosa bomba lo arrasó todo!

¿Sois médicos? —Preguntó repentinamente Tania observando aquellas batas blancas.

No podemos revelar información al respecto. Bienvenidos. —respondió sin más.

El inspector que mostró una extensa sonrisa invitó a abandonar las instalaciones a la joven pareja.

Disfruten de la nueva ciudad. —concluyó el hombre de la bata blanca.

En serio Tania. Creo que a este inspector le incomodó tu última pregunta.

No me importa.

Tenemos casa nueva y trabajo en esta nueva ciudad. Disfrutémoslo cariño. —Dijo cogiendo en brazos a su chica.

Los dos rieron contemplando embobados la bella ciudad. Una ciudad rodeada de infranqueables muros. Pero Tania miró unos instantes hacia atrás y aquel bunker provocó que un escalofrío intenso recorriera su cuerpo. Se lo imaginó infestado de zombis. Hombres vestidos de blancas batas, desgarrando carne y gruñendo como bestias salvajes.

«Muy improbable. Eso no garantiza nada, señor inspector de la salud» —se dijo Tania mientras caminaba de la mano de Lucas.

Por cierto, Tany. ¿Sabías que todas las casas aquí son ignífugas e insonorizadas? Me lo desveló mi futuro compañero en la empresa de transportes. Javier. Se ve un buen tipo. Estaba esperando para revisar su microchip. Lleva ya unos cuantos años aquí.

Pues si es así lo veo muy bien— respondió Tania con una sonrisa pícara.

Al fin llegaron al piso de seis plantas. Su nuevo hogar. Se hallaba próximo al bunker.

Un año después

La playa artificial de Nueva Alicante era un verdadero paraíso. Era de una belleza aplastante. La arena era blanca y lisa. Suave. Y el agua cristalina. Solo deslucía esa extraña montaña de arena oscura que se encontraba situada al final de aquel paraíso.

¡Métete en el agua Tany! —exclamó enérgico Lucas. Se zambullía como un pez en el agua.

¡Más tarde! —respondió risueña la joven. Se sentía cómoda y feliz en su nueva vida. Los miedos decidió dejarlos atrás para poder vivir con intensidad su nueva etapa.

¡Ey Tania! —exclamó una voz tras ella

¡Sara! —respondió contenta Tania. — Estabas guardando hasta hace poco cuarentena por gripe. ¿Cómo estás?

Ya estoy recuperada. Me avisaron por mensaje desde el bunker blanco que podía ya salir de casa. Ya soy código verde otra vez.

Lucas regresó a la arena después de darse unas buenas zambullidas.

Hola Sara. Me alegra verte ya totalmente recuperada— Expresó Lucas.

Gracias. Vengo a la playa a recobrar ya del todo la salud. A empaparme de sol. ¿Puedo tumbarme aquí con vosotros o interrumpo? —dijo pícara.

Pasaron una buena jornada de playa. Sería ya el último momento idílico que pasarían en Nueva Alicante. El último momento de absoluta tranquilidad y armonía. De seguridad. La pesadilla comenzaba a fraguarse y desembocaría en algo perturbador. Demencial.

¡AG! 

Un grito agudo de mujer retumbó en toda la playa. Tania, Lucas y Sara observaban atónitos como dos hombres se llevaban a la fuerza a una señora.

¿Qué ha pasado? —Preguntó con estupor Tania.

¿Es que eso no lo has presenciado nunca? —Preguntó Sara con asombro.

No.

Ni yo. —Añadió Lucas sin dejar de mirar aquel dantesco espectáculo. Los dos hombres vestían de verde. Sujetaban con fuerza a la señora que temblaba violentamente.

Pues yo ya lo presencié tres veces antes en todos los años que vivo en Nueva Alicante. Son los tildados “agentes de la salud”. Visten siempre de verde. No es conveniente hablar de aquella gente. No trae nada bueno. Estos hombres aparecen cuando los inspectores de la salud dan órdenes de llevarse a un sospechoso de virus zombi.

Tania tembló. Lucas no dejaba de mirar aquellos hombres que retenían por la fuerza a la pobre señora. Consiguieron introducirla en el vehículo desapareciendo poco después.

Sara bajó la voz de repente.

Conozco muchos secretos de esta ciudad gracias a un buen amigo. Un amigo especial. Juan. Trabaja desde el primer día en el Bunker blanco. Limpia las instalaciones y se entera de todos los pormenores que se cuece en aquel maldito edificio. No puedo revelar nada de lo que me informa o pondría su trabajo y hasta podría decir su vida, en serio riesgo. Juan antes era un programador informático. El mejor. Puedo deciros, amigos míos, que el código de esa señora debió mostrarse en la columna roja.

Dios mío…—verbalizó Tania.

Sara calló de repente. Advirtió que unos hombres extraños la miraban fijamente con mirada hostil. Decidió guardar silencio y marcharse.

Debo irme — señaló Sara —.Ya hablaremos luego por teléfono.

¿Te vas ya Sara? —Preguntó Tania advirtiendo el cambio brusco en su amiga Sara. Percibió su miedo.

Esa misma noche el móvil de Tania sonaba en el recibidor.

¡Hola Sara! — dijo Tania. —Te marchaste repentinamente.

Era necesario. Necesito contarte algo. Mi buen amigo, aquel del que os hablé en la playa esta mañana, era un buen programador informático, pero quiso seguirme en mi nueva aventura. Conoce todos los secretos que se cuecen en el bunker y en la ciudad. Te pido que no cuentes nada de lo que te voy a desvelar. ¿De acuerdo? —dijo con voz angustiosa.

Te lo prometo. No quiero perjudicar a tu amigo Juan. —respondió Tania preocupada.

Juan tiene firmes sospechas que estos microchips que nos colocan bajo la piel en el bunker no solo tienen fines informativos, ni es solo para alertar de futuros virus zombis. Digamos que… todo es más perturbador.

Hubo un silencio.

Espera Tania. He sentido un ruido que venía de la galería. Y estoy sola. Un momento.

Ten cuidado Sara. —Aconsejó con temor Tania. Advirtió un peligro repentino.

Sí. Descuida. Espera un momento.

La comunicación se cortó abruptamente.

¿Sara? ¿Sara?

¿Qué crees que le ha pasado a mi amiga Sara? No sabemos nada de ella desde la última llamada en la que intentó avisarme de la verdadera finalidad de los microchips. Y de eso ya hace varias semanas. —articuló entre sollozos Tania.

Lucas abrazaba a su chica. Sentía toda su fragilidad. Comenzó a hablar a su oído.

No sé. Todo suena extraño de narices. Pero escucha. No hablemos alto. Y mucho menos hablaremos de cosas importantes por teléfono. Deben estar pinchados en esta ciudad. Controlan desde ese edificio blanco a todos los ciudadanos. No he querido preocuparte, pero esta semana se han llevado los agentes de la salud a cuatro compañeros y ya no se ha sabido nada de ellos.

Un escalofrío atravesó como afilados cuchillos el corazón de Tania. Sentía angustia. Echaba en falta a su querida amiga. Pronunció a gritos su nombre en el pensamiento.

¡SARA!

Lucas…qué querría decirme Sara con respecto a los microchips. Debía ser grave. Sentí su preocupación y temor por teléfono.

Esperemos no saberlo nunca. Hazme caso Tania. Hagamos vida normal. Y no indaguemos sobre esto. Sería muy peligroso. Está claro que a Sara la quitaron de en medio por saber demasiado.

Juan limpiaba en el Bunker desde el primer día de la apertura de la nueva ciudad. Su amiga Sara llevaba desaparecida semanas. La única mujer que amó toda su vida y a la que siguió sin dudar en su nueva etapa. ¡Se la cargaron! Escuchó bien las terribles palabras de uno de los inspectores tras una de las puertas. Celebraba aquel asesinato. El director del bunker. El Sr. Rata.

¡Se quería ir de la lengua! No. Quédese tranquilo. Código SVV0000001 no llegó a desvelar el verdadero propósito de los microchips, gracias a la rápida intervención de nuestros dos agentes. Una amenaza menos. Sí. Todos los teléfonos están pinchados. Redujeron a la joven a cenizas. Aun así, debemos desconfiar de todos. Esa tal Sara sabía mucho…No. No señor. No desconfío lo más mínimo de Juan. Limpia nuestras instalaciones desde el primer día sin dar problemas. Es callado. Es un solitario. No tiene seres querido. Jamás se le ha visto en compañía de esa tal Sara. De todos modos, esa joven está ya fiambre. Y como le dije están todos los teléfono pinchados. Descuide. De acuerdo.

Juan dejó de escuchar tras la puerta y prosiguió a pasar la fregona por todo el largo pasillo del edificio blanco. Su rostro era un hervidero de odio. Odio hacia todo lo que representaba el bunker. Hacia todos esos mercenarios que se hacían pasar por médicos. Y solo eran unos asesinos con intereses económicos y políticos. Aquel inspector se apellidaba Rata. ¡Y a las ratas había que exterminarlas! Ya se ocuparía Juan de esa alimaña. El hombre retorcía el mango de la fregona como retorcería el cuello de aquellos que tuvieron que ver con la muerte de Sara.

Juan, el hombre fregona como lo apodaban en el bunker, daba la imagen de ser un hombre solitario y de pocas luces. Pero era un hombre muy inteligente y lo que tenía de inteligente lo tenía de vengativo. La nueva ciudad de Alicante tornaría a convertirse en el epicentro de un apocalipsis zombi sangriento y demencial.

La puerta se abrió y el Sr. Rata salió con una sonrisa triunfal.

¡Juan! Quiero la sala de ordenadores limpia y brillante para dentro de una hora. Llegan personas muy importantes.

Como mande señor. —respondió Juan con actitud servicial evitando mirarlo a los ojos.

El inspector lo observó unos instantes como quien mira una mota de polvo. No. No desconfiaría jamás del pobre miserable “hombre fregona”. Emitió una sonrisa burlona y cargada de desprecio hacia él.

El Sr. Rata se alejó con paso urgente no sin antes recordarle otra vez que la sala de ordenadores debía estar impecable y lista en una hora.

Juan accedió a la sala de ordenadores y cerró la puerta colocando antes el cartel de CERRADO POR LIMPIEZA. Tenía una hora. Una hora para iniciar su perturbador plan. Una hora para iniciar la carnicería zombi.

«El ordenador se quedará libre de virus. La nueva ciudad…llena de ellos»

Juan sonrió con frialdad. Advirtió con sorpresa que en diez minutos surgieron quinientos casos de virus zombi en la columna roja.

«Veo que el virus está descontrolado…bien…muy bien>>

Sonrió triunfal cuando manipuló el programa de las tres columnas. A partir de ahora la columna roja se hallaría limpia de virus. Ya no habría aviso a los agentes de salud. Y considerando que un individuo infectado tarda unas horas en transformarse, esta noche las calles de alicante se llenarían de zombis.

Tania y Lucas salían de casa a sus respectivos trabajos cuando en el rellano de la escalera se cruzaron con su amable vecina Dora. Una señora mayor agradable siempre en el trato. La escoltaban con rudeza dos agentes de la salud.

Tania decidió intervenir

Hola Dora. ¿Qué ocurre?

Los agentes sujetaron con fuerza los brazos de Teodora y le impidieron emitir una sola palabra. Se la llevaron en volandas. Lucas y Tania advirtieron el temor en su rostro.

¡No podemos seguir actuando con esta pasividad! ¡Es nuestra querida y amiga vecina Teodora! —exclamó con pesar Tania.

¿Y qué pretendes? ¿Acabar como Sara? Está claro que la nueva ciudad oculta muchas cosas y que nos espían. Si intentamos saber más de la cuenta podemos acabar muy mal.

Tania miraba fijamente al suelo. Sentía miedo y desazón.

Lucas. ¿Crees que nos permitirán salir de la nueva ciudad? —dijo de repente la joven.

Podemos intentarlo. —respondió Lucas con la mirada fija al techo.

Hagámoslo y descartemos situaciones. Si pudiéramos salir de esta ciudad regresaríamos a nuestra antigua ciudad y jamás regresaríamos aquí. Daríamos alerta a las autoridades.

Pero sabes que no nos dejarán salir. Esto ha sido como una ratonera. Puedes entrar, pero no salir. Dudo que nadie de fuera de esta ciudad sepa de todo lo que se cuece aquí. Aun así, habrá que intentarlo. Digamos que queremos visitar a unos familiares. No deben percibirnos alterados.

Tania asintió

La única entrada de la ciudad se hallaba controlada y vigilada como siempre por militares. No existía un espacio libre. A pocos metros de distancia el famoso Bunker blanco se alzaba más amenazante que nunca.

¡Alto! ¡Nadie puede salir de la ciudad! —exclamó uno de los soldados armado hasta los dientes.

No lo sabíamos. —respondió Lucas con toda la tranquilidad que pudo mostrar.

¿La gente puede entrar a esta ciudad? —intervino Tania contemplando atónita las metralletas monstruosas de los militares.

Solo estaría permitido si se confirman libres de virus zombi y se dejan insertar el microchip. Más no puedo revelarles. No estamos autorizados para dar más información. Aléjense de aquí.

Gracias—respondió Tania con voz tensa dispuesta ya a marcharse.

Lucas intervino de repente

¿Y cuándo podríamos salir para visitar a unos familiares enfermos?

Salir de la ciudad está terminantemente prohibido para cualquier ciudadano de Nueva Alicante que tenga en su cuerpo el microchip. Ahora aléjense.

¿A sí? ¿Y desde cuando esta norma impuesta y dictatorial? — preguntó Lucas encarándose peligrosamente ante el militar armado. ¿Qué está pasando en esta ciudad?

Lucas vámonos cariño. — Dijo Tania advirtiendo la mirada de amenaza del soldado.

Haga caso a su mujer y lárguense. —Respondió el soldado con mirada fulminante.

La pareja regresaba a su hogar con la preocupación envolviendo sus corazones. Un hombre que iba con prisa chocó violentamente contra Lucas. Desapareció en la primera esquina.

¡Qué prisas tenía ese hombre! —exclamó indignada Tania. ¿Estás bien? Debió hacerte daño en el brazo.

Tania. Era Javier. Mi compañero y amigo Javier. No debió reconocerme con las prisas que llevaba. Es extraño. Nunca lo he visto así. Es conocido por su enorme serenidad y tranquilidad. Un hombre muy juicioso y templado. Qué le habrá pasado…

Lucas cambió la expresión de su rostro cuando al introducir la mano en su bolsillo derecho advirtió una hoja doblada.

Tania, apuremos el paso hasta llegar a casa. Hay que llegar a casa…

No tardaron en llegar. Cerraron la puerta y acto seguido Lucas extrajo el papel del interior de su bolsillo derecho. Reconoció de inmediato la letra de su amigo Javier.

Por eso se chocó así conmigo. Quiso pasarme esta carta. Leamos en silencio.

Tomaron asiento en el sillón del salón.

Tan solo se sentía el murmullo del viento.

© Verónica Vázquez

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Santiago de Compostela 1978. Tiene formación y experiencia en secretariado. Pero su verdadera pasión siempre ha sido el cine y la literatura. Seguidora del género de suspense. También siente fascinación por el cómic de terror clásico considerándolo un exquisito arte. Gusta escribir sus historias como una película. De gran imaginación, en el año 2020 publica dos novelas de suspense en sello digital de Grupo Planeta, Click ediciones. En 2022 un audiolibro de «La sombra de Marcos» en plataforma Nextory. En 2023 comienza a realizar colaboraciones con microrrelatos de terror, en «Hojas Sueltas» En abril del 2023 gana convocatoria de relatos en la revista LO DESCONOCIDO con el relato de terror EL PASILLO. En junio del 2023 la productora indie TEATRO ROBÓTICO DEL MISTERIO dramatiza en audio el relato de terror de infectados ¡CORRE!. En noviembre de 2023 gana convocatoria “La noche del licántropo” de la productora de audio LUX FERRE AUDIO con su relato de terror LA MONEDA DE PLATA para ser dramatizada en audio en el podcast Martes de Terror. En 2024 publica su novela de terror paranormal EL BALÓN ROJO en la web CALAMEO. En mayo del 2024 gana la convocatoria de relatos MIEDO EN CASA con su obra EL HOGAR DEL DIABLO, que será publicada en una antología digital por la Red Municipal de Bibliotecas Públicas de Sevilla, Icas y el Ayuntamiento de Sevilla. En agosto del mismo año, gana la VIII convocatoria de relatos en la revista digital DRAGÓN ESCRITOR con su microrrelato de terror TE PERTENECE. El fragmento de su novela de terror EL BALÓN ROJO se publica en la prestigiosa revista de México “delatripa” también en el mes de agosto de 2024 INSTAGRAM: Veronicavazquez_escritora / FACEBOOK: Verónica Vázquez ( El miedo es mi tinta) / X (Twitter) : @veronicav1978

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