En una habitación tranquila, sin previo aviso, todo comenzó a elevarse lentamente en el aire. Los libros flotaban como mariposas, los muebles bailaban al compás de una melodía invisible y las cortinas se desplegaban como alas ansiosas por volar. ¡El ambiente se llenó de asombro y sorpresa!
En medio de este caos mágico, un fantasma irrumpió en la habitación. Reía a carcajadas y volaba de un lado a otro con movimientos acompasados. El sonido agudo de un violín resonaba en cada rincón. Era la hora mágica: las doce de la noche, oscura y llena de tinieblas.
El fantasma, oculto tras una sábana blancuzca, se reveló inesperadamente al atrapar un sillón y sentarse en él. Perdido en sus pensamientos, recordó que antaño había sido un gran guerrero que luchó contra los enemigos de su rey, allá en un rico y próspero reino. Una flecha llameante lo hirió y ascendió a los infiernos montado en su fiel caballo negro. Y ahora: ¿qué buscaba? ¿La paz o el terror? Lo cierto era que su alma necesitaba pureza y debía encontrar la manera de conseguirla.
Don Pedro era un valeroso guerrero condenado a vivir eternamente; solo podría encontrar la paz cuando una niña inocente le ayudara a hallar el camino de vuelta a casa. Sentado en el sillón y observando el vaivén de los objetos de aquella desconocida habitación, le llamó la atención un libro antiguo, grueso y con tapas rojizas. Lo atrapó con un rápido movimiento y, con curiosidad, lo abrió. ¡Descubrió un maravilloso mundo que le resultaba familiar!
A través de las páginas amarillentas de ese misterioso libro, el guerrero se transportó en un fascinante viaje hacia su época dorada, retrocediendo en el tiempo, hacia el jardín de los sueños.
De repente, alguien abrió la puerta de la habitación y apareció una niña rubia con trenzas y grandes ojos azules, que se sorprendió de lo que veía.
—¡Oh! ¡Es asombroso! ¿Quién es usted y qué hace aquí?
—No te asustes, niña. Ven, acércate, no temas, y ayúdame a descifrar un misterio —habló el fantasma con susurros.
Karen, que así se llamaba la chiquilla, avanzó temerosa hacia uno de los rincones donde Don Pedro se encontraba sentado en el sillón, sujetando un libro abierto.
—Toma este antiguo libro y ayúdame a liberarme de este tormento —suplicó el fantasma mientras se levantaba y le ofrecía el libro a la niña.
Karen intentó descifrar el misterioso libro para liberar al atormentado fantasma. Descubrió un antiguo pacto oscuro que vinculaba sus destinos. Ahora, ambos se veían atrapados en una carrera contra el tiempo para deshacer la maldición antes de que fuera demasiado tarde.
Juntos descubrieron que el libro era un portal hacia un pasado oscuro y un futuro incierto. Un antiguo pacto, sellado con sangre y magia, los unía de manera inexplicable. Para romper la maldición que pesaba sobre ambos, debían adentrarse en un Jardín de Sueños, un lugar místico donde la realidad se mezclaba con la fantasía.
El jardín era un laberinto de flores luminosas y senderos secretos. Cada paso que daban los acercaba más a la verdad, pero también los enfrentaba a peligros desconocidos. Al final del camino los esperaba un antiguo árbol, cuyas raíces se hundían en las profundidades de la tierra. En una de sus ramas colgaba el amuleto que desencadenaría su destino.
El amuleto exigía un sacrificio: una vida a cambio de otra. Karen y Don Pedro se miraron a los ojos, comprendiendo la gravedad de la situación. ¿Quién estaría dispuesto a renunciar a su existencia para salvar a otro?
Con un nudo en la garganta, Karen tomó el amuleto. La luz del jardín se intensificó, revelando una visión impactante: el pacto oscuro, la traición y las consecuencias de sus acciones.
Después de romper la maldición, tanto Karen como el fantasma se encontraron en un punto de inflexión. ¿Qué pasaría con ellos? ¿Seguiría Karen viendo al fantasma? ¿Encontraría finalmente la paz Don Pedro?
Don Pedro logró la paz, pero Karen quedó marcada por la experiencia. El amuleto desapareció; su poder permaneció latente en ella.
Ambos se despidieron con la promesa de volver a encontrarse en otro plano. El fantasma se desvaneció y la niña quedó con un profundo anhelo de volver a verlo.
Karen despertó sobresaltada, el sudor resbalando por su frente. La habitación estaba sumida en la oscuridad, y el único sonido era el tic-tac del reloj. ¿Habría sido todo un sueño? Extendió la mano para buscar el libro, pero este ya no estaba. Solo quedó la sensación persistente de que algo había cambiado en ella.
A partir de ese día, Karen empezó a notar cosas extrañas. A veces, al mirar por la ventana, creía ver una figura fantasmal desvaneciéndose entre los árboles. Oía melodías antiguas que resonaban en su mente, y los libros que leía parecían cobrar vida. ¿Sería que una parte de Don Pedro aún permanecía ligada a ella?
© Anika



