En 1912, Benito Pérez Galdós perdió casi por completo la visión. Esta circunstancia, lejos de suponer el final de su carrera literaria, marcó el inicio de una nueva etapa creativa, más pausada pero igualmente comprometida. A pesar de la ceguera, el novelista canario continuó dictando novelas, artículos y obras teatrales hasta poco antes de su muerte en 1920, demostrando una tenacidad admirable. Su imaginación, entrenada durante décadas de lectura y observación, encontró nuevas formas de expresarse, sostenida por la memoria, el oído y la voz.
Privado del manuscrito, Galdós pasó a dictar sus textos a personas de su confianza. La más constante fue Teodosia Gandarias, su amanuense y taquígrafa, una figura clave en esta etapa final. Su papel no se limitaba a transcribir: comprendía el ritmo de la prosa galdosiana y colaboraba activamente en el proceso, revisando y corrigiendo junto al autor. Gracias a este método, pudieron completarse, entre otras obras, novelas como Cánovas (1912), una de las últimas entregas de los Episodios Nacionales, escritas ya en plena ceguera.
Este sistema de trabajo resultaba exigente. Las sesiones de dictado requerían concentración y precisión, y se prolongaban durante horas. Galdós tenía una gran capacidad para ordenar mentalmente el discurso narrativo antes de verbalizarlo. Aunque es difícil saber con exactitud cómo se desarrollaba cada jornada de escritura, los testimonios coinciden en que era meticuloso y que, en ocasiones, repetía párrafos o introducía correcciones al vuelo, siempre guiado por un oído muy afinado para el lenguaje.
La ceguera no impidió que continuara participando —aunque de forma más limitada— en la vida intelectual madrileña. Su relación con el Ateneo de Madrid, institución de la que fue figura destacada durante décadas, se mantuvo viva mientras su salud lo permitió. También siguió atento a la actualidad política y literaria, dictando artículos y cartas privadas en las que dejaba constancia de su lucidez crítica. Aunque sus apariciones públicas se hicieron cada vez más escasas, el respeto hacia su figura no dejó de crecer.
La crítica ha señalado que, en esta etapa final, su obra adopta un tono más introspectivo y grave, probablemente influido por las circunstancias personales. Sin embargo, no hay un cambio radical en su estilo: la narración galdosiana mantiene su agilidad, su mirada irónica sobre la realidad y su compromiso ético. Si algo cambió, fue la forma de enfrentarse al tiempo: más que describirlo, parecía interrogarlo desde dentro.
La ceguera de Galdós ha sido comparada, en algunas ocasiones, con la de otros escritores que también continuaron su labor sin ver, como Jorge Luis Borges. Aunque pertenecen a contextos muy distintos, la comparación sirve para poner en valor la capacidad de adaptación del escritor español, que nunca dejó de considerarse un cronista de su tiempo. Si bien su popularidad había disminuido respecto a los años de esplendor, su prestigio literario seguía intacto, como demuestran los homenajes y reconocimientos que recibió en vida, especialmente en sus últimos años.
Galdós falleció en enero de 1920, dejando una de las obras más vastas y complejas de la literatura española: más de un centenar de títulos entre novelas, teatro y ensayos. Una parte significativa de ese legado fue dictada, no escrita, en una suerte de duelo silencioso contra la oscuridad. Así, su voz —que suplantó a la vista— se convirtió en su herramienta más precisa. La ceguera no fue para él un final, sino otra forma de mirar, y tal vez, de entender mejor la realidad que tanto se empeñó en retratar.
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