Por Ángel Calvo Pose
“Para mí, escribir es estar vivo”, afirma Martín Caparrós en una entrevista reciente.
Y es la sensación que uno tiene cuando lee todo lo que escribe: una sensación de vida, movimiento, riesgo, curiosidad, inconformismo y, finalmente, plenitud. La sensación que tuve yo con la primera novela del maestro que disfruté con ojos abiertos como platos, la colosal “La Historia”, una apabullante proeza literaria que me entusiasmó y me marcó como lector para el resto de mis días. La sensación que he seguido teniendo, felizmente, con todos y cada uno de sus libros.
“BUE”, su genial novela, última publicada hasta la fecha, es un libro que respira. Un retrato polifónico de Buenos Aires, la Ciudad, y de sus habitantes, personajes que aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer, a la manera de Dos Passos, descritos por un poeta o por un entomólogo (según): un entomólogo poeta, un poeta entomólogo. Sujetos a los caprichos y el arbitrio del azar, como un golpe de viento o el aleteo de una mariposa, durante toda su existencia “hasta que la muerte los reúna” y, de alguna forma, los iguale. Su columna vertebral es la historia de una casa construida por un inmigrante italiano que llegó, vió, vivió, prosperó y murió como un citadino más. La suerte de la casa, con su crecimiento, vaivanes, esplendor, decadencia, ruina y vuelta a empezar, es la suerte de todos sus habitantes y, por tanto, de todos los habitantes de la Ciudad: los citadinos.
Martín Caparrós cuida, como siempre, el ritmo de su escritura. Ahí siempre está Gelman, reconoce; y su propia idea de la música desde que empezó a escribir poesía durante su adolescencia. Su preocupación por la forma, trabajada a fondo en esta novela como un cuadro plagado de personajes y detalles. Siempre fue así con este autor: “Eso -que por supuesto es ilusión- me parece ahora la belleza: que cada palabra se gane su lugar, por precisión y ritmo.”
La palabra justa, como Quevedo, otro de los escritores al que vuelve. También el humor: confieso que he reído casi a carcajadas con algunos pasajes de este libro. Si, como dijo Borges, Quevedo no es un escritor, sino una literatura, Martín Caparrós tampoco es un escritor. Es una literatura libre, enorme, deslumbrante. Y esta novela es una maravillosa noticia, una vez más.
Termino esta especie de reseña de la peor forma posible: hablando de mí. Recordando que, por un asunto de guerras y deserciones hace cerca de cuarenta años, Buenos Aires estuvo a punto de ser mi ciudad. Pero no lo fue. Porque es sabido que:
“Azar acecha. En la Ciudad
azar acecha.”
© Ángel Calvo Pose. Todos los derechos reservados.




Una reseña que transmite con la naturalidad con la que un amigo le habla a otro de una novela a la que está enganchado, lo buenísima que es.
Porque no resulta la típica reseña aduladora sino todo lo contrario. Después de leerla hay que salir a hacerse con un ejemplar.