Derque se mantuvo dubitativo casi toda la mañana. Se le planteaban dos opciones: abordar directamente al numero 3 de la Agencia, o esperar descubrir algo en la oficina disimulada cara al publico. Después de trazar un plan, optó por encontrarse con el jefe de Operaciones y conocer de primera mano la razón por la que atentaron contra su vida. Se acercó al maletín que reposaba sobre una balda, dentro del armario, sacó un bote de spray y se roció primero en una mano y luego en la otra. No tenía intención de abandonar cualquier huella suya. Así se lo enseñó el propio Curtis. Dejó el coche robado aparcado con una de las ventanillas a medio subir. No le importaba si desaparecía. Tomaría el metro hasta la estación de Cuatro Caminos y bajaría caminando hasta la misma cafetería en la que ya estuvo, esquina a la calle Modesto Lafuente. Espero a que dieran las doce de la mañana y desde el mostrador comenzó a observar. Después de dos horas y tras tomarse un bocadillo, cruzó hasta la acera opuesta y se dispuso a controlar las salidas y entradas del garaje.
A las siete de la tarde, Curtis salió conduciendo un Volvo con tapicería de cuero beige. Paró el coche obligatoriamente, miró a la izquierda, esperaba a que el semáforo se cerrara cercenando el paso en dirección oeste, hacia la Glorieta de Cuatro Caminos, para evitar frenazos inesperados. Derque se acercó despacio aprovechando la parada y segundos antes de que se cerrara el semáforo, mientras observaba el paso de gente por la acera, abrió la puerta delantera derecha y se metió en el coche con rapidez, con la misma y sigilosa rapidez que aquel hombre y otros responsables de la agencia le enseñaron. Le puso inmediatamente un corto y punzante cuchillo de doble filo —parecido al utilizado para abrir ostras— sobre el cuello y pidió con voz calmada: ¡arranca de una vez! Curtis no reaccionó pese a sentir el filo del acero sobre su carne, ni siquiera habló, esperaba que Derque, antes Diego, antes Narciso, le señalara la dirección a tomar.
—No te atrevas a moverte, ni separes mano alguna del volante. No me gustaría poner perdido de sangre este bonito juguete que conduces.
—La verdad es que no te esperaba.
—Lo sé. Conduce y no hables. Dirígete por el túnel hasta la última glorieta al final de la avenida que continua a ésta. Te repito que no sueltes las manos del volante o tendré que matarte. Si has entendido mueve la cabeza en sentido afirmativo.
Lo hizo y Derque no cesó de presionar con el cuchillo que se incrusto unos milímetros en el cuello comenzando a sangrar. Giraron al llegar a la glorieta y se metieron por la Avenida del Valle. Le señaló un sitio para aparcar y antes de que pudiera advertirlo le inyectó el contenido de una jeringuilla. Segundos después se desplomaba sobre el volante. Salió del coche, abrió la puerta del conductor desde fuera y empujó su cuerpo al asiento que acababa de desalojar. Esperó tenerle atado de pies y manos con unas mordazas de plástico para comprobar que no llevaba arma alguna encima. Luego sacó un localizador de emisores y lo pasó repetidamente por el exterior de todo su perímetro. Al llegar al teléfono móvil, el aparato zumbó repetidamente. Lo extrajo del bolsillo interior derecho de la chaqueta, lo abrió cuidadosamente y colocó un minúsculo transmisor debajo del aplicado por la agencia. Con esa operación lograría despistar por un tiempo su localización. Volvió a dejarlo donde lo encontró.
Curtis comenzaba a respirar más deprisa. Derque le puso bajo la nariz una cápsula rota segundos antes, que le hizo abrir inmediatamente los ojos. Le miró fijamente mientras su dedo índice pedía silencio con un ademán sobre su boca.
—Nada, no digas absolutamente nada. Solo escucharé respuestas a mis preguntas. Luego, cuando compruebe si estás o no mintiéndome, tal vez te permita hablar algo. Bien comencemos.
—¿Por qué has dado orden de que me maten?
—Yo también recibo ordenes.
—Lo sé. Pero te advierto que no permitiré más de tres mentiras —le mostró una jeringuilla—. Veamos que puedes hacer si te inyecto el contenido de esta. ¿Por qué has encargado a otro agente que me mate?
—Me vi obligado.
—Conozco ese tipo de respuestas, es una evasiva. Bien. ¿Que razón y causa te llevó a determinar que debía morir?
—Tu compañera Rosario.
—Vuelves a mentir. Intenta decir algo convincente o dentro de poco estarás infectado del VIH. Te lo aseguro.
—Estoy diciéndote la verdad. Os estabais acercando demasiado. Tu sabes que la Agencia no permite relaciones entre sus miembros. Además, ella había cumplido su ciclo.
—¿Qué significa eso?
—Parece mentira, con lo inteligente que eres y no has advertido los ciclos de nuestros agentes.
—No. Explícamelos tú.
—Cada agente tiene un ciclo vital, cifrado y determinado por sus especiales y distintivas características, después de evaluar su aprendizaje. Cuando lo cumple debe salir de la Agencia. Está obsoleto.
—Ese salir es sinónimo de morir, supongo.
—No necesariamente. Rosario estaba a punto de acabar el suyo, tu aceleraste su final. Tenemos suficientes pruebas para creer que además de enamorarse de ti, preparaba su salida de la Agencia y posiblemente, comentar nuestras más intimas actividades. No podíamos permitirlo. Debíamos convencerla de que regresara a la Granja para reciclar su comportamiento.
—Y se os fue de las manos. ¿No es así?
—Más o menos. Lo ocurrido fue un accidente.
—Claro, un accidente preparado.
—No, fortuito.
—¿Bien y yo? ¿Solo dos misiones de ayudante y ya estoy obsoleto?
—No. Te repito que aceleraste tu ciclo por el acercamiento a Rosario.
—Entonces, ¿Cual es la razón por la que cada cierto tiempo dejo de ver a alguno de mis compañeros?
—No desaparece ninguno. Son destinados a otros menesteres, a veces fuera del país. La actividad para la que fueron instruidos deja de ser útil. Están quemados y no pueden continuar trabajando para nosotros de la misma forma. ¿Lo entiendes?
—Creo que si, aunque aún no me has respondido. ¿Por qué trataste de asesinarme?
—No di orden de asesinarte. Debes creerme.
—Claro, y tu médico también creerá que tu contagio de VIH, no obedece a un contacto heterosexual —señaló mostrándole de nuevo la jeringuilla.
—Espera Diego, no lo hagas, puedo ayudarte. De verdad que puedo hacerlo. Pero por favor no me inyectes esa sangre.
—De acuerdo, por el momento te dejaré marchar. Aunque si observo algún movimiento sospechoso, te encontraré de nuevo y entonces no me importará inocularte el VIH.
—Está bien.
—Me comunicaré contigo a través del ordenador, sabré si me estas rastreando, procura no hacerlo. Y prepara para entonces las respuestas a mis preguntas.
—¿Que quieres saber?
—Quien ordenó matarme y porqué. También necesito saber donde puedo localizar a los números uno y dos. Debo hacerles ciertas preguntas.
—¿Cómo por ejemplo?
—¿Quien soy?
—Eres Diego.
—Lo sé. Me refiero a quien soy de verdad. Que hicieron a mi familia, porqué me separaron de ella.
—Estás loco Diego, rotundamente desquiciado. No creo que en eso pueda ayudarte. Ni podré decirte donde están los números uno y dos.
—Entonces tendré que averiguarlo de otra forma. Bien, de momento voy a inyectarte esta otra dosis —dijo sacando otra jeringuilla— te ayudará a ser más hablador la próxima vez que nos veamos.
—Más te vale matarme, Diego, de lo contrario lo haré yo en cuanto pueda, te lo juro.
—No lo creo, esto te dejara obsoleto durante unos días. Más adelante si te portas bien a lo mejor puedo curarte el síndrome.
—No lo hagas — gritó al recibir el pinchazo.
—Ahora debo abandonarte a tu suerte. Dentro de unos minutos dormirás y cuando despiertes podrás irte conduciendo.
—La próxima vez no fallaré, te lo prometo. Lo haré yo mismo.
—Eso espero. No encargues a nadie algo que puedas hacer tu mismo. Adiós Curtis. Pero no olvides que seguiré observándote.
Curtis cayó dormido un minuto después. Le retiró las mordazas cortándolas con el cuchillo que poco antes puso sobre su cuello y caminó hasta la boca de metro de Guzmán el Bueno. Antes de hacerlo marcó el número de Marina y esperó respuesta.
—He terminado de presentar mi book en una Agencia —mintió—, puedo invitarte a cenar en algún restaurante no muy caro. ¿Te apetece?
—Por supuesto Derque. ¿Donde quedamos?
—No se, tal vez en el mismo café del otro día.
—Perfecto, puedo estar allí sobre las ocho y media.
—De acuerdo. Claro que si lo prefieres puedo recogerte donde trabajas.
—No estoy en la oficina, pero gracias. Quedamos donde has dicho.
—Bien, voy para allá. No me hagas esperar mucho.
—No te preocupes.
Nada más colgar a Derque, ella llamó a su superior Julia.
—Esta noche llegaré tarde, he quedado con el Guanche.
—Bien, pásalo bien y no de dejes de vigilar por si encuentras a Diego..
—Lo haré no te preocupes.
—Si hay alguna…
—Lo sé, te llamo.
—Vale. Diviértete.
—Gracias.
Más tarde.
Desde la mesa que ocupaba junto al ventanal, la vio bajar del autobús, cruzar la calle y caminar hacia su encuentro. Cuando cruzaron sus miradas él levanto el brazo en ademán de saludo y ella sonrió. Se saludaron dentro del Café.
—¿Te apetece tomar un vino antes de ir a cenar?
—Claro.
—Entonces salgamos de aquí. Por esa calle me ha parecido ver antes algunos lugares propicios para tomar un aperitivo.
—Vaya, parece que con tan pocos días ya conoces esta ciudad.
—No creas. Ocurre que vine caminando desde la Gran Vía, y fijándome para localizar algo con que poder deslumbrarte.
—Entiendo. Entonces vamos a conocer esos sitios.
Caminaron hasta encontrarse con la calle Augusto Figueroa, luego bajaron por ella y visitaron dos o tres establecimientos para desembocar en la calle Barquillo. Desde allí hasta la Plaza del Rey, para luego buscar un especialista en pescado frito a la andaluza. La cena fue informal y a base de raciones. Al terminar empezaron a preguntarse mutuamente.
—¿Has tenido suerte con alguna agencia?
—De momento no. Debo esperar al menos un mes. Encontré sin embargo algo en un periódico. Poca cosa. Esto es así. Pero no cejo. A partir de mañana saldré con mis cámaras a pasear por la ciudad y sus alrededores. Quiero preparar algo especial. ¿Te preocupa mi situación?
—No especialmente, aunque estaba pensando que tal vez en mi agencia de publicidad, necesiten algún trabajo fotográfico esporádico.
—Eso estaría bien, pues si sigo así, gastando y no ganando, dentro de cuatro meses a lo mejor debo rendirme y volver a Tenerife para emplearme como camarero.
—Si me dejas puedo preguntar mañana mismo.
—No estaría mal. Si me contratan a lo mejor podemos vernos con más frecuencia.
—No lo creo. Mi trabajo no es de despacho. Debo atender a clientes y salgo mucho.
—¿Como se llama tu Agencia de Publicidad?
—Agencia de Medios y Marketing Empresarial “GH & Asociados”.
Derque dio un respingo interno al escuchar el nombre, apenas perceptible para Marina.
—¿Donde tienes la oficina?
—A las afueras de Madrid. Cuando voy debo hacerlo en coche. Por la A-6.
—¿Vas todos los días?
—Que va, a veces ni aparezco. Hablo con mi Jefa, me da instrucciones y cumplo con mis obligaciones.
—Eso esta bien. ¿Entonces tu crees que puedo hacer algo para vosotros?
—No depende de mi, pero intentaré ayudarte. Al menos podrás ganar algo para invitarme a cenar de vez en cuando.
—Mira, no había pensado en eso. Acepto.
—Mañana preguntare.
—Oye, una pregunta. Me dijiste que eras de León. ¿No es así?
—Si.
—¿Tienes familia allí?
—No. Porque lo dices.
—No conozco la ciudad y según he visto en fotos, tiene una catedral magnifica y necesitada de que un fotógrafo como yo la inmortalice. Tal vez podríamos ir juntos un fin de semana.
—Tal vez. Hace mucho tiempo que no voy.
—¿Y tus padres no viven allí? ¿No tienes familia o amigos?
—No lo se. Salí de allí muy joven, siendo una niña. Mis padres, según me dijeron murieron.
—¿Donde estuviste?
—En una Granja, con otros niños y niñas como yo, abandonados o huérfanos. ¿No tenéis algo así en Canarias?
—Supongo, no lo se. Yo me hice mayor junto a mis padres y mi hermano menor. Jamás me detuve a pensar en algo como lo que te ocurrió a ti —mintió—. Lo siento.
—No importa lo tengo superado. Además, allí me enseñaron muchas cosas, que ahora me ayudan a valerme por mi misma.
—Ya. ¿Echas de menos a tu familia?
—No creas, apenas tengo recuerdos de ellos, están difuminados en mi mente. Pero por favor podríamos dejar ese tema.
—Claro, lo siento. Discúlpame. Solo una última pregunta.
—Claro, adelante.
—Me gustaría conocer esa Granja. Te importaría acompañarme, podría hacer fotos para mis colecciones.
—No se si recordaré donde estaba. Me refiero a la zona. La población esta cercana a la sierra noroeste de Madrid. Si no recuerdo mal estaba en una población llamada Los Molinos.
—Como contraprestación al mal rato que has pasado. Te invito a una copa, pero tendrás que llevarme. Esos sitios no los conozco, será la primera vez que salga de noche. Me refiero aquí, en Madrid.
—Entiendo. Entonces si me prometes portarte mal, te llevaré a un lugar muy especial.
—¿Cómo dices? Repítelo.
—Que si te portas mal te llevaré a un sitio estupendo.
—Vale, creí que te habías confundido.
—No, de eso nada —dijo melosamente acercándose a los labios de Derque.
—De acuerdo, me portaré tan mal como tu quieras —dijo mientras terminó de acercar los suyos a los de Marina.
A las tres de la madrugada Derque la dejaba en la puerta de su apartamento cercano al Estadio Bernabeu. Antes de despedirse…
—Disculpa, pero no vivo solo. Comparto el piso con dos amigos, y, bueno. Que lamento no poder ofrecerte una copa en mi casa.
—Yo también lo comparto con dos compañeras, y por supuesto que, bueno, pues eso.
—Te prometo un fin de semana sin compañeros —dijo Derque.
—Gracias. Hasta mañana —dijo besándole de nuevo.
—Adiós Marina, hasta mañana.
No pudo dormir. La noche la pasó temiendo haber dado algún paso en falso. Era inaudito encontrarse con una mujer que posiblemente estaría dispuesta a matarle, si supiera quien era. Se dio una segunda ducha fría para despejarse y preparó un segundo plan de ataque.
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