Música, obras y canciones (II): la introducción del veneno

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Por el equipo de Punto y Seguido

Si en el capítulo anterior explorábamos el carácter universal, formativo y casi sagrado de la música como arte, esta segunda entrega aborda su creciente banalización contemporánea. Porque, si bien el acceso global a la música ha crecido de forma exponencial, no lo ha hecho su calidad ni su capacidad de elevación espiritual. Por el contrario, asistimos a una progresiva degradación del lenguaje musical y lírico, promovida por las dinámicas del mercado, las plataformas digitales y ciertos géneros surgidos al margen del canon artístico.

La música ya no es —en su versión masiva— una expresión creativa, sino un producto de consumo fugaz, sometido a las reglas del algoritmo, del marketing y de la viralidad. Las grandes plataformas como Spotify, TikTok o YouTube dictan hoy no solo qué se escucha, sino cómo debe componerse para que “funcione”. Este fenómeno ha sido estudiado en profundidad por investigadores como Mark Mulligan, que sostiene que el sistema de reproducción algorítmica prioriza canciones breves, con estribillos inmediatos y estructuras repetitivas, diseñadas para maximizar clics y retención de usuarios¹.

La consecuencia es doble: por un lado, desaparece la complejidad compositiva; por otro, se impone una uniformidad sonora que mata la diversidad. El oyente ya no escoge con criterio, sino que es llevado —pasivamente— hacia lo que el sistema considera más rentable.

Reguetón y otras formas sudomusicales: la estetización del empobrecimiento

En este contexto surge un tipo de “música” —por usar el término con generosidad— basada en ritmos elementales, armonías inexistentes y letras que, en el mejor de los casos, resultan pueriles, y en el peor, groseras, misóginas y cosificadoras. El reguetón, nacido a finales de los 90 en Puerto Rico, tiene raíces legítimas en el dancehall jamaicano y el hip-hop estadounidense². Sin embargo, lo que en su origen fue una forma de expresión marginal se ha convertido hoy en un fenómeno de masas carente de alma.

En la mayoría de sus versiones actuales, el reguetón ofrece:

  • Una base rítmica monótona y persistente (el famoso “dembow”).

  • Letras que repiten clichés sexuales o de estatus social.

  • Videos que exaltan la imagen corporal, el lujo, la sumisión femenina y la agresividad masculina.

No se trata de un juicio moralista ni elitista: es una crítica estética y lingüística. El filósofo Umberto Eco ya advertía contra la “neotelevisión” como forma de embrutecimiento: una cultura que entretiene sin elevar, que repite sin pensar³. En el reguetón, como en otros géneros afines (trap, drill), asistimos al mismo fenómeno: la sustitución del contenido por el impacto, de la emoción por el estímulo.

El trap, surgido en Atlanta en los años 90, ha sido adoptado por artistas jóvenes de todo el mundo, también en España. Su estética sonora —bases oscuras, tempo ralentizado, uso excesivo del autotune— se acompaña, muchas veces, de un discurso nihilista y autocomplaciente, donde la violencia, la droga o la apatía se presentan como signos de identidad.

El drill, aún más agresivo, presenta una evolución del trap con códigos callejeros y letras explícitamente violentas. Ambos estilos comparten una característica preocupante: la normalización del lenguaje degradado. Las frases carecen de sintaxis, los términos se reducen a una jerga críptica, y la poesía ha sido suplantada por la consigna hueca.

Como advierte Marina Garcés, estamos en una época de “poscultura”, donde el conocimiento no se transmite sino que se disuelve⁴. Y lo que escuchamos —o se nos impone escuchar— no cultiva, sino que deseduca.

Las músicas que hemos citado —más allá de su éxito comercial— suponen una ruptura con los tres fundamentos clásicos de la música como arte:

  1. La creatividad: en lugar de innovar, repiten fórmulas y patrones.

  2. El lenguaje: el texto ha perdido su riqueza semántica y poética.

  3. La belleza formal: el equilibrio sonoro ha sido sustituido por el efecto.

El gran compositor francés Pierre Boulez decía que la música debía tener “intención y estructura”⁵. En muchas producciones actuales no hay ni lo uno ni lo otro. Solo hay ruido diseñado para ser olvidado. El problema no es solo estético, sino educativo. Lo que se escucha, moldea. La banalización de la música contribuye a un empobrecimiento de la sensibilidad colectiva. Como decía Rafael Sánchez Ferlosio:

*“Cuando el lenguaje se empobrece, también se empobrece el pensamiento”⁶.

¿Es todo reguetón igual? ¿Cabe alguna defensa?

Es importante matizar. No todo el reguetón, ni todo el trap, es basura cultural. Existen artistas que han intentado dotar a estos géneros de contenido crítico, feminista o experimental. En España, Rosalía supo, en su primera etapa, fusionar el flamenco con el trap de forma creativa (El mal querer, 2018), aunque más tarde se desvió hacia fórmulas más comerciales. También hay ejemplos en América Latina de reguetoneros que han abordado temas sociales, aunque son minoría. El problema no es el género como fenómeno cultural, sino su deriva masiva hacia la estandarización y la pobreza expresiva.

Quizá lo más inquietante no sea la existencia de estas músicas, sino su aceptación generalizada como norma. Las generaciones más jóvenes crecen sin referentes musicales complejos. No se les enseña a escuchar a Bach, a Lorca musicado por Morente, a Falla o a Lluís Llach. Se les alimenta con estribillos de dos palabras, bases rítmicas prefabricadas y mensajes vacíos.

Como advertía Susan Sontag en su Diarios, “la cultura popular no es inocente: forma carácter, define horizontes, modela aspiraciones”⁷. Y si ese horizonte se reduce al goce instantáneo, la autosatisfacción y el olvido, la música dejará de ser un arte para convertirse en una máquina de anestesia colectiva.

Notas al pie:

  1. Mark Mulligan, The Death of the Long-Form Album, MIDiA Research, 2019.

  2. Pablo Vila, Music and Youth Culture in Latin America: Identity Construction Processes from New York to Buenos Aires, Oxford University Press, 2014.

  3. Umberto Eco, La estrategia de la ilusión, Lumen, 1993.

  4. Marina Garcés, Nueva ilustración radical, Anagrama, 2017.

  5. Pierre Boulez, Puntos de referencia, Akal, 2013.

  6. Rafael Sánchez Ferlosio, entrevista en El País Semanal, 2007.

  7. Susan Sontag, Diarios, Mondadori, 2009.

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