María de la O Lejárraga (1874-1974) fue una prolífica escritora, dramaturga, feminista y política española cuya vida y obra han sido redescubiertas con asombro en las últimas décadas. Mujer brillante y adelantada a su tiempo, escribió buena parte de sus textos bajo el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra, una estrategia que le permitió mantener cierta visibilidad en una sociedad que negaba el protagonismo intelectual a las mujeres. Sin embargo, su historia no solo está marcada por la invisibilidad autoral, sino también por un curioso y poco conocido episodio que la conecta con una de las figuras más icónicas del cine de animación: Walt Disney.
En 1951, Lejárraga, exiliada en Argentina tras la Guerra Civil española, escribió un cuento titulado Merlín y Viviana, una fábula encantadora sobre un perro que se enamora de una gata coqueta. Viendo el potencial visual y narrativo de la historia, y consciente del impacto de la animación cinematográfica, decidió enviar el manuscrito a los estudios Disney. Lo hizo a través de su traductora, Collice Portnoff, con la esperanza de que la historia pudiera inspirar alguna producción cinematográfica.
El cuento fue enviado directamente a Walt Disney, quien lo conservó durante un par de meses antes de devolverlo con una respuesta tajante: el estudio no aceptaba proyectos no solicitados. Hasta ahí, la anécdota podría haber quedado como una simple correspondencia entre una autora y un estudio de cine. Sin embargo, cuatro años más tarde, en 1955, se estrenó una de las películas más recordadas del universo Disney: La dama y el vagabundo (Lady and the Tramp en inglés). La película cuenta la historia de un perro callejero que se enamora de una perrita de clase alta, generando una trama romántica entre animales de mundos opuestos. Aunque la obra final no incluye una gata coqueta, el paralelismo con la historia de Lejárraga resulta evidente.
La propia escritora se refirió al asunto en una carta enviada a Portnoff, donde no ocultaba su decepción ni su resignación ante lo que consideraba un claro plagio. En sus palabras: «La enviamos a Walt Disney, la tuvo un par de meses y la devolvió diciendo que no admitían más que las obras que habían encargado. Después, hizo una película La dama y el vagabundo, que era la misma historia, sin más cambio que haber convertido la gata en perra elegante. Esta vez no quise protestar, ¿para qué?». La frase final resume el sentir de una mujer que, tras años de haber sido silenciada por la autoría masculina de su esposo, también veía cómo sus ideas podían ser absorbidas por una industria todopoderosa sin reconocimiento ni compensación.
Este episodio plantea varias reflexiones culturales de gran interés. Por un lado, evidencia cómo muchas creadoras han sido invisibilizadas, tanto por las estructuras patriarcales de su tiempo como por la maquinaria comercial del entretenimiento. Por otro, abre un debate sobre la originalidad, la inspiración y los límites del plagio, especialmente en un ámbito como el cinematográfico, donde las ideas pueden transformarse con facilidad bajo nuevas formas y formatos.
No existen pruebas jurídicas que demuestren que Disney efectivamente se inspiró en el cuento de Lejárraga, pero el testimonio de la autora y las similitudes entre ambas historias invitan a sospechar. Y aunque La dama y el vagabundo tiene un desarrollo y ambientación diferentes, el concepto esencial —una historia de amor entre dos animales de mundos distintos, con tintes de comedia y ternura— guarda similitudes con Merlín y Viviana.
Además, este caso no es aislado. Disney ha sido señalado en otras ocasiones por apropiarse de relatos ajenos o de obras de dominio público sin dar crédito a las fuentes originales, como sucede con El Rey León y su presunta semejanza con la serie japonesa Kimba, el león blanco, o con las múltiples adaptaciones de cuentos clásicos europeos.
Para Lejárraga, quien vivió marcada por el exilio, la pérdida y la lucha constante por el reconocimiento, este episodio fue uno más en su vida de silencios forzados. Su historia, sin embargo, ha ido saliendo a la luz con el tiempo, gracias a investigaciones como la de Eva Díaz Pérez, quien la ha definido como «la gran escritora que borró su nombre». Hoy, el nombre de María Lejárraga se recupera como símbolo de resistencia intelectual y feminismo, y su anécdota con Disney se convierte en una poderosa curiosidad cultural que nos recuerda la importancia de proteger y visibilizar las voces femeninas en todos los ámbitos creativos.
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