Un suave murmullo melódico se entrelazaba con las hojas, acariciando mi alma. Mis ojos, cerrados desde mi nacimiento, me habían convertido en un ser hipersensible al sonido. Aun así, las palabras de la gente parecían bailar fuera de mi alcance, indescifrables. Las mías fluían sin cesar, aunque raramente escuchaba con atención.
En un recodo del bosque, me encontré con una anciana. Su voz, suave y pausada, como un bálsamo para mi alma, me envolvió como una manta cálida.
—Jovencito —dijo con dulzura—, tus palabras son como un río caudaloso, pero tu corazón, como un estanque quieto, necesita saciar su sed de los sonidos del mundo. El viento, si sabes descifrar su lenguaje, te revelará historias fascinantes.
Sus palabras resonaron en mi interior como un trueno en la noche. Desde ese día, comencé a prestar más atención a la sinfonía que me rodeaba.
El canto de los pájaros, el crujir de las hojas, el susurro del agua en el río, todos ellos tenían algo que enseñarme. Dejé de hablar tanto y comencé a escuchar más.
Aprendí a comprender el dolor en la voz de un amigo afligido, la alegría en la risa de un niño, la sabiduría en las palabras de un anciano. Descubrí que escuchar era un arte, una forma de conectar con el mundo y con las personas que lo habitaban.
El viento seguía susurrando entre las ramas. Y yo aprendí a escucharlo.
A veces no son las palabras las que nos salvan, sino el silencio que dejan para que el corazón hable.
© Anika



