Ojalá mi corazón fuese de piedra – Capítulo 24

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24.

Los hombres perdieron la memoria, pero la memoria permaneció.

La memoria viva, voraz, de la montaña negra con forma de murciélago. Ha contemplado esa montaña durante horas, días, semanas, meses, desde el jardín emparrado de la casa. No ha dejado de mirarla fijamente esa misma mañana antes de atravesar el pueblo con paso decidido, a grandes zancadas, como la aguja de una brújula marcando el norte. Sale del pueblo sin detenerse, sin cambiar la dirección de su mirada ensombrecida por el ala del sombrero. El viento agita los pinos y enfría aún más sus pómulos ya helados; el perfil de murciélago se pierde cuando se interna en el bosque y va dejando atrás las ramas retorcidas. Remonta pendientes, caminos de barro. Alcanza el último tercio, donde ya no hay árboles, ataja escalando rocas de todos los tamaños. Sus brazos, todavía entumecidos, acusan el esfuerzo de las últimas horas, el profundo agujero excavado en el sótano ante la mirada (altiva, primero, de espanto, después, en sus ojos desfigurados por la sangre y la hinchazón) de Francisco Tomé, el agujero que se fue transformando en un sucio pozo de aguas turbias.

No se detiene hasta coronar la cumbre, escalando las rocas enormes que forman la cabeza sin ojos del murciélago. Concentra su mirada en el pueblo lejano, insignificante, y no se inmuta cuando un golpe de viento le arrebata su sombrero negro, que se pierde planeando en el vacío.

Dos horas —poco más—, después vuelve a bajar al sótano con una jarra de barro llena de agua. Bebe hasta saciarse, y vacía lo que queda del contenido de la jarra en la cara del amordazado Tomé, que recobra el conocimiento en un espasmo. Entra en el agujero —en el pozo—, excava un poco más con un pesado azadón hasta que considera que ya es más que suficiente y vuelve a salir. Agarra a Tomé y lo arroja al fondo del pozo: la mordaza amortigua sus gritos afónicos de desesperación. Lanza una losa sobre él como si fuera la tapa de un ataúd, y después empieza a echar toda la tierra que había sacado previamente, utilizando el azadón.

Cállate. Cállate de una puta vez —le dice, aunque hace rato que Tomé ha dejado de gritar.

© Ángel Calvo Pose. Todos los derechos reservados.

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Madrid 1969. Publicó su primer poema en 1993, un alegato en contra del servicio militar obligatorio para celebrar su condición de insumiso. A partir de entonces colaboró y publicó relatos y poemas en diversas revistas literarias. Estudió Filología inglesa y Psicología en la Universidad Complutense de Madrid. Residió en Madrid, La Habana y Alicante, se dedicó a escribir guiones cinematográficos. Actualmente reside en Galicia, en una aldea al norte de Lugo, con vistas (si no hay niebla) al Cantábrico.

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