El misterio de aquellos edificios tan iluminados, en medio de la oscuridad tan absoluta, entre San Miguel y Santiago de Reinante. Algunos con las persianas echadas y las contraventanas cerradas, otros mostrando el interior, invariablemente iluminado con profusión de lámparas de todos los estilos y tamaños a través de amplios ventanales. Irradiaban luz, desprendían algún tipo de energía. Vida propia, de alguna manera, pero ni rastro de vida ajena: porque nunca vi a nadie dentro o fuera de aquellos edificios. Podían ser hoteles, sanatorios, bloques de apartamentos. Podían ser cualquier cosa que yo fuese capaz de imaginar.
Aparentaba más de setenta años, superaba ampliamente el metro ochenta de estatura. Encorvado, cargado de espaldas, chepudo. Cabeza pequeña coronada por un cabello escaso peinado con cortinilla. Invariablemente vestido (daba esa impresión) con un anticuado suéter gris de cuello redondo y mangas dadas de sí, y un pantalón gastado, también gris, que le quedaba corto.
Recorría los pasillos del supermercado examinando cuidadosamente todo tipo de productos. Eligió, después de mucho pensarlo, unos cartones de leche, una barra de pan, una docena de huevos y embutidos, y se dirigió hacia la línea de cajas caminando muy despacio con aires como de buitre, tambaleante y torpe, enorme, desgarbado. Luego se inclinó sobre una cajera diminuta para aclarar alguna discrepancia en los precios de su compra: no pareció entender las explicaciones de la enérgica cajera; zanjó la breve disputa con una sonrisa pretendidamente amable y abandonó el comercio. Siguió caminando hasta el párking y abrió a distancia un Audi A4, se metió en el coche con la compra, arrancó y se alejó de allí, conduciendo con suavidad.
Frío. Cinco kilómetros antes el termómetro del coche marcaba dieciocho grados; cuando apagó el motor diez minutos atrás, ya era uno bajo cero.
Frotaba sus manos amoratadas, subía el cuello de la chaqueta, cerraba la chaqueta. Vigilaba la casa: una construcción más vertical que horizontal, con un porche alto, sin apenas ventanas, y paredes pintadas de blanco. El Audi aparcado en la entrada, una luz alumbrando la puerta de la calle.
Encendió un Camel y se le ocurrió, mientras fumaba, que alguien desde la casa miraba el resplandor de la brasa del cigarrillo; o el conductor del coche gris (un Toyota, posiblemente) que pasaba por tercera vez junto a su Citröen. Pero no resultaba fácil pasar desapercibido en aquel sitio. Era la única casa relativamente aislada en toda la parroquia de A Rochela: el resto de viviendas se arracimaban unas junto a otras, se emparejaban, incluso, y ni siquiera contaba con el resguardo de árboles o vegetación. Solamente un fresno del que no brotaban hojas, sin duda víctima de aquel invierno en primavera, de aquel microclima demencial.
Giró el cuello despacio, hasta provocar el chasquido seco de sus cervicales. Volvió a mirar la casa sin encontrar rastro de vida o movimiento. Miró el tronco del fresno, un tronco ancho, robusto, con un grueso nudo en la parte central. Un nudo extraño, si trataba de observarlo con detenimiento: tal vez no fuese una protuberancia natural, al fin y al cabo.
Encendió otro cigarrillo. Bajó un poco la ventanilla del coche para despejar el humo y volvió a subirla inmediatamente porque el frío se coló como un cuchillo helado.
Aparentaba setenta y tantos años cuando, en realidad, había cumplido muchos más. Su última residencia (que él supiera) era una cabaña de piedra en las afueras del municipio italiano de Esine, en la provincia de Brescia. Antes de eso, lugares como Wroclaw, Polonia, o Chernovitsi, Ucrania; incluso una etapa relativamente reciente (década de los noventa) en Argentina, cuando alquiló una casa azul con tejado de pizarra en Martínez, provincia de Buenos Aires. Por la descripción que le hicieron de la casa de Martínez, tenía que parecerse a la que habitaba ahora cerca de Ribadeo —aunque esta fuese blanca en vez de azul: una construcción estrecha que daba la impresión, especialmente por la noche, de proyectarse hacia las alturas surgiendo desde algún tipo de insondable oscuridad.
Se plantaría ante él, por fin. Contenía sin esfuerzo la tentación de precipitarse porque corría el riesgo de espantarlo y provocar una desaparición más, otra de tantas, como las que habían provocado todas las tentativas de acoso y captura a lo largo de los años y del mundo. Asimismo, evitaría el error de subestimarlo (su engañoso despiste en los pasillos del supermercado), conocedor y testigo de su asombrosa e inexplicable capacidad para influir en su entorno y transformarlo. No se responsabilizaba de acusaciones ni sospechas, no sentía necesidad de saldar cuentas ni de aclarar desapariciones ni delitos: no era asunto suyo.
Arrancó su coche y condujo alrededor de doscientos metros, entre las viviendas, hasta el aparcamiento de un restaurante al otro lado de la general. Después regresó caminando, dando un rodeo, al punto de partida, orientado por los cambios de temperatura.
Tal y como había imaginado, la casa no tenía puertas laterales ni traseras. Inspeccionó su perímetro a una distancia prudencial. Entonces oyó un suave portazo y el ruido del motor de un coche: corrió, lamentando la pérdida de tiempo de tantas precauciones inútiles, y llegó a tiempo de contemplar cómo se alejaba el Toyota gris. El Audi seguía aparcado en el mismo sitio, en la entrada.
La puerta de la casa no estaba cerrada con llave. Comprendió que formaba parte del mismo plan de todas las fugas y todos los refugios de todos los años y todos los países, porque estaba previsto que él entrara e inspeccionase la vivienda vacía con su olor a viejo, a cerrado, a humedad, que volviera al exterior donde ya no hacía frío, al aparcamiento del restaurante, al Citroën, que hiciera el camino de vuelta a ninguna parte entre la previsible y súbita normalidad de todos los edificios de la zona y la carretera perfectamente iluminada por su hilera de farolas, de una noche como cualquier otra, del perfecto fracaso, del olvido.
© Ángel Calvo Pose



