Por Verónica Vázquez
Víctor oteó el horizonte con el corazón roto. La mujer que amó siempre partió de su lado y no volvería jamás.
Jamás volvería a ver su inmensa sonrisa de oreja a oreja. Jamás escucharía su dulce y alegre voz. Jamás volvería a besar su lindo y aterciopelado rostro. Jamás…porque jamás volvería albergarla entre sus brazos con miedo a perderla, pues ya la perdió.
Y la muerte no deja escapar a sus presas.
—¡Víctor!— Qué haces aquí en la playa con la lluvia cayendo sin piedad y un viento helado de mil demonios. ¿Es que acaso quieres enfermar? —dijo una voz familiar a sus espaldas.
El joven con el corazón destrozado guardó silencio. Solo emitió un suspiro y unas lágrimas ardientes surcaron su rostro. Las secó al instante con gesto violento.
—Regresa padre. Quiero estar solo. Regresa a casa o enfermarás. Dejadme solo. Solo con mis pensamientos.
Su padre conocía bien el carácter indómito de Víctor. Decidió dejarlo no sin antes apretar su hombro con protección y afecto. El hombre cargado de años sentía desfallecer de dolor y angustia ante el estado lamentable de su hijo.
Víctor amaba profundamente a esa mujer. Siempre fue ella para su hijo.
«No he conocido un hombre que amara tanto a una mujer. El destino llega a ser de una crueldad intolerable». — Se decía el pobre anciano de regreso a su hogar. Temía por su hijo. Percibió una mirada extraña en él. Esa misma mirada perdida que vio tiempo atrás en un buen amigo, al perder en un accidente de tráfico a su querido hermano.
El anciano se sobresaltó. Se detuvo bajo la lluvia. El recuerdo de su amigo Jack arrojándose desde un acantilado nubló por unos instantes su mente.
—¡VÍCTOR! — Exclamó el padre del joven desdichado. Aquel padre agilizó el paso de regreso a la playa. Se hallaba empapado de agua con un mal presagio en su pecho y en su alma. El viento embestía con furia, pero el anciano era fuerte.
La orilla de la playa se hallaba desierta. El angustiado padre observó el mar…y tragó saliva.
El cuerpo de Víctor se hundía en las aguas enarboladas sin oponer resistencia. Se entregó a los brazos de la muerte con el firme propósito de reencontrarse con su amada.
El padre exclamó roto de dolor el nombre de su hijo.
Durante un tiempo, la orilla de aquella playa era recorrida por el mismo anciano. Observaba siempre el mar con ojos bañados en lágrimas. Una tarde, cuando el sol se ocultaba en el horizonte, creyó sentir entre el viento, la voz de Víctor.
Padre…ya estoy con ella.
El anciano sonrió y regresó a su hogar.
© Verónica Vázquez



