Medea en el Teatro Romano de Cádiz

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Aitana Sánchez-Gijón encarna a Eurípides bajo la luna del Sur


En el corazón arqueológico de Cádiz, allí donde los muros de piedra milenaria aún conservan el eco de las tragedias griegas y los murmullos del mar, se ha representado una de las obras más sobrecogedoras de la literatura universal: Medea, de Eurípides. Lo ha hecho bajo la dirección de Luis Luque y con una actriz de primer orden al frente: Aitana Sánchez-Gijón, que ha ofrecido una interpretación profundamente humana, desgarradora y medida de la legendaria figura trágica.

La representación se enmarca dentro del ciclo Teatros Romanos de Andalucía, un programa impulsado por la Junta de Andalucía que lleva teatro clásico a enclaves arqueológicos como Itálica (Sevilla), Baelo Claudia (Cádiz) o el propio teatro romano gaditano, redescubierto parcialmente en los años 80 y hoy convertido en uno de los espacios escénicos más singulares del litoral andaluz.

En esta ocasión, la Medea de Sánchez-Gijón ha sido recibida con un respeto casi reverencial. La actriz, vestida con un lujoso atuendo de inspiración helenística diseñado por Ana Garay, se movía con paso firme y voz contenida entre las piedras iluminadas por un juego de luces cálido y sobrio. Su personaje, arrancado del mito y devuelto al terreno de lo humano, encarnaba no solo el dolor de la traición y el exilio, sino también la furia lúcida de quien ha sido arrinconada por una estructura patriarcal y cruel.

El montaje, con una escenografía mínima y centrado en el trabajo actoral, subrayó el peso del texto euripídeo en una traducción contemporánea, precisa y sin ornamentos, obra del helenista Carlos García Gual. Acompañaban a Sánchez-Gijón actores solventes como Álex García en el papel de Jasón y Consuelo Trujillo como nodriza, ofreciendo un contrapunto emocional y contenido a la protagonista. El coro femenino, presente en escena como testigo mudo y a veces juez ambiguo, contribuyó a mantener la tensión rítmica de la obra.

El público, compuesto por locales y visitantes atraídos tanto por el reclamo cultural como por la atmósfera del recinto, mantuvo un silencio absoluto durante la representación. El uso del espacio escénico —con las gradas originales y una pasarela central que aprovechaba los restos del proscenio romano— permitió un efecto inmersivo que multiplicaba la resonancia simbólica del texto.

La representación de Medea no solo ha sido un hito teatral, sino también un ejercicio de recuperación viva del patrimonio. En un contexto donde la cultura clásica se relega a menudo a los márgenes de la enseñanza y el debate público, espectáculos como este recuerdan que las grandes preguntas sobre el poder, el amor, la justicia y la venganza siguen latiendo con fuerza en nuestras sociedades.

La tragedia antigua, encarnada con rigor y emoción en el sur peninsular, ha vuelto a resonar —como hace dos mil años— bajo el cielo abierto de Cádiz.

Redacción

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