El pasado 25 de julio falleció en Granada, a los 87 años, el poeta José Gutiérrez-Solana, una de las voces más singulares y silenciosas de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX. Figura alejada de los círculos institucionales y de las promociones literarias al uso, Gutiérrez-Solana cultivó una poesía del exilio interior, cargada de contención, imágenes austeras y un lenguaje que huía deliberadamente de la ornamentación.
Nacido en 1938 en el barrio del Realejo, su infancia estuvo marcada por la posguerra y una formación autodidacta que lo vinculó desde muy joven a las bibliotecas populares y a los círculos de lectura independientes. Aunque estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, nunca ejerció como docente. A lo largo de su vida, desempeñó diversos trabajos editoriales y bibliográficos, lo que le permitió mantenerse alejado de los focos sin abandonar la palabra escrita.
Un poeta de culto redescubierto
José Gutiérrez-Solana publicó su primer libro, Estancias para una ausencia, en 1965, bajo el sello marginal de Cuadernos del Sur. Sin embargo, fue con Tierra cóncava (1979) cuando su voz alcanzó mayor solidez. Este volumen, reeditado en 2015 por la editorial Renacimiento con prólogo de Antonio Jiménez Millán, supuso un redescubrimiento para una nueva generación de lectores y críticos.
En sus poemas, el paso del tiempo, la pérdida, la fugacidad de la luz y el silencio son constantes temáticas. Su estilo se caracteriza por un uso depurado del verso libre, con recursos que remiten a la poesía mística, pero también a una estética cercana a Luis Cernuda y José Ángel Valente, con quien compartió una afinidad ética por la palabra esencial.
Vocación discreta, presencia constante
A pesar de no pertenecer a ninguna generación poética concreta, Gutiérrez-Solana mantuvo una intensa actividad colaborativa en revistas literarias durante las décadas de 1970 y 1980. Fue autor habitual en publicaciones como Claraboya (León), Poesía Hispánica, Papeles de Son Armadans o Cuadernos del Mediodía. Allí publicó textos breves, traducciones de poetas centroeuropeos —especialmente de Georg Trakl y Ingeborg Bachmann— y reflexiones fragmentarias sobre la escritura poética.
Nunca participó en premios literarios ni quiso formar parte de antologías generacionales. Su idea de la poesía como ejercicio ético y espiritual lo mantuvo voluntariamente en los márgenes del mercado editorial. Sin embargo, su obra fue reconocida por figuras como Claudio Rodríguez, Andrés Sánchez Robayna o Aurora Luque, que valoraron su “ascetismo verbal y su capacidad para escuchar el temblor de lo invisible”.
Legado y despedida
José Gutiérrez-Solana deja inéditos varios cuadernos de aforismos y poemas en prosa, actualmente en manos de su sobrina, quien ha anunciado su posible publicación en colaboración con la Fundación Huerta de San Vicente.
Con su muerte, desaparece una voz que, sin alzar nunca el tono, supo recordarnos que la poesía también puede escribirse en los márgenes, sin ruido, como una forma de resistencia íntima.
Redacción



