El origen de la expresión “dar calabazas” —tan habitual en la lengua española para referirse a un rechazo amoroso o académico— se remonta a la rica tradición teatral y costumbrista del Siglo de Oro. En aquellos siglos, la calabaza, además de ser un alimento común, era vista como símbolo de oquedad e inutilidad: al ser hueca por dentro, evocaba la idea de vacío y, por extensión, de inutilidad o desprecio. En la comedia áurea, autores como Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca emplearon la imagen de la calabaza para ridiculizar las pretensiones amorosas de galanes persistentes o estudiantes indolentes.
No es casual que, en el contexto universitario, se dijera también que quien suspendía “se llevaba una calabaza”. La razón es doble: por un lado, en la tradición medieval, la calabaza simbolizaba la esterilidad intelectual; por otro, era costumbre en algunas zonas rurales entregar una calabaza a un pretendiente no deseado, colocándola discretamente en la puerta o regalándosela como señal inequívoca de que su cortejo no prosperaría. La imagen pasó así del ámbito rural al literario, y de ahí al lenguaje común, fijándose en el habla popular hasta nuestros días.
Las comedias de capa y espada se nutrieron de este juego simbólico: el galán rechazado se convierte en blanco de chanzas, y la calabaza aparece como burla material. El ingenio de los dramaturgos transformó un simple fruto en metáfora mordaz del desdén, y su huella quedó grabada para siempre en nuestro léxico cotidiano. Hoy, siglos después, seguimos “dando calabazas” sin recordar que, en su momento, aquel gesto tuvo la fuerza de una escena teatral.
Redacción



