Ojalá mi corazón fuese de piedra – Capítulo 18

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Lo conocía de vista. Aunque había dado por hecho que se trataba de uno de los hombres del alcalde, otro más entre los forasteros que campaban amenazantes por el pueblo imponiendo los mandamientos del régimen a todos los que agachaban la cabeza como bestias de carga y estrellaban su mirada contra el suelo, a los que miraban para otro lado, a los que nunca habían mirado a ningún sitio, o a los que, como su padre, se solazaban en los rigores del nuevo orden, que reconocían como su elemento natural.

Alguna vez se había dado la vuelta al distinguir de lejos su presencia intimidatoria, sus zancadas lentas, su estatura, su sombrero de espantapájaros siniestro. Pero no lo encontraba casi nunca. Llegó a pensar que estaba de paso, que no vivía en el pueblo, que no lo volvería a ver. Lo pensó con alivio: era una amenaza menos de la que preocuparse. Y se olvidó de él.

Hasta aquella mañana de ventisca.

Estaba de mal humor, contrariada por su compañía en la tahona. La tía Sonsoles y la tía Serapia, dos de las cotillas oficiales, dos siamesas vocacionales que solamente se dirigían la palabra si era para despotricar contra algo o contra alguien, se habían refugiado allí huyendo del clima despiadado. De momento se limitaban a recrearse en el accidente del avión, en el jaleo formado por los militares y la obligación contraída por los vecinos de alojarlos en sus casas; pero Sonsoles sabía que en cualquier momento lanzarían las pullas sobre su matrimonio, qué cuándo pensaban tener hijos, si es que pensaban tenerlos, o algún comentario avieso dedicado a las penúltimas andanzas de su padre.

Entonces se abrió la puerta. Soledad sintió un escalofrío y las dos cotorras enmudecieron de repente. Aquel hombre de negro, aquel sombrero que no tardaría en quitarse en un movimiento cadencioso. Después dio las buenas tardes con una voz grave y profunda que resonó en toda la estancia. Al cabo de dos o tres minutos eternos en completo silencio, las dos ancianas murmuraron algo y se marcharon. Soledad lamentó desesperadamente que lo hicieran.

© Ángel Calvo Pose. Todos los derechos reservados.

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