De Murcia a Dublín: la feria del libro como política de ciudad

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Una feria del libro suele juzgarse por sus ventas, sus firmas y la cantidad de personas que recorren las casetas. Son indicadores necesarios, aunque insuficientes para explicar su valor cultural. Comparar Murcia con distintas iniciativas de Dublín permite revisar una idea demasiado cómoda: que organizar una gran cita literaria equivale, por sí mismo, a construir una ciudad lectora.

Hay una escena que parece certificar el éxito: un paseo concurrido, lectores con bolsas y una cola ante un escritor conocido. La imagen expresa algo valioso. El libro gana presencia y las librerías encuentran compradores. El problema comienza cuando esa fotografía se convierte en prueba de todos los beneficios que se atribuyen a la feria. La asistencia acredita capacidad de convocatoria; demostrar que se han ampliado los hábitos lectores exige otras preguntas y un seguimiento posterior.

El tópico tiene una base razonable. Concentrar libros y autores facilita descubrimientos, anima compras y convierte la literatura en una experiencia compartida. También ofrece visibilidad a profesionales cuyo trabajo cotidiano rara vez ocupa el centro de la conversación pública. Pero una celebración multitudinaria puede reunir sobre todo a quienes ya leen. Llegar a nuevos públicos requiere pensar cómo se entra, qué se ofrece y dónde continúa la relación.

La Feria del Libro de Murcia, celebrada del 9 al 18 de octubre de 2026 en el paseo de Alfonso X el Sabio, permite observar esa combinación. La presentación municipal anunció 76 casetas y más de un centenar de actividades, bajo la organización de la Asociación de Creadores y Artistas Palín. Junto a las firmas, el programa incorporó encuentros, coloquios y propuestas infantiles y escolares. Caravaca de la Cruz fue el municipio invitado, en el centenario de Miguel Espinosa. La descripción de una feria dedicada únicamente a vender dejaría fuera una parte sustancial de su propuesta.[1]

La concentración tiene ventajas. Un recorrido reconocible favorece el encuentro casual con libros que no se buscaban. Alguien puede detenerse por curiosidad y acabar escuchando una conversación. La ocupación temporal de un paseo céntrico también formula una decisión municipal: durante unos días, el libro merece un lugar visible en el espacio común.

Esa centralidad plantea, a su vez, una cuestión distributiva. ¿Cómo participa quien vive lejos, trabaja durante los horarios de apertura o encuentra dificultades para desplazarse? No cabe deducir que una feria céntrica excluya necesariamente a esos vecinos. Sí conviene exigir que su alcance territorial se examine, en lugar de darlo por supuesto.

Dublín ofrece varias respuestas, que debemos distinguir para evitar una comparación engañosa. El Dublin Book Festival, previsto del 4 al 8 de noviembre de 2026, anuncia más de 120 actividades. Su red de sedes incluye bibliotecas, instituciones culturales y librerías, con la Royal Irish Academy of Music como núcleo. Combina conversaciones, talleres, recorridos literarios y programación escolar y familiar. Además, nació en 2006 por iniciativa de Publishing Ireland, la asociación del sector editorial: su dimensión cultural convive desde el origen con el apoyo a escritores y editores.[2]

El caso más claro de programación distribuida desde las bibliotecas es otro: el Red Line Book Festival, en el condado de South Dublin, una administración distinta del Ayuntamiento de Dublín. Su edición del 12 al 18 de octubre de 2026 se presenta como una propuesta comisariada por bibliotecarios, con más de cuarenta actividades repartidas entre bibliotecas, teatros y espacios culturales. La jornada familiar enlazó la biblioteca de Tallaght con Parthalán Place y el Civic Theatre.[3]

La diferencia organizativa importa. Una biblioteca puede aportar conocimiento de sus usuarios y relaciones con colegios y asociaciones. Esa posición permite, al menos en principio, preparar lecturas antes del encuentro y prolongarlas después. El festival puede convertirse en un momento de especial intensidad dentro de un trabajo sostenido.

Ahora bien, distribuir actividades tampoco garantiza repartir oportunidades. Una red de sedes necesita coordinación, información comprensible y recursos. Si los encuentros más atractivos se concentran siempre en los mismos lugares, la descentralización será parcial. La gratuidad ayuda, pero no resuelve por sí sola los horarios incompatibles, las barreras de acceso o la impresión de que una actividad está dirigida a otros.

Una tercera iniciativa permite ampliar la comparación. One Dublin One Book es un programa municipal de lectura compartida, distinto del festival de noviembre. En abril de 2026 propuso Christine Falls, de John Banville, como lectura común, acompañada de encuentros y talleres gratuitos. El libro podía obtenerse mediante préstamo bibliotecario y también comprarse en librerías; se ofrecían, además, versiones accesibles.[4]

Aquí el diseño resulta especialmente sugerente: comprar, tomar prestado y conversar forman parte de una misma invitación. La formación lectora necesita oportunidades para interpretar, preguntar y discrepar sobre un texto. Un encuentro puede despertar interés; una lectura preparada y discutida permite trabajar ese interés con mayor profundidad.

Sería injusto convertir esta comparación en una oposición entre una España comercial y una Irlanda cultural. Los programas examinados mezclan funciones. Las ventas sostienen a libreros y editores, y una política pública del libro debe tener en cuenta sus condiciones de trabajo. A la vez, conviene preguntarse si el coste y las condiciones de participación permiten presencia suficiente de librerías pequeñas y catálogos diversos. La variedad de casetas no demuestra, por sí sola, diversidad editorial.

La evaluación debería reconocer esas funciones y medirlas con herramientas adecuadas. Las ventas interesan como resultado económico. Para valorar la participación cultural haría falta conocer la procedencia de los asistentes, distinguir visitas de personas y estudiar cuántos participantes se acercan por primera vez a estas actividades. También sería útil observar la continuidad de clubes, préstamos y colaboraciones escolares, sin atribuir automáticamente cualquier cambio a la feria.

Contar asistentes resulta más sencillo que investigar relaciones duraderas. También produce titulares inmediatos. Sin embargo, cuando intervienen recursos públicos, la memoria de una edición debería explicar sus objetivos, sus costes y las limitaciones de sus datos. Reconocer lo que todavía no puede demostrarse mejora la conversación sobre el dinero destinado a cultura.

De Murcia a Dublín, la pregunta más fértil es cómo se conectan venta, conversación, aprendizaje y territorio. Cada ciudad puede combinar una cita central con actividades próximas a los barrios, respetando sus recursos y sus instituciones. La prueba llegará cuando se retiren las casetas: un lector que vuelve a la librería, un grupo que sigue reuniéndose o una biblioteca que recibe a quienes antes pasaban de largo. Ahí empieza a verse qué ciudad ha ayudado a construir la feria.

© BEATRIZ CASO – Punto y Seguido 

Fuentes

[1] Ayuntamiento de Murcia, presentación de la Feria del Libro, 17 de septiembre de 2026: https://web.murcia.es/noticia/el-paseo-de-alfonso-x-acoge-la-feria-del-libro-de-murcia-con-julia-navarro-y-maximo-huerta

[2] Dublin Book Festival, información institucional y programa de 2026: https://dublinbookfestival.com/about-dublin-book-festival/ ; https://dublinbookfestival.com/dublin-book-festival-2026-programme-revealed/

[3] Red Line Book Festival, programa de 2026: https://redlinefestival.ie/

[4] Dublin City Council, presentación de One Dublin One Book 2026, 3 de febrero de 2026: https://www.dublincity.ie/library/blog/one-dublin-one-book-2026-programme-launched