Bajo el cielo infernal, de Alicia Giménez Bartlett

Petra Delicado afronta una muerte ajena mientras intenta convivir con la propia

La inspectora Petra Delicado llega a esta nueva investigación después de perder a su marido. El caso la lleva a La Mina, donde ha aparecido asesinado un jesuita dedicado a ayudar a jóvenes en dificultades. El cruce de ambas circunstancias plantea una pregunta más fértil que la habitual búsqueda del culpable: ¿cómo se sostiene la mirada profesional sobre el dolor de otros cuando el propio todavía desordena la vida? En esa tensión podría encontrarse la clave crítica de Bajo el cielo infernal.

La primera noticia sobre la víctima parece ofrecer una historia reconocible: un religioso comprometido con quienes viven en un barrio estigmatizado muere de forma violenta. La autopsia introduce la primera resistencia a esa lectura. El sacerdote era alcohólico. El dato no desmiente su trabajo ni explica el crimen; obliga, más bien, a abandonar la comodidad de una figura ejemplar sin fisuras. También recuerda que una investigación policial comienza a menudo donde termina el relato público de una persona. La conmoción colectiva pertenece a la imagen del jesuita; Petra y Garzón deben indagar en una existencia menos sencilla de clasificar.

Esa distancia entre reputación y conocimiento forma parte de la tradición de la novela negra, pero aquí adquiere un relieve particular por el lugar escogido. La Mina no es una superficie neutra sobre la que disponer sospechosos. Nombrar un barrio asociado desde hace décadas a la conflictividad puede orientar de inmediato las expectativas del lector: si el crimen ocurre allí, parece fácil imaginar de dónde vendrá la violencia. Las primeras sospechas sobre los jóvenes que frecuentaban el centro parroquial refuerzan esa inercia. La cuestión decisiva será si la novela la somete a examen o si acaba utilizando el barrio como una abreviatura de peligro.

© MARCOS GÓMEZ-PUERTAS – Punto y Seguido