Pan, educación, libertad, de Petros Márkaris [8]

El crimen como ajuste de cuentas con la democracia griega

Pan, educación, libertad examina la degradación de los ideales de la Politécnica a través de una Atenas empobrecida y un Kostas Jaritos obligado a investigar también la responsabilidad de su generación.

En Pan, educación, libertad, Petros Márkaris no se limita a convertir la crisis económica griega en escenario de una investigación policial. La quiebra del país le permite formular una pregunta mucho más incómoda: ¿qué hicieron con la democracia quienes combatieron por conquistarla? El asesinato de varios antiguos participantes en la revuelta de la Politécnica conduce a Kostas Jaritos hacia una generación que transformó su prestigio político en influencia, negocios y redes clientelares.

La novela apareció originalmente en Grecia en 2012 y fue publicada en España al año siguiente. Márkaris sitúa la acción el 1 de enero de 2014, en un futuro entonces inmediato: Grecia se ha declarado en bancarrota, ha abandonado el euro y ha recuperado el dracma. España ha seguido el mismo camino y vuelve a la peseta. Los funcionarios griegos, incluido Jaritos, dejarán de cobrar durante tres meses. No se trata de una distopía construida mediante grandes catástrofes, sino de una prolongación verosímil de los temores que recorrían la sociedad europea. La amenaza se concreta en pequeños hechos: falta dinero para llenar el depósito, las plantillas policiales se reducen, los comercios se paralizan y las familias reorganizan sus gastos. La crisis deja de ser una estadística macroeconómica para convertirse en una experiencia doméstica.

Con esta novela, Márkaris cerraba inicialmente la llamada «Trilogía de la Crisis», iniciada con Con el agua al cuello y continuada con Liquidación final. El ciclo acabaría incorporando un epílogo, Hasta aquí hemos llegado. En las tres primeras entregas, el escritor examina sucesivamente la responsabilidad de la banca, el fraude fiscal y las élites políticas, empresariales, sindicales y universitarias.

El primer cadáver es el de un contratista enriquecido que, cuando era estudiante, participó en la revuelta de la Universidad Politécnica de Atenas de noviembre de 1973. Junto al cuerpo, un teléfono reproduce el lema «Pan, educación, libertad», la consigna que condensó las aspiraciones de quienes se enfrentaron a la dictadura de los Coroneles. El hallazgo convierte el asesinato en una declaración política. Sin embargo, Márkaris evita que el culpable pueda reducirse a un simple nostálgico de la dictadura o a un militante de extrema derecha. La investigación conduce hacia antiguos resistentes que, después de la restauración democrática, ocuparon posiciones privilegiadas y utilizaron su pasado como una forma de legitimidad permanente.

El objetivo crítico no es la rebelión de 1973, sino la apropiación posterior de su memoria. El heroísmo juvenil habría funcionado para algunos como salvoconducto moral: una credencial que les permitió presentarse durante décadas como guardianes de la democracia mientras participaban en el reparto de favores, contratos y cargos. La novela convierte así el crimen en un ajuste de cuentas entre generaciones. El propio Márkaris explicó que escribir sobre la crisis significaba investigar las razones que habían llevado al país al desastre. También reconoció su voluntad de no dividir a los personajes entre culpables absolutos e inocentes intachables: la generación de la Politécnica debía responder por sus errores, pero también había sufrido derrotas, renuncias y frustraciones. Esa ambivalencia impide que la novela se convierta por completo en un alegato acusatorio. (Entrevista en Página/12)

Kostas Jaritos ocupa una posición especialmente adecuada para observar esta degradación. Es funcionario, padre de familia y policía formado durante la dictadura. Su pasado institucional no está limpio de ambigüedades, pero precisamente por eso desconfía de quienes se atribuyen una superioridad moral incontestable. Su mirada es seca, pragmática y a menudo malhumorada. No teoriza sobre economía: calcula cuánto combustible puede gastar. Tampoco contempla la descomposición del Estado desde fuera, porque forma parte de una administración desbordada. La reducción de su equipo y la escasez de medios afectan directamente a la investigación. El procedimiento policial reproduce, en pequeña escala, el deterioro del país.

Frente a esta precariedad, la familia mantiene su función esencial dentro de la serie. Adrianí, Katerina y los allegados de Jaritos no constituyen un simple descanso entre interrogatorios. Alrededor de la mesa se comprueba cómo la sociedad responde al hundimiento: compartiendo alimentos, improvisando soluciones y protegiendo a quienes han quedado desamparados. La solidaridad cotidiana actúa como réplica moral a las redes de intereses construidas desde el poder.

Márkaris utiliza una prosa directa, diálogos rápidos y capítulos breves. La primera persona de Jaritos limita la información disponible y permite que el lector avance junto al investigador. El suspense depende menos de la espectacularidad de los asesinatos que de las conexiones entre las víctimas y de la gradual reconstrucción de sus trayectorias. Atenas vuelve a ser un personaje decisivo. Sus calles, manifestaciones, atascos y barrios muestran una ciudad sometida a una tensión constante. En esta ocasión, incluso los desplazamientos del comisario adquieren significado: cuando la gasolina se convierte en un lujo, recorrer la ciudad deja de ser una rutina policial y pasa a expresar la parálisis colectiva.

La principal limitación procede de la misma voluntad analítica que distingue al libro. Algunos personajes aparecen demasiado vinculados a la función que cumplen dentro de la tesis: empresario, sindicalista o universitario pueden parecer, por momentos, representantes de un sector antes que individuos plenamente desarrollados. Del mismo modo, ciertos diálogos explican con excesiva claridad las causas de la crisis. La novela pierde entonces sutileza, aunque conserva su capacidad para ordenar responsabilidades sin caer en la complacencia.

Pan, educación, libertad ocupa un lugar importante dentro de la serie porque amplía el alcance de la investigación criminal. Jaritos no solo busca a quien mata; debe averiguar cómo una sociedad que conquistó la democracia terminó tolerando la corrupción, el clientelismo y la exclusión. El lema de 1973 conserva su vigencia, pero ha cambiado de interlocutor. Ya no se dirige únicamente contra una dictadura reconocible, sino contra una democracia incapaz de garantizar condiciones materiales dignas. Márkaris no equipara ambos regímenes: señala que la libertad política se debilita cuando el pan escasea, la educación se degrada y las instituciones pierden credibilidad.

Para quien aún no conozca a Kostas Jaritos, resulta preferible comenzar con Noticias de la noche, donde se establecen el carácter del comisario y su relación con Atenas. Con el agua al cuello abre la mejor vía para adentrarse en la crisis económica, mientras que Pan, educación, libertad ofrece la lectura más política del ciclo: una novela sobre el modo en que los ideales pueden convertirse en patrimonio privado de quienes un día los defendieron.

Fuentes consultadas

MARCOS GÓMEZ PUERTAS – Punto y Seguido