El mal siempre encuentra una coartada
Las buenas intenciones, de Víctor del Árbol, cierra la Trilogía del Sicario sin nombre convirtiendo el crimen en una indagación sobre la culpa, la verdad y las justificaciones con que el poder procura absolverse
Víctor del Árbol no escribe sobre la oposición tranquilizadora entre el bien y el mal, sino sobre el espacio turbio en el que las personas aprenden a convivir con aquello que han hecho. En Las buenas intenciones, el delito importa menos que el relato construido para justificarlo. El cierre de la trilogía conserva la tensión del género negro, pero desplaza su centro hacia una pregunta más incómoda: ¿qué queda de nosotros cuando ya no podemos seguir creyendo en nuestras propias excusas?
Hay títulos que anuncian el contenido de una novela y otros que actúan contra él. Las buenas intenciones pertenece al segundo grupo. La expresión no designa aquí una virtud, sino una coartada: el discurso con que el corrupto, el criminal, el empresario o el servidor del Estado intentan persuadirse de que el daño causado respondía a un propósito aceptable. Nadie quiere reconocerse como agente del mal. Todos prefieren atribuirse una necesidad, una causa superior, una obligación o, en último término, la elección del mal menor.
La ironía del título sostiene la arquitectura ética de la novela. Víctor del Árbol no se limita a mostrar personajes que mienten a los demás; le interesa, sobre todo, la capacidad humana para mentirse a uno mismo. El autor ha explicado que su intención era cuestionar precisamente esa invocación de un bien mayor que permitiría aceptar males supuestamente inevitables. La novela convierte esa idea en materia narrativa: no la expone como una lección, sino que somete a los personajes a decisiones en las que cualquier salida deja una mancha. El 21 de enero de 2026, Destino publicó esta tercera entrega, de 400 páginas, que completa el ciclo iniciado con Nadie en esta tierra y continuado por El tiempo de las fieras. La ficha editorial confirma la composición y los datos de la trilogía.
El sicario sin nombre ha sido, a lo largo de las tres novelas, una presencia más inquietante que enigmática. Su anonimato no funciona únicamente como un recurso de suspense. Es la forma externa de una identidad despojada de pertenencias y vínculos: un hombre reducido a su oficio, capaz de observar a los demás desde la superioridad fría de quien decide, ejecuta y desaparece. En Las buenas intenciones, esa posición se invierte. El personaje que controlaba las situaciones despierta encerrado en un sótano, privado de luz, de referencias temporales y de capacidad de movimiento. Su cuerpo, antes instrumento de dominio, se convierte en la medida de su fragilidad. La oscuridad, el goteo de una tubería, los pasos tras una puerta o el recipiente que sus carceleros retiran a intervalos son los únicos datos con que puede reconstruir la realidad.
El encierro posee una función narrativa inmediata —abre una incógnita y activa la tensión—, pero también completa el arco del personaje. El sicario ha vivido convencido de que el miedo puede controlarse mediante el cálculo. Ahora debe reconocer que el cuerpo sabe antes que la inteligencia cuándo se encuentra indefenso. Víctor del Árbol desplaza así el interés desde la destreza profesional hacia la conciencia del daño: no pretende averiguar únicamente si el personaje escapará, sino qué descubre sobre sí mismo mientras carece del poder que lo protegía. La primera persona acentúa esa inversión. La voz conserva su sequedad, su inteligencia táctica y su humor sombrío, pero la seguridad se agrieta. El monólogo ya no procede del hombre que estudia a una víctima, sino del cautivo obligado a interpretarse a sí mismo. La ausencia de nombre adquiere entonces otro significado: quien ha borrado su identidad para sobrevivir puede descubrir que también ha borrado los lugares interiores a los que regresar. Este movimiento distingue la novela de tantos relatos de asesinos profesionales construidos alrededor de la fascinación por la eficacia. Victor no embellece la violencia mediante una sucesión de habilidades excepcionales. Le interesa desmontar la fantasía de la invulnerabilidad. El sicario continúa siendo peligroso, pero deja de parecer inhumano; y esa recuperación de la humanidad no equivale a una absolución. Comprender su miedo no obliga a perdonarlo.
Frente al sicario aparece Clara Fité, periodista que intenta rehacer su vida en Barcelona y termina investigando la desaparición de dos niños ocurrida en 1992. El contraste entre ambos constituye uno de los hallazgos más fértiles del libro. Él ha sobrevivido gracias al secreto; ella necesita averiguar lo que otros han ocultado. Él conoce el precio práctico de la verdad; ella se empeña en creer que, pese a todo, conocerla todavía sirve para algo. Clara no ocupa la posición convencional de la investigadora inmune a aquello que descubre. Avanza desde sus propias heridas, asume riesgos discutibles y mezcla la voluntad profesional con una necesidad íntima de ordenar el mundo. Su búsqueda no procede de la ingenuidad, sino de una forma obstinada de decencia. Del Árbol ha señalado que el personaje representa al periodismo de investigación que continúa creyendo en la verdad y funciona como contrapunto del sicario, del mismo modo que Julián Leal y Soria cumplieron esa función en las entregas anteriores. Así lo explicó el autor en una entrevista con Qué Leer. La relación entre ambos evita la simetría demasiado limpia. No estamos ante la periodista moralmente íntegra enfrentada a un asesino nihilista, sino ante dos personajes atraídos y repelidos por aquello que el otro representa. Clara percibe en él una verdad que no puede convertir fácilmente en información; el sicario reconoce en ella una fe que considera imprudente, aunque quizá también envidiable. Entre ambos circulan la desconfianza, el deseo y la posibilidad imposible de una vida distinta. El cuaderno robado que pone en marcha la investigación actúa como objeto material de la memoria. Frente a las criptomonedas, el blanqueo de capitales y los mecanismos contemporáneos para volver invisible el dinero, Del Árbol sitúa algo tan elemental como unas páginas escritas. El dinero desaparece en circuitos abstractos; la culpa, en cambio, permanece anotada. La novela contrapone así dos archivos: el financiero, concebido para ocultar responsabilidades, y el humano, en el que nombres, recuerdos y pérdidas continúan reclamando una explicación.
Las buenas intenciones alterna perspectivas, tiempos y líneas narrativas. El encierro del sicario funciona como presente de máxima presión, mientras la investigación de Clara abre el relato hacia 1992 y hacia las ramificaciones económicas y políticas del caso. La estructura fragmentada no busca solamente administrar información. Reproduce una realidad en la que ningún hecho aparece completo ante una sola mirada. Los saltos temporales exigen atención, pero evitan que el pasado quede reducido a antecedente explicativo. Lo ocurrido décadas atrás no ha terminado: continúa produciendo dinero, silencio, miedo y violencia. En sus novelas, el pasado rara vez regresa como recuerdo pasivo; actúa como una deuda que ha seguido acumulando intereses. Maneja con oficio la convergencia de las tramas. Las piezas terminan encontrando su lugar sin que el lector tenga la impresión de asistir a una sucesión arbitraria de sorpresas. Hay planificación, correspondencias y una calculada dosificación de la información. El propio autor reconoce que considera la trama una estructura necesaria —casi un señuelo— para conducir al lector hacia la experiencia interior de los personajes. Esa concepción explica por qué el suspense no descansa exclusivamente en descubrir quién hizo qué, sino en comprobar qué decisión tomará cada personaje cuando comprenda el alcance de lo sucedido. El ritmo alterna escenas breves, momentos de amenaza y pausas reflexivas. La prosa es directa cuando describe acciones o espacios, pero tiende al aforismo cuando aborda la culpa, el miedo o la verdad. En sus mejores pasajes, esa densidad proporciona al relato una gravedad que no interrumpe la tensión. En otros, el deseo de subrayar el significado moral de lo narrado puede resultar excesivo. Confía en la inteligencia del lector, aunque no siempre resiste la tentación de formular explícitamente aquello que la situación ya ha mostrado. Esta propensión a la intensidad constituye tanto una marca personal como uno de los límites de su escritura. Los personajes viven cerca del extremo, el pasado nunca es leve y cada decisión parece arrastrar generaciones de dolor. La acumulación puede disminuir el efecto de algunos golpes: cuando todo posee la máxima gravedad, se reduce el espacio para los contrastes. Sin embargo, en esta novela el autor contiene mejor que en otros títulos esa tendencia. La corrupción urbanística, los secretos eclesiásticos, las estructuras estatales, el crimen organizado y las criptomonedas podrían haber formado un inventario abrumador de males contemporáneos; la narración consigue integrarlos, en general, dentro del conflicto humano. También la crítica de El País destacó el equilibrio con que la novela incorpora esos asuntos y el modo en que los distintos planos temporales terminan reuniéndose. Puede consultarse la valoración completa aquí.
El verdadero asunto de Las buenas intenciones no es la redención, al menos si entendemos redimir como borrar el daño mediante un último gesto justo. La novela resulta más rigurosa: actuar correctamente al final no convierte en inocente a quien ha vivido causando sufrimiento. Puede restituir una parte de lo perdido, impedir un mal nuevo o aceptar por fin la propia responsabilidad, pero no reescribe el pasado. Esta negativa al consuelo fácil enlaza la trilogía con preocupaciones presentes en La tristeza del samurái, Un millón de gotas, Respirar por la herida o El hijo del padre. Del Árbol ha construido buena parte de su obra sobre la transmisión de la culpa, las lealtades familiares destructivas y las consecuencias íntimas de la violencia histórica. La diferencia es que, en el ciclo del sicario, adopta de manera más deliberada los mecanismos del género negro: investigación, corrupción, persecución, organizaciones criminales y figuras policiales. No abandona sus temas anteriores; los somete a una maquinaria narrativa más tensa.
Como novela independiente, Las buenas intenciones ofrece un conflicto comprensible y una arquitectura propia. No obstante, su verdadera densidad depende de las dos entregas anteriores. El lector recién llegado entenderá los acontecimientos, pero perderá parte del peso acumulado en las transformaciones de Soria, Virginia, Clara y el propio sicario. El libro puede leerse solo; emocionalmente, se completa dentro del tríptico. El resultado es un cierre firme, oscuro y coherente con su trayectoria. Su mayor logro no reside en resolver las cuentas pendientes, sino en negar a sus personajes la comodidad de una explicación que los absuelva. El mal rara vez se presenta reconociéndose como tal. Suele hablar en nombre del orden, de la obediencia, de la prosperidad o de la seguridad. Siempre dispone de una razón razonable.
Las buenas intenciones obliga a mirar qué sucede cuando esa razón se derrumba. Entonces ya no importa tanto quiénes creíamos ser, sino qué hacemos al quedarnos sin coartadas.
Literatura al servicio de una auténtica novela negra.
Para mi, siempre es un placer leer a Víctor del Árbol. Gracias
© Anxo do Rego para «VENTANA DE ENSAYO CRÍTICO»
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