—Por vida suya, abuela, que no diga mas, que lleva término de alegar tantas leyes en favor de quedarse con el dinero, que agote las de los emperadores: quédese con ellos, y buen provecho le hagan, y plega á Dios que los entierre en sepultura donde jamas tornen á ver la claridad del sol, ni haya necesidad que le vean: á estas nuestras compañeras será forzoso darles algo, que ha mucho que nos esperan, y ya deben estar enfadadas.
—Así verán ellas, replicó la vieja, moneda destas, como ven al turco agora: ese buen señor verá si le ha quedado alguna moneda de plata, ó cuartos, y los repartirá entre ellas, que con poco quedarán contentas.
—Sí traigo, dijo el galan.
Y sacó de la faldriquera tres reales de á ocho, que repartió entre las tres jitanillas, con que quedaron mas alegres y mas satisfechas, que suele quedar un autor de comedias cuando en competencia de otro le suelen retular por las esquinas, victor, victor.
En resolucion concertaron, como se ha dicho, la venida de allí á ocho dias, y que se habia de llamar cuando fuese jitano Andres Caballero, porque tambien habia jitanos entre ellos deste apellido.
No tuvo atrevimiento Andres, que así le llamaremos de aquí adelante, de abrazar á Preciosa, ántes enviándole con la vista el alma, sin ella, si así decirse puede,p. 15 las dejó, y se entró en Madrid, y ellas contentísimas hicieron lo mismo. Preciosa, algo aficionada, mas con benevolencia que con amor, de la gallarda disposicion de Andres, ya deseaba informarse si era el que habia dicho: entró en Madrid, y á pocas calles andadas encontró con el paje poeta de las coplas y el escudo: y cuando él la vió, se llegó á ella diciendo:
—Vengas en buen hora, Preciosa; ¿leiste por ventura las coplas que te di el otro dia?
Á lo que Preciosa respondió:
—Primero que le responda palabra, me ha de decir una verdad, por vida de lo que mas quiere.
—Conjuro es ese, respondió el paje, que aunque el decirla me costase la vida, no la negaré en ninguna manera.
—Pues la verdad que quiero que me diga, dijo Preciosa, es, si por ventura es poeta.
—Á serlo, replicó el paje, forzosamente habia de ser por ventura; pero has de saber, Preciosa, que ese nombre de poeta muy pocos le merecen, y así yo no lo soy, sino un aficionado á la poesía: y para lo que he menester, no voy á pedir ni buscar versos ajenos: los que te di son mios, y estos que te doy agora tambien, mas no por esto soy poeta, ni Dios lo quiera.
—¿Tan malo es ser poeta? replicó Preciosa.
—No es malo, dijo el paje; pero el ser poeta á solas no lo tengo por muy bueno: hase de usar de la poesía, como de una joya preciosísima, cuyo dueño no la trae cada dia, ni la muestra á todas gentes, ni á cada paso, sino cuando convenga y sea razon que la muestre: la poesía es una bellísima doncella, casta, honesta, discreta, aguda, retirada, y que se contiene en los límites de la discrecion mas alta: es amiga de la soledad, las fuentes la entretienen, los prados la consuelan, los árboles la desenojan, las flores la alegran; y finalmente, deleita y enseña á cuantos con ella comunican.
—Con todo eso, respondió Preciosa, he oido decir que es pobrísima, y que tiene algo de mendiga.
—Antes es al reves, dijo el paje, porque no hay poeta que no sea rico, pues todos viven contentos con su estado: filosofía que alcanzan pocos. Pero ¿qué te ha movido, Preciosa, á hacer esta pregunta?
—Hame movido, respondió Preciosa, porque como yo tengo á todos, ó los mas poetas por pobres, causóme maravilla aquel escudo de oro, que me distes entre vuestros versos envuelto: mas agora que sé que no sois poeta, sino aficionado de la poesía, podria ser que fuésedes rico, aunque lo dudo, á causa de que por aquella parte que os toca de hacer coplas, se ha de desaguar cuanta hacienda tuviéredes; que no hay poeta, segun dicen, que sepa conservar la hacienda que tiene, ni granjear la que no tiene.
—Pues yo no soy desos, replicó el paje; versos hago, y no soy rico, ni pobre: y sin sentirlo ni descontarlo, como hacen los jinoveses sus convites, bien puedo dar un escudo, y dos á quien yo quisiere: tomad, Preciosa perla, este segundo papel, y estep. 16 escudo segundo que va en él, sin que os pongais á pensar si soy poeta, ó no: solo quiero que penseis y creais que quien os da esto, quisiera tener para daros las riquezas de Midas.
Y en esto le dió un papel, y tentándole Preciosa halló que dentro venia el escudo, y dijo:
—Este papel ha de vivir muchos años, porque trae dos almas consigo; una la del escudo, y otra la de los versos, que siempre vienen llenos de almas y de corazones; pero sepa el señor paje que no quiero tantas almas conmigo, y si no saca la una, no haya miedo que reciba la otra: por poeta le quiero, y no por dadivoso, y desta manera tendremos amistad que dure; pues mas aina puede faltar un escudo por fuerte que sea, que la hechura de un romance.
—Pues así es, replicó el paje, que quieres, Preciosa, que yo sea pobre por fuerza, no deseches el alma que en ese papel te envío, y vuélveme el escudo, que como le toques con la mano, le tendré por reliquia miéntras la vida me durare.
Sacó Preciosa el escudo del papel, y quedóse con el papel, y no le quiso leer en la calle. El paje se despidió y se fué contentísimo, creyendo que ya Preciosa quedaba rendida, pues con tanta afabilidad le habia hablado.
Y como ella llevaba puesta la mira en buscar la casa del padre de Andres, sin querer detenerse á bailar en ninguna parte, en poco espacio se puso en la calle do estaba, que ella muy bien sabia: y habiendo andado hasta la mitad, alzó los ojos á unos balcones de hierro dorados, que le habian dado por señas, y vió en ella á un caballero de hasta edad de cincuenta años, con un hábito de cruz colorada en los pechos, de venerable gravedad y presencia; el cual apénas tambien hubo visto la Jitanilla, cuando dijo:
—Subid, niñas, que aquí os darán limosna.
Á esta voz acudieron al balcon otros tres caballeros, y entre ellos vino el enamorado Andres, que cuando vió á Preciosa perdió la color, y estuvo á punto de perder los sentidos: tanto fué el sobresalto que recibió con su vista. Subieron las jitanillas todas, sino la grande que se quedó abajo para informarse de los criados de las verdades de Andres.
Al entrar las jitanillas en la sala, estaba diciendo el caballero anciano á los demas:
—Esta debe de ser sin duda la Jitanilla hermosa, que dicen que anda por Madrid.
—Ella es, replicó Andres, y sin duda es la mas hermosa criatura que se ha visto.
—Así lo dicen, dijo Preciosa (que lo oyó todo en entrando); pero en verdad que se deben de engañar en la mitad del justo precio: bonita, bien creo que lo soy, pero tan hermosa como dicen, ni por pienso.
—Por vida de D. Juanico mi hijo, dijo el anciano, que aun sois mas hermosa de lo que dicen, linda jitana.
—Y ¿quién es D. Juanico su hijo? preguntó Preciosa.
—Ese galan que está á vuestro lado, respondió el caballero.
—En verdad que pensé, dijo Preciosa, que juraba vuesa mercedp. 17 por algun niño de dos años: mirad qué D. Juanico, y qué brinco. Á mi verdad que pudiera ya estar casado, y que segun tiene unas rayas en la frente, no pasarán tres años sin que lo esté, y muy á su gusto, si es que desde aquí allá no se le pierde, ó se le trueca.
—Basta, dijo uno de los presentes: ¿qué sabe la Jitanilla de rayas?
En esto las jitanillas que iban con Preciosa, todas tres se arrimaron á un rincon de la sala, y cosiéndose las bocas unas con otras, se juntaron por no ser oidas.
Dijo la Cristina:
—Muchachas, este es el caballero que nos dió esta mañana los tres reales de á ocho.
—Así es la verdad, respondieron ellas; pero no se lo mentemos, ni le digamos nada si él no nos lo mienta: ¿qué sabemos si quiere encubrirse?
En tanto que esto entre las tres pasaba, respondió Preciosa á lo de las rayas:
—Lo que veo con los ojos, con el dedo lo adevino: yo sé del señor D. Juanico, sin rayas, que es algo enamoradizo, impetuoso y acelerado, y gran prometedor de cosas que parecen imposibles; y plegue á Dios que no sea mentirosito, que seria lo peor de todo: un viaje ha de hacer agora muy léjos de aquí, y uno piensa el bayo, y otro el que le ensilla: el hombre pone, y Dios dispone: quizá pensará que va á Oñez, y dará en Gamboa.
Á esto respondió D. Juan:
—En verdad, jitanica, que has acertado en muchas cosas de mi condicion; pero en lo de ser mentiroso vas muy fuera de la verdad, porque me precio de decirla en todo acontecimiento: en lo del viaje largo has acertado, pues sin duda siendo Dios servido, dentro de cuatro ó cinco dias me partiré á Flándes, aunque tú me amenazas que he de torcer el camino y no querria que en él me sucediese algun desman que lo estorbase.
—Calle, señorito, respondió Preciosa, y encomiéndese á Dios, que todo se hará bien; y sepa que yo no sé nada de lo que digo; y no es maravilla, que como hablo mucho y á bulto, acierte en alguna cosa, y yo querria acertar en persuadirte á que no te partieses, sino que sosegases el pecho, y te estuvieses con tus padres para darles buena vejez, porque no estoy bien con estas idas y venidas á Flándes, principalmente los mozos de tan tierna edad como la tuya: déjate crecer un poco para que puedas llevar los trabajos de la guerra, cuanto mas que harta guerra tienes en tu casa, hartos combates amorosos te sobresaltan el pecho: sosiega, sosiega, alborotadito, y mira lo que haces primero que te cases, y dános una limosnita por Dios, y por quien tú eres; que en verdad que creo que eres bien nacido; y si á esto se junta el ser verdadero, yo cantaré la gala al vencimiento de haber acertado en cuanto te he dicho.
—Otra vez te he dicho, niña, respondió el D. Juan, que habia de ser Andres Caballero, que en todo aciertas, sino en el temor que tienes, que no debo de ser muy verdadero, que en esto tep. 18 engañas sin alguna duda: la palabra que yo doy en el campo, la cumpliré en la ciudad, y adonde quiera, sin serme pedida; pues no se puede preciar de caballero quien toca en el vicio de mentiroso: mi padre te dará limosna por Dios y por mí, que en verdad que esta mañana di cuanto tenia á unas damas, que á ser tan lisonjeras como hermosas, especialmente una dellas, no me arriendo la ganancia.
Oyendo esto Cristina, con el recato de la otra vez, dijo á las demas jitanas:
—¡Ay, niñas! que me maten si no lo dice por los tres reales de á ocho que nos dió esta mañana.
—No es así, respondió una de las dos, porque dijo que eran damas, y nosotras no lo somos: y siendo él tan verdadero como dice, no habia de mentir en esto.
—No es mentira de tanta consideracion, respondió Cristina, la que se dice sin perjuicio de nadie y en provecho y crédito del que la dice; pero con todo esto, veo no nos da nada, ni nos manda bailar.
Subió en esto la jitana vieja, y dijo:
—Nieta, acaba, que es tarde, y hay mucho que hacer y mas que decir.
—Y ¿qué hay, abuela, preguntó Preciosa, hay hijo ó hija?
—Hijo, y muy lindo, respondió la vieja: ven, Preciosa, y oirás verdaderas maravillas.
—Plega á Dios que no muera de sobreparto, dijo Preciosa.
—Todo se mirará muy bien, replicó la vieja, cuanto mas que hasta aquí todo ha sido parto derecho, y el infante es como un oro.
—¿Ha parido alguna señora? preguntó el padre de Andres Caballero:
—Sí, señor, respondió la jitana; pero ha sido el parto tan secreto, que le sabe sino Preciosa, y yo, y otra persona; y así no podemos decir quién es.
—Ni aquí queremos saber, dijo uno de los presentes; pero desdichada de aquella que en vuestras lenguas deposita su secreto y en vuestra ayuda pone su honra.
—No todas somos malas, respondió Preciosa: quizá hay alguna entre nosotras que se precia de secreta, y de verdadera, tanto cuanto el hombre mas estirado que hay en esta sala: y vámonos, abuela, que aquí nos tienen en poco; pues en verdad que no somos ladronas, ni rogamos á nadie.
—No os enojeis, Preciosa, dijo el padre, que á lo ménos de vos imagino que no se puede presumir cosa mala; que vuestro buen rostro os acredita y sale por fiador de vuestras buenas obras: por vida de Preciosita, que baileis un poco con vuestras compañeras, que aquí tengo un doblon de oro de á dos caras, que ninguna es como la vuestra, aunque son de dos reyes.
Apénas hubo oido esto la vieja, cuando dijo:
—Ea, niñas, haldas en cinta, y dad contento á estos señores.
Tomó las sonajas Preciosa, y dieron sus vueltas, hicieron y deshicieron todos sus lazos con tanto donaire y desenvoltura, que tras los piés se llevaban los ojos de cuantos las miraban, especialmente los de Andres, que así se iban entre los piés de Preciosa, como si allí tuvieran el centro de su gloria; perop. 19 turbósela la suerte de manera que se la volvió en infierno; y fué el caso que en la fuga del baile se le cayó á Preciosa el papel que le habia dado el paje, y apénas hubo caido cuando le alzó el que no tenia buen concepto de las jitanas, y abriéndole al punto dijo:
—Bueno, sonetico tenemos, cese el baile, y escúchenle, que segun el primer verso, en verdad que no es nada necio.
Pesóle á Preciosa, por no saber lo que en él venia, y rogó que no le leyesen y que se le volviesen, y todo el ahinco que en esto ponia, eran espuelas que apremiaban el deseo de Andres para oirle. Finalmente, el caballero le leyó en alta voz, y era este:
Cuando Preciosa el panderete toca,
Y hiere el dulce son los aires vanos,
Perlas son que derrama con las manos,
Flores son que despide de la boca:
Suspensa el alma, y la cordura loca
Queda á los dulces actos sobrehumanos,
Que de limpios, de honestos y de sanos
Su fama al cielo levantado toca.
Colgadas del menor de sus cabellos
Mil almas lleva, y á sus plantas tiene
Amor rendidas una y otra flecha:
Ciega, y alumbra con sus soles bellos,
Su imperio amor por ellos le mantiene,
Y aun mas grandezas de su ser sospecha.
[19]
PUNTO Y SEGUIDO -Roberto Fernández



