Angela era una chica agraciada, simpática, con unos ojos vivos y chispeantes, y su cara alegre y expresiva. Tenía un trabajo discreto bastante adecuado, a pesar de su problema físico: una pierna más corta que otra. Llevaba un aparato ortopédico y, aunque estaba acostumbrada a ello, la deprimía en algunas ocasiones, e incluso, llegó a pensar que no se casó por ese defecto ya que un chico, al que parecía gustarle, la dejó por ser cojita.
Sin embargo, la muchacha tenía unos amigos que le hablaron de un señor viudo muy majo, Carlos, amigo de ellos. Le propusieron que lo conociera, pero se negó varias veces.
Un día dijo: “¡vaya! Voy a conocerle”.
Quedaron en la estación. Por los rasgos físicos que sabían de cada uno y la situación, se encontraron en la cafetería y, tras las presentaciones, tomaron un café, sentados en una de las mesas libres del local mientras conversaban animadamente.
La noche anterior a la cita, ella estuvo dando vueltas a la cabeza y se hizo un montón de preguntas del tipo: ¿cómo sería él? ¿tendría conversaciones? ¿o se despedirían para siempre ese mismo día? Las respuestas, en el esperado encuentro.
Hablaron, se cayeron bien y quedaron en volverse a ver. Debieron caerse muy bien porque al poco eran novios y unos años después se casaron.
En la actualidad, viven felices. Se aman y acompañan.
Angela ya no tiene esa preocupación por su cojera, al tiempo que Carlos ha encontrado una persona acogedora que le escucha y quiere.
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