La jitanilla 02 – de Miguel de Cervantes –

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Abrió el caballero el papel, y vió que venia dentro dél un escudo de oro, y dijo:

—En verdad, Preciosa, que trae esta carta el porte dentro: toma este escudo que en el romance viene.

—Basta, dijo Preciosa, que me ha tratado de pobre el poeta; pues cierto que es mas milagro darme á mí un poeta un escudo, que yo recebirle: si con esta añadidura han de venir sus romances, traslade todo el Romancero general, y enviémelos uno á uno, que yo les tentaré el pulso, y si vinieren duros, seré yo blanda en recebillos.

Admirados quedaron los que oian á la jitanica, así de su discrecion como del donaire con que hablaba.

—Lea, señor, dijo ella, y lea alto, veremos si es tan discreto ese poeta, como es liberal.

Y el caballero leyó así:

Jitanica, que de hermosa

Te pueden dar parabienes,

Por lo que de piedra tienes

Te llama el mundo Preciosa.

De esta verdad me asegura

Esto, como en tí verás:

Que no se apartan jamas

La esquivez y la hermosura.

Si como en valor subido,

Vas creciendo en arrogancia,

No le arriendo la ganancia

Á la edad en que has nacido.

Que un basilisco se cria

En tí que mata mirando,

Y un imperio, que aunque blando,

Nos parezca tiranía.

Entre pobres y aduares

¿Cómo nació tal belleza?

¿Ó cómo crió tal pieza

El humilde Manzanares?

Por esto será famoso

Á par del Tajo dorado,

Y por Preciosa preciado

Mas que el Gánges caudaloso.

Dices la buenaventura,

Y dasla mala contino;

Que no van por un camino

Tu intencion y tu hermosura.

Porque en el peligro fuerte

De mirarte ó contemplarte,

Tu intencion va á desculparte,

Y tu hermosura á dar muerte.

Dicen que son hechiceras

Todas las de tu nacion;

Pero tus hechizos son

De mas fuerzas y mas veras;

Pues por llevar los despojos

De todos cuantos te ven,

Haces, ó niña, que estén

Los hechizos en tus ojos.

En sus fuerzas te adelantas,

Pues bailando nos admiras,

Y nos matas, si nos miras,

Y nos encantas, si cantas.

De cien mil modos hechizas,

Hables, calles, cantes, mires,

Ó te acerques ó retires,

El fuego de amor atizas.

Sobre el mas exento pecho

Tienes mando y señorío;

De lo que es testigo el mio,

De tu imperio satisfecho.

Preciosa joya de amor,

Esto humildemente escribe

El que por tí muere y vive

Pobre, aunque humilde amador.

—En pobre acaba el último verso, dijo á esta sazon Preciosa, mala señal; nunca los enamorados han de decir que son pobres, porque á los principios á mi parecer la pobreza es muy enemiga del amor.

—¿Quién te enseña eso, rapaza? dijo uno.

—¿Quién me lo ha de enseñar? respondió Preciosa; ¿no tengo yo mi alma en mi cuerpo? ¿no tengo ya quince años? No soy manca, ni ronca, ni estropeada del entendimiento: los ingenios de las jitanas van por otro norte que los de las demas gentes; siempre se adelantan á sus años, no hay jitano necio, ni jitana lerda; que como el sustentar su vida consiste en ser agudos, astutos y embusteros, despabilan el ingenio á cada paso, y no dejan que crie moho en ninguna manera. ¿Ven estas muchachas mis compañeras, que están callando, y parecen bobas? pues éntrenles el dedo en la boca, y tiéntenlas las cordales, y verán lo que verán: no hay muchacha de doce que no sepa lo que de veinticinco, porque tienen por maestros y preceptores al diablo y al uso, que les enseña en una hora lo que habian de aprender en un año.

Con esto que la Jitanilla decia, tenia suspensos á los oyentes, y los que jugaban le dieron barato, y aun los que no jugaban. Cogió la hucha de la vieja treinta reales, y mas rica y mas alegre que una pascua de flores, antecogió sus corderas, y fuese en casa del señor tiniente, quedando que otro dia volveria con su manada á dar contento á aquellos tan liberales señores.

Ya tenia aviso la señora Doña Clara, mujer del señor tiniente, como habian de ir á su casa las jitanillas, y estábalas esperando como agua de mayo ella y sus doncellas y dueñas, con las de otra señora vecina suya, que todas se juntaron para ver á Preciosa; y apénas hubieron entrado las jitanas, cuando entre las demas resplandeció Preciosa, como la luz de una antorcha entre otras luces menores; y así corrieron todas á ella: unas la abrazaban, otras la miraban, estas la bendecian, aquellas la alababan. Doña Clara decia:

—Este sí que se puede decir cabello de oro, estos sí que son ojos de esmeraldas.

La señora su vecina la desmenuzaba toda, y hacia pepitoria de todos sus miembros y coyunturas; y llegando á alabar un pequeño hoyo que Preciosa tenia en la barba, dijo:

—¡Ay qué hoyo! en este hoyo han de tropezar cuantos ojos le miraren.

Oyó esto un escudero de brazo de la señora Doña Clara, que allí estaba, de luenga barba y largos años, y dijo:

—¿Ese llama vuesa merced hoyo, señora mia? pues yo sé poco de hoyos, ó ese no es hoyo, sino sepultura de deseos vivos: por Dios tan linda es la Jitanilla, que hecha de plata ó de alcorza no podria ser mejor. ¿Sabes decir la buenaventura, niña?

—De tres ó cuatro maneras, respondió Preciosa.

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—Y ¿eso mas? dijo Doña Clara, por vida del tiniente mi señor, que me la has de decir, niña de oro, y niña de plata, y niña de perlas, y niña de carbunclos, y niña del cielo, que es lo mas que puedo decir.

—Denle, denle la palma de la mano á la niña, y con qué haga la cruz, dijo la vieja, y verán qué de cosas les dice; que sabe mas que un dotor de melecina.

Echó mano á la faldriquera la señora tinienta, y halló que no tenia blanca: pidió un cuarto á sus criadas, y ninguna le tuvo, ni la señora vecina tampoco. Lo cual, visto por Preciosa, dijo:

—Todas las cruces en cuanto cruces son buenas; pero las de plata ó de oro son mejores, y el señalar la cruz en la palma de la mano con moneda de cobre, sepan vuesas mercedes que menoscaba la buenaventura, por lo ménos la mia: y así tengo aficion á hacer la cruz primera con algun escudo de oro, ó con algun real de á ocho, ó á lo ménos de á cuatro; que soy como los sacristanes que cuando hay buena ofrenda se regocijan.

—Donaire tienes, niña, por tu vida, dijo la señora vecina.

Y volviéndose al escudero le dijo:

—Vos, señor Contreras, ¿tendréis á mano algun real de á cuatro? dádmele, que en viniendo el dotor mi marido os le volveré.

—Sí tengo, respondió Contreras, pero téngole empeñado en veinte y dos maravedís que cené anoche: dénmelos, que yo iré por él en volandas.

—No tenemos entre todas un cuarto, dijo Doña Clara, ¿y pedís veinte y dos maravedís? Andad, Contreras, que siempre fuisteis impertinente.

Una doncella de las presentes, viendo la esterilidad de la casa, dijo á Preciosa:

—Niña, ¿hará algo al caso que se haga la cruz con un dedal de plata? Antes, respondió Preciosa, se hacen las cruces mejores del mundo con dedales de plata, como sean muchos.

—Uno tengo yo, replicó la doncella; si este basta, héle aquí, con condicion que tambien se me ha de decir á mí la buenaventura.

—¡Por un dedal tantas buenasventuras! dijo la jitana vieja: nieta, acaba presto, que se hace noche.

Tomó Preciosa el dedal, y la mano de la señora tinienta, y dijo:

Hermosita, hermosita,

La de las manos de plata,

Mas te quiere tu marido

Que al rey de las Alpujarras.

Eres paloma sin hiel,

Pero á veces eres brava

Como leona de Oran,

Ó como tigre de Ocaña.

Pero en un tras, en un tris,

El enojo se te pasa,

Y quedas como alfeñique,

Ó como cordera mansa.

Riñes mucho, y comes poco;

Algo celosita andas;

Que es jugueton el tiniente,

Y quiere arrimar la vara.

Cuando doncella te quiso

Uno de una buena cara;

Que mal hayan los terceros

Que los gustos desbaratan.

Si á dicha tú fueras monja,

Hoy tu convento mandaras,

Porque tienes de abadesa

Mas de cuatrocientas rayas.

No te lo quiero decir,

Pero poco importa, vaya,

Enviudarás otra vez,

Y otras dos serás casada.

No llores, señora mia,

Que no siempre las jitanas

Decimos el Evangelio;

No llores, señora, acaba.

p. 9Como te mueras primero

Que el señor tiniente, basta

Para remediar el daño

De la viudez que amenaza.

Has de heredar y muy presto

Hacienda en mucha abundancia;

Tendrás un hijo canónigo,

La iglesia no se señala,

De Toledo no es posible.

Una hija rubia y blanca

Tendrás, que si es religiosa,

Tambien vendrá á ser prelada.

Si tu esposo no se muere

Dentro de cuatro semanas,

Verásle corregidor

De Búrgos ó Salamanca.

Un lunar tienes: ¡qué lindo!,

¡Ay Jesus, qué luna clara!

¡Qué sol, que allá en los antipodas

Escuros valles aclara!

Mas de dos ciegos por verle

Dieran mas de cuatro blancas:

Agora si es la risica;

¡Ay, que bien haya esa gracia!

Guárdate de las caidas,

Principalmente de espaldas;

Que suelen ser peligrosas

En las principales damas.

Cosas hay mas que decirte:

Si para el viérnes me aguardas,

Las oirás, que son de gusto,

Y algunas hay de desgracias.

Sigue el 31 de mayo

PUNTO Y SEGUIDO . Roberto Fernández

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