Adiós, Princesa, de Juan Madrid (07)

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Hay novelas negras que no se limitan a resolver un crimen, sino que utilizan el crimen como una grieta por la que mirar el funcionamiento de una sociedad. Adiós, princesa, de Juan Madrid, pertenece a esa tradición. No me interesa leerla solo como una entrega más de la serie protagonizada por Toni Romano, aunque también funciona en ese plano, sino como una novela sobre la sospecha, la manipulación del relato público y la fragilidad de quien se atreve a incomodar al poder.

El punto de partida tiene una fuerza especialmente literaria: Juan Delforo, escritor de novelas negras y figura reconocible dentro del propio universo narrativo de Juan Madrid, es acusado del asesinato de una presentadora de telediario. La pirueta metaliteraria resulta evidente, pero no es un simple juego de espejos. Delforo, autor que ha denunciado durante años la corrupción policial, los abusos de los servicios secretos y la connivencia entre instituciones y poderes económicos, aparece de pronto atrapado en la maquinaria que él mismo ha descrito. La novela plantea así una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando quien ha narrado la podredumbre del sistema se convierte en víctima de ese mismo sistema?

Toni Romano entra en escena como investigador y también como personaje contaminado por la sospecha. No actúa desde una posición limpia ni cómoda; debe defender a Delforo y, al mismo tiempo, protegerse a sí mismo. Esa doble presión da a la novela una tensión moral interesante. Madrid no construye un héroe invulnerable, sino un personaje curtido, desconfiado, con una ética práctica, casi callejera, que sabe que la verdad no siempre basta cuando los hechos pueden ser manipulados. El contexto de la novela es plenamente urbano y reconocible. Madrid, como escenario literario, no aparece embellecida ni convertida en decorado turístico, sino atravesada por oficinas, comisarías, bares, despachos, redacciones y zonas de sombra. Es una ciudad donde la violencia no siempre se ejerce con pistolas; a menudo adopta la forma de una filtración interesada, una acusación construida, una noticia dirigida o un expediente convenientemente alterado. En ese sentido, Adiós, princesa conecta con una tradición de novela negra española que entiende la ciudad como mapa moral, no solo como paisaje.

Juan Madrid se sitúa, por derecho propio, en la línea más social del género. Su obra dialoga con Manuel Vázquez Montalbán, aunque Toni Romano no sea Carvalho ni pretenda serlo. Si Carvalho observa la Transición y sus desencantos desde una mezcla de inteligencia cultural, ironía y melancolía gastronómica, Toni Romano se mueve en un territorio más seco, más áspero, menos inclinado al comentario brillante y más atento al golpe directo de la realidad. También puede relacionarse con Andreu Martín en la voluntad de mirar la violencia sin maquillarla, o con Francisco González Ledesma en la conciencia de que la ley y la justicia no siempre caminan juntas. Frente al modelo anglosajón clásico de la deducción, Juan Madrid trabaja desde la tradición negra: no se trata tanto de descubrir quién mató, sino de averiguar quién puede permitirse fabricar una verdad.

Uno de los aspectos más interesantes de la novela es su dimensión ética. La acusación contra Delforo no afecta solo a un individuo; pone en cuestión el papel del escritor, del periodista, del investigador y del ciudadano ante las estructuras de poder. La presentadora asesinada introduce, además, el mundo de los medios de comunicación, espacio donde la verdad puede convertirse en mercancía, espectáculo o arma. Madrid no cae en una denuncia abstracta. Su crítica funciona porque está encarnada en situaciones concretas, en personajes que tienen miedo, intereses, contradicciones y una idea más o menos negociable de la decencia. Desde el punto de vista formal, la novela se sostiene sobre una voz narrativa directa, funcional y deliberadamente poco ornamental. Juan Madrid no escribe para lucirse, sino para empujar la acción y fijar una atmósfera. Su prosa tiende a la frase limpia, al diálogo afilado y a la descripción precisa. No busca la belleza retórica, sino la eficacia expresiva. Esa elección no debe confundirse con pobreza estilística. Al contrario: hay una ética del estilo en esa sequedad. La lengua parece haber sido despojada de adornos para que quede a la vista lo esencial: la amenaza, la mentira, el cansancio, la rabia.

La estructura responde a los códigos del género, con una investigación que avanza entre interrogatorios, pistas, desplazamientos y encuentros peligrosos, pero lo más relevante no es la mecánica del suspense. Lo que da espesor a la novela es la sensación de que cada paso de Toni Romano lo introduce en una red más amplia. La trama criminal funciona como superficie visible de un conflicto mayor: la lucha por controlar el relato de los hechos. En ese punto, Adiós, princesa sigue siendo una novela muy contemporánea, aunque pertenezca a un ciclo iniciado décadas atrás. En una sociedad saturada de versiones, filtraciones y ruido informativo, la pregunta por quién fabrica la culpabilidad resulta especialmente pertinente.

Me parece importante subrayar también la inteligencia con que Juan Madrid utiliza la metaliteratura. La presencia de Delforo podría haber derivado en un guiño narcisista o en una broma privada para lectores fieles. Sin embargo, el recurso sirve para reforzar el núcleo de la novela: el escritor de novela negra no está fuera del mundo que narra. No observa la corrupción desde una torre moral, sino desde dentro de una realidad que puede alcanzarle, mancharle o destruirle. La literatura, en este caso, no salva a nadie, pero permite nombrar lo que otros prefieren ocultar. Adiós, princesa es, por tanto, una novela negra en sentido pleno: no porque haya un cadáver, una investigación y una serie de sospechosos, sino porque entiende el crimen como síntoma. Juan Madrid no idealiza a sus personajes ni ofrece una salida tranquilizadora. Su mirada es dura, pero no cínica. Hay en Toni Romano una obstinación moral que impide confundir lucidez con rendición. La novela habla de corrupción, de poder, de medios, de reputación y de miedo; pero, sobre todo, habla de la dificultad de sostener una verdad cuando todo alrededor parece diseñado para deformarla.

Recomiendo su lectura a los lectores amantes del género que busquen una novela negra española de pulso firme, mirada crítica y estilo sobrio, más interesada en mostrar las zonas turbias del poder que en fabricar un simple entretenimiento criminal.

PUNTO Y SEGUIDO – Marcos Gómez-Puertas

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