Que siga el baile, de Julián Ibáñez (14)

En la novela negra española hay autores que han preferido caminar por el borde antes que acomodarse en el centro del escaparate. Julián Ibáñez pertenece a esa estirpe. Que siga el baile, publicada por Ediciones Barataria, confirma una manera de entender el género que no se basa tanto en la resolución de un enigma como en la observación de un territorio moral en descomposición. El crimen, aquí, no funciona únicamente como motor narrativo: es una grieta por la que asoma una realidad áspera, reconocible, poco dada al consuelo.

La sinopsis ya sitúa al lector ante una escena seca y perturbadora: un cuerpo de mujer bajo una lona, iluminado por la llama precaria de un mechero. No hay énfasis melodramático, no hay recreación morbosa gratuita. Hay una mirada que registra detalles concretos —la camisa de franela, los vaqueros, la coleta, la piel de yeso— y que, precisamente por su contención, resulta más inquietante. Esa forma de mirar es una de las claves del libro. Ibáñez no necesita subrayar la violencia; le basta con mostrar sus restos. El argumento se inscribe en una tradición reconocible: alguien tropieza con un cadáver, se abre una investigación, y alrededor del crimen empiezan a moverse personajes marcados por la precariedad, la culpa, el deseo, el miedo o la simple necesidad de sobrevivir. Pero conviene no leer Que siga el baile como una novela policial al uso. Su interés no reside solo en saber quién mató a quién, sino en comprender qué clase de mundo permite que determinados cuerpos acaben abandonados, escondidos, reducidos a prueba, rumor o mercancía narrativa. En ese sentido, Ibáñez se aleja del mecanismo limpio del whodunit y se acerca a una novela negra de atmósfera, de deriva, de callejón sin salida.

La localización —más sugerida que decorativa— importa porque el espacio en la narrativa de Ibáñez nunca es neutro. Sus escenarios suelen pertenecer a una España suburbial, nocturna, de bares, descampados, carreteras secundarias, habitaciones pobres y conversaciones tensas. No hay postal urbana ni costumbrismo amable. Hay un paisaje moral donde la gente carga con biografías torcidas y donde las instituciones parecen llegar tarde o no llegar nunca. La novela negra, cuando está bien entendida, no se limita a producir intriga: toma la temperatura de una sociedad. Que siga el baile trabaja en esa dirección. En el contexto del género, Julián Ibáñez puede leerse junto a una línea española que ha preferido la sequedad expresiva y la intemperie moral antes que el artificio brillante. Pienso, por ejemplo, en Francisco González Ledesma por su atención a los derrotados, en Andreu Martín por su nervio urbano y su sentido de la violencia cotidiana, o en Juan Madrid por esa manera de entender el crimen como síntoma de una estructura social más amplia. También hay ecos, no tanto de argumento como de actitud, de la tradición norteamericana de Jim Thompson o Charles Willeford: personajes dañados, humor sombrío, fatalismo sin solemnidad. Pero Ibáñez no imita; adapta ese pulso a una sensibilidad muy española, menos espectacular y más pegada al polvo de los márgenes.

Formalmente, la novela se sostiene sobre una voz narrativa directa, de frase cortante y percepción afilada. La primera persona, cuando aparece con esta intensidad, no busca confesarse ante el lector ni ganarse su simpatía. Más bien lo arrastra a una conciencia que ve, sospecha y calla más de lo que explica. Esa voz tiene algo de testigo contaminado: no está por encima de la historia, sino dentro de ella, rozando sus zonas sucias. La narración avanza con una economía notable. Ibáñez evita el adorno innecesario y confía en la fuerza de los objetos, los gestos y los silencios. Una lona levantada, una llama, una boca entreabierta: tres elementos bastan para construir una escena. El lenguaje es otro de los puntos decisivos. En la novela negra abundan dos riesgos: el exceso de jerga, que envejece mal, y la frase impostadamente dura, que acaba sonando teatral. Ibáñez esquiva ambos peligros mediante una prosa sobria, física, atenta al detalle material. No pretende embellecer la sordidez, pero tampoco la convierte en una exhibición de feísmo. Su escritura tiene ritmo, aunque sea un ritmo quebrado, hecho de avances, pausas y golpes de observación. Esa cadencia contribuye a crear una tensión menos dependiente de la sorpresa que de la incomodidad.

Desde una lectura ética, Que siga el baile plantea una cuestión incómoda: qué hacemos como lectores ante la violencia narrada. La novela negra se ha construido muchas veces sobre cadáveres femeninos, sobre cuerpos convertidos en punto de partida para la aventura de otros. Ibáñez parece consciente de esa herencia y la maneja con una frialdad que no equivale a indiferencia. La mujer muerta no aparece envuelta en retórica sentimental, pero tampoco queda reducida a simple decorado. La escena inicial obliga a mirar sin ofrecer una coartada estética fácil. Ahí está una de las tensiones más interesantes del libro: la necesidad de contar el crimen sin domesticarlo. El título, Que siga el baile, introduce además una ironía amarga. El baile puede entenderse como movimiento social, como rueda de intereses, como continuidad absurda de una vida que prosigue incluso después de la muerte. Alguien cae, alguien desaparece, alguien miente, alguien mira hacia otro lado, y el baile sigue. La novela negra, en manos de Ibáñez, no repara el mundo: apenas ilumina durante unos segundos aquello que solemos preferir en sombra.

Mi impresión es que estamos ante una obra que exige un lector atento al tono más que al artificio. Quien busque una intriga perfectamente engrasada, con explicaciones abundantes y cierre tranquilizador, quizá no encuentre aquí su territorio natural. Quien aprecie, en cambio, una novela negra de mirada seca, personajes desamparados y escritura sin grasa, reconocerá en Julián Ibáñez a un autor con una voz propia, incómoda y necesaria dentro del género.

Una recomendación para su lectura por lectores amantes del género: acercarse a Que siga el baile sin esperar una novela de investigación convencional, sino una incursión en la zona turbia donde el crimen revela menos una anomalía que una forma de vida.

PUNTO Y SEGUIDO – Marcos Gómez-Puertas

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