Un niño de cuatro años, travieso y despierto, llamado Luis, tenía una costumbre muy peculiar: ponerse los zapatos nuevos de paseo de su padre.
Una noche fría de invierno, mientras la nieve caía sobre la solitaria calle, su padre, harto de que los zapatos desaparecieran como por arte de magia del zapatero, tuvo una idea brillante: los colgó en la lámpara de pie del salón, junto a la ventana.
A medianoche, mientras sus padres dormían plácidamente, Luis se levantó sigilosamente, se acercó a la lámpara… y, una vez más, intentó hacerse con los zapatos.
De pronto, un ruido estrepitoso despertó a don Zacarías:
—¿Qué pasa? ¿Qué es eso? ¡No…! ¡Un ladrón!
Armado de valor, salió del dormitorio a oscuras y recorrió la casa en busca del intruso.
Al pasar frente al salón, se encontró con una escena insólita: su hijo colgando de la lámpara, iluminado como si fuera una luz en medio de la noche.
Alarmado, y con media sonrisa, exclamó:
—¡Pero, Luisito! ¿Qué te ha ocurrido? ¿Cómo es posible que…? ¡Tranquilo! ¡Ya te apago! ¡Aguanta un poquito!
Intentó apagarlo:
primero la cabeza… pero no se apagaba.
Luego tiró de las orejas… nada.
Le aplastó la nariz… tampoco.
Le apretó el ombligo… sin éxito.
Por fin, le quitó los zapatos… y lo consiguió.
¡Se apagó!
MORALEJA:
A veces, lo que brilla en los niños no es la lámpara… es la insistencia. Y por más que los adultos escondan las cosas, los pequeños siempre encuentran la forma de encender su propia travesura.
© ANIKA



