Carolina Molina García: Granada como conciencia narrativa

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Nunca he sabido del todo qué me trajo a Granada. Podría decir que fue una mudanza, una intuición o una de esas decisiones que se toman sin conocer todavía sus consecuencias. Venía de otras ciudades, de otros hábitos, de una vida algo nómada en lo literario, y quizá buscaba un lugar donde la cultura no fuese solo programación de actos, sino una forma de conversación. Granada me recibió así: con bibliotecas, tertulias, presentaciones, amistades que iban apareciendo alrededor de los libros. En una de esas reuniones conocí a Carolina Molina García. Recuerdo, más que una frase concreta, el tono con el que hablaba de la ciudad: no como quien enseña una postal, sino como quien defiende una herida antigua.

Desde entonces he leído su obra con esa clave. Carolina Molina no escribe sobre Granada únicamente porque Granada sea hermosa, literaria o rentable como escenario histórico. La escribe porque la entiende como un organismo moral. En sus novelas la ciudad no se limita a ofrecer calles, torres, aljibes o miradores: exige una posición ética. Quien entra en su narrativa debe preguntarse qué memoria pisa, qué versión de la historia ha aceptado sin discusión y qué voces han quedado sepultadas bajo la retórica del patrimonio.

Su punto de partida visible está en La luna sobre la Sabika —publicada por Entrelíneas Editores en 2003—, una novela que ya contiene buena parte de sus preocupaciones posteriores. La Sabika, la colina de la Alhambra, no aparece solo como enclave monumental, sino como lugar de irradiación simbólica. Desde ahí, la autora empieza a construir una mirada hacia el pasado nazarí que no se conforma con la reconstrucción decorativa. Le interesa la vida cotidiana, la textura íntima de un mundo perdido, la fragilidad de quienes habitaron una cultura condenada a ser leída después por sus vencedores.

Ese impulso se prolonga en Sueños del Albayzín y Guardianes de la Alhambra, hasta formar lo que puede entenderse como una trilogía nazarí: no tanto por continuidad argumental estricta como por coherencia de mirada. Ahí está, a mi juicio, el primer motivo técnico de su obra: la ciudad funciona como estructura narrativa. No es un fondo. Es un mecanismo. Las calles, los barrios y los edificios ordenan la intriga, pero también condicionan la conciencia de los personajes. Granada obliga a recordar, y esa obligación se convierte en conflicto.

La voz narrativa de Carolina Molina suele apoyarse en una prosa clara, de voluntad comunicativa, que no busca deslumbrar por rareza estilística. Su escritura se sitúa en una zona reconocible de la novela histórica contemporánea española: documentación suficiente, ritmo narrativo, atención al personaje y un deseo de hacer accesible el pasado sin rebajarlo a simple anécdota. Pero en sus mejores momentos aparece algo más interesante que la eficacia narrativa: una melancolía contenida, una especie de respeto por lo que ya no puede hablar. Ese respeto impide que sus vencidos se conviertan en estampas sentimentales.

Me parece importante subrayarlo porque la novela histórica, en España, ha vivido durante años entre dos tentaciones: la del entretenimiento arqueológico y la de la tesis demasiado visible. Carolina Molina se mueve en una franja intermedia. No renuncia al placer de la trama, pero tampoco trata el pasado como una despensa de disfraces. Su Granada nazarí, su Granada cristiana, su Granada decimonónica o incluso su Madrid histórico no son escenarios cerrados: son espacios donde se discute la autenticidad de la memoria.

En Noches en Bib-Rambla, la plaza se convierte en un lugar de cruce, de reunión y de rumor histórico. Bib-Rambla, como la propia Granada, parece contener capas superpuestas: fiesta, comercio, represión, convivencia, desaparición. Lo interesante no es solo lo que ocurre en la novela, sino la forma en que el espacio absorbe lo ocurrido. Carolina Molina trabaja bien esa idea de la ciudad-palimsesto, la ciudad escrita y reescrita por poderes sucesivos. Por eso su narrativa no se limita a evocar Al-Ándalus: pregunta qué hemos hecho con Al-Ándalus en nuestra imaginación contemporánea.

Ahí surge otra de sus constantes: la mirada compasiva hacia los vencidos. No hablo de una compasión blanda, sino de una atención narrativa hacia quienes han sido reducidos por la historia oficial a nota al pie. Moriscos, artesanos, mujeres, artistas, custodios de la memoria o figuras desplazadas encuentran en sus libros un lugar desde el que existir con cierta dignidad. Esta elección tiene un valor ético, pero también formal: la autora tiende a acercar la gran historia a través de vidas particulares. La épica se rebaja de volumen para que pueda oírse la respiración de los personajes.

El punto de inflexión que la lleva a dedicarse de lleno a la novela histórica puede situarse, según su propio itinerario, en torno a 2013, cuando asume esa escritura como centro de su trabajo y participa, junto a Blas Malo, en la coordinación de las primeras Jornadas de Novela Histórica de Granada. No es un detalle menor. Ese gesto revela una conciencia de oficio y de comunidad literaria. Carolina Molina no solo escribe novela histórica: contribuye a crear un espacio de conversación para el género. Y eso explica también la maduración de su obra posterior.

Con Iliberri, que te sea leve la tierra, El falsificador de la Alcazaba o Madrid, entre dos murallas, la autora amplía su campo sin abandonar del todo su obsesión por la ciudad como depósito de memoria. Incluso cuando se desplaza a Madrid, el motivo urbano permanece. Las murallas, las alcazabas, los barrios antiguos y los restos materiales no son para ella simples vestigios. Son pruebas, a veces incómodas, de que toda identidad urbana se funda sobre pérdidas. Su narrativa insiste en esa evidencia: una ciudad se construye tanto con lo que conserva como con lo que decide borrar.

En Carolus, la figura de Carlos V le permite mirar Granada desde el poder. La ciudad ya no es solo memoria nazarí, sino escenario imperial. La pregunta cambia de lugar: ¿qué ocurre cuando la belleza de una cultura vencida es apropiada por el discurso del vencedor? Esta cuestión, aunque no siempre aparezca formulada de manera explícita, atraviesa buena parte de su escritura. La Alhambra, en sus novelas, no es un objeto pacificado. Es una presencia incómoda, admirada y disputada, auténtica y reinterpretada, histórica y teatralizada.

Después, con El último romántico y Los ojos de Galdós, Carolina Molina demuestra interés por figuras históricas rehumanizadas. Galdós, Fortuny, Contreras o aquellos personajes vinculados al arte y a la literatura aparecen no como bustos, sino como seres atravesados por contradicciones. En Los ojos de Galdós, especialmente, hay una operación significativa: acercarse a un gigante literario desde su mirada, pero también desde su vulnerabilidad. No se trata de monumentalizar al monumento, sino de devolverle temperatura humana. Esa elección conecta con el resto de su obra: incluso las figuras consagradas necesitan ser rescatadas de la rigidez con que la cultura las fija.

Su evolución más reciente, con las reediciones de Guardianes de la Alhambra y Noches en Bib-Rambla, junto a títulos como Guía de curiosidades de la Alhambra y Los ángeles insurrectos, permite intuir una doble dirección: por un lado, la consolidación de su territorio granadino; por otro, una apertura hacia formas de divulgación y de reinterpretación histórica más amplias. No me parece una autora que abandone sus obsesiones, sino una escritora que vuelve a ellas desde ángulos distintos.

¿Qué tiene Granada que no ha encontrado en ninguna otra ciudad? Diría que Granada le ofrece una tensión casi perfecta entre belleza y conflicto. Es una ciudad que seduce, pero no se deja poseer del todo. Cada piedra parece contar una historia y, al mismo tiempo, esconder otra. Para una novelista histórica, ese doble movimiento resulta decisivo: la promesa de revelación y la resistencia del pasado. Carolina Molina ha hecho de esa tensión su materia literaria.

Me atrevo a considerar que su obra seguirá siendo más interesante cuanto menos busque resolver Granada y más acepte su condición de enigma. Su mejor camino no está solo en reconstruir lo que fue, sino en preguntar por qué seguimos necesitando imaginarlo. Ahí, entre la ciudad real y la ciudad soñada, entre el documento y la pérdida, Carolina Molina ha encontrado una voz reconocible: una voz que mira el pasado no para embellecerlo, sino para discutir con él.

© Anxo do Rego 

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