Las abismales, de Jesús Ferrero

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En esta novela Jesús Ferrero no se limita a contar una historia de inquietud urbana o de descomposición moral, sino que convierte Madrid en un espacio mental donde el miedo, el deseo y la pérdida dejan de ser asuntos privados para adquirir una dimensión colectiva. Me interesa especialmente por eso: porque logra que lo íntimo y lo social respiren en el mismo plano, sin que la novela pierda pulso narrativo. En un momento en que buena parte de la narrativa contemporánea se conforma con describir síntomas, Ferrero intenta algo más arriesgado: explorar de qué modo el mal, cuando no responde a una lógica reconocible, altera la conciencia individual y contagia el cuerpo entero de una ciudad.

El punto de partida argumental es, en apariencia, nítido. David, profesor y amante de los mitos, atraviesa el impacto de la muerte de su novia, un suceso que abre una cadena de episodios extraños dispersos por distintos lugares de Madrid. Lo que en otro autor podría haberse resuelto como intriga psicológica o como relato criminal se expande aquí en varias direcciones. La ciudad entra en una zona de desconcierto creciente; las masas reaccionan con furia, surgen voces demagógicas y proféticas, y el caos empieza a tener una consistencia casi atmosférica. Paralelamente, aparece otra modalidad del mal, más identificable, vinculada al crimen, pero no por ello menos perturbadora. La novela avanza, así, sobre una doble corriente: la del miedo ante lo desconocido y la del miedo ante lo demasiado conocido. Y lo mejor es que Ferrero no las jerarquiza, sino que las mezcla hasta volverlas indistinguibles.

Lo primero que yo subrayaría de la novela es su ambición formal. Aunque David funcione como hilo conductor, Las abismales no responde al modelo de una conciencia única ni a una narración encerrada en la experiencia de un solo personaje. Es una novela coral, y esa coralidad no está ahí como ornamento, sino como estructura de sentido. Ferrero necesita que la percepción del mal circule, pase de unos personajes a otros, se transforme según quien la encarne. El resultado es una narración en la que el foco se desplaza, se abre y se contamina, reforzando la idea de que nadie posee una comprensión estable de lo que ocurre. A mí me parece una decisión muy eficaz, porque evita que el libro se convierta en una mera alegoría cerrada y mantiene viva la incertidumbre.

La voz narrativa, incluso cuando roza lo visionario, no cae en la ampulosidad. Ferrero escribe con una prosa trabajada, de textura flexible, capaz de deslizarse de lo reflexivo a lo sensorial con bastante naturalidad. Hay una voluntad de estilo muy visible, pero no exhibicionista. Eso me parece importante decirlo, porque en novelas de esta naturaleza el lenguaje puede convertirse en una coartada para la nebulosa. Aquí no sucede del todo. Hay zonas de densidad, desde luego, pero el fraseo sostiene la tensión y contribuye a esa atmósfera envolvente que la sinopsis señala con acierto. Ferrero sabe sugerir sin explicar demasiado, y esa contención favorece el desasosiego.

En el contexto de la narrativa española contemporánea, Las abismales ocupa un lugar singular. Ferrero lleva años construyendo una obra que dialoga con la imaginación simbólica, con la fábula filosófica y con ciertas formas de extrañeza que no han sido siempre mayoritarias en nuestra tradición reciente, más inclinada muchas veces al realismo confesional o al costumbrismo de época. Aquí, sin renunciar a una ciudad reconocible y a conflictos muy actuales, introduce una dimensión mítica y casi arcaica del miedo. Por eso David no es un profesor cualquiera: su relación con los mitos no cumple una función decorativa, sino interpretativa. Los mitos aparecen como una herramienta para pensar el presente cuando las categorías habituales dejan de servir.

Y ahí entra, a mi juicio, la dimensión ética del libro. Yo no leería Las abismales como una novela sobre el caos en abstracto, sino como una reflexión sobre la fragilidad de los marcos que nos permiten convivir. Cuando el miedo se desata y ya no encuentra objeto preciso, la comunidad se vuelve especialmente vulnerable a la manipulación, al fanatismo y a la simplificación. Ferrero no formula un diagnóstico sociológico, pero sí plantea una intuición poderosa: que el mal prospera tanto en lo desconocido que nos paraliza como en las respuestas oportunistas que pretenden domesticarlo. En ese sentido, la novela no solo inquieta; también interroga la responsabilidad de los sujetos y de los discursos en tiempos de confusión.

Lo que más valoro, en último término, es que Ferrero no busca tranquilizar al lector. No ofrece una interpretación única ni un cierre moral reconfortante. Prefiere mantener abierta la herida de la incertidumbre, y precisamente por eso la novela conserva su intensidad. Yo la leería como una indagación sobre las zonas abisales de la vida contemporánea: aquellas en las que el deseo, el duelo, la violencia y la necesidad de sentido se entrecruzan sin garantía de orden. Las abismales merece ser leída porque incomoda con inteligencia, porque transforma Madrid en una escena de revelación sombría y porque confirma a Jesús Ferrero como un narrador que todavía se atreve a mirar donde otros apenas describen la superficie.

PUNTO Y SEGUIDO – Andrés López

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