ATLAS LITERARIO – LECTURAS DEL SILENCIO
Fingir hablar: el lenguaje como máscara – El ruido que tapa el silencio
España contenporánea
Hay novelas que avanzan por acumulación, por trama, por peripecia; y hay otras que se sostienen, sobre todo, en torno a un hueco. Los astronautas pertenece con claridad a esta segunda estirpe. La sensación que me deja no es la de haber atravesado una historia en el sentido convencional, sino la de haber asistido a una pesquisa verbal sobre una falta originaria: qué ocurre cuando la identidad se levanta sobre una zona deliberadamente borrada, cuando el relato de uno mismo ha sido intervenido antes incluso de poder formularse. En ese sentido, la novela de Laura Ferrero encaja de manera muy precisa en estas lecturas del silencio, porque no convierte lo callado en mero telón de fondo psicológico, sino en el verdadero principio organizador de la escritura.
Lo más interesante, a mi juicio, es que Ferrero no trabaja el silencio como ausencia pura, sino como construcción. No hay aquí un mutismo solemne ni una estética del enigma por sí misma. Lo que la novela pone en circulación es algo más incómodo: el silencio como artefacto familiar, como dispositivo de protección y a la vez de violencia. Se calla para preservar, para no dañar, para seguir adelante; pero también se calla para fijar una versión de los hechos, para imponer una pedagogía afectiva, para decidir qué vida puede ser contada y cuál debe quedar fuera del marco. En Los astronautas, lo no dicho no es neutro. Tiene forma, tiene consecuencias, tiene incluso una sintaxis.
Esa percepción se sostiene en una voz narrativa que evita tanto el desgarro enfático como la asepsia. Ferrero escribe desde una primera persona contenida, de gran limpieza expositiva, que no busca la descarga confesional ni el ajuste de cuentas. Esa contención es decisiva: la novela no dramatiza el trauma para volverlo legible de inmediato, ni se abandona a la sentimentalidad retrospectiva. Prefiere una temperatura más incierta, una proximidad vigilada, como si la propia voz supiera que acercarse demasiado al núcleo de lo vivido podría deformarlo. Me parece una elección ética además de formal. La escritura no invade lo que desconoce del todo; lo rodea, lo tensa, lo interroga. Y en ese rodeo se juega buena parte de su fuerza.
También la estructura responde a esa lógica. No se organiza como una restitución plena, como una investigación que culmina en una verdad estable, sino como un proceso de aproximación hecho de fragmentos, desplazamientos, retornos y vacíos. Ferrero entiende algo fundamental: cuando el origen está dañado por el secreto, la forma más honesta de narrarlo no es la linealidad reparadora, sino una composición quebrada, donde cada hallazgo abre una nueva opacidad. La novela no promete una reconciliación entre pasado y lenguaje. Más bien muestra hasta qué punto toda reconstrucción es parcial, tentativa, expuesta a la imaginación. De ahí que el libro resulte especialmente fértil para pensar la máscara: hablar no equivale necesariamente a revelar; a veces hablar consiste en organizar una superficie habitable sobre lo irremediablemente incompleto.
El lenguaje de Ferrero participa de esa misma poética. Es una prosa de aparente transparencia, pero no simple. Bajo su claridad hay un trabajo muy fino con la elipsis, con la frase medida, con las imágenes que no clausuran sino que dejan reverberación. No es una escritura del golpe de efecto ni de la ornamentación. Tampoco de la sequedad programática que hoy a menudo se confunde con profundidad. Lo suyo es otra cosa: una dicción sobria, ligeramente suspendida, que permite que el sentido emerja por capas. En este libro, la palabra no tapa el silencio mediante un exceso verbal; lo bordea y, al bordearlo, deja oír su presión. Eso me parece especialmente valioso en un momento en que tanta narrativa autobiográfica confía demasiado en la explicitud, en la transparencia emocional como garantía de verdad. Los astronautas recuerda que la verdad literaria no siempre coincide con decirlo todo, y que a veces sólo puede aparecer en la forma de una vacilación bien construida.
Dentro del panorama español contemporáneo, la novela dialoga con una línea de escritura muy atenta a las herencias afectivas, a los relatos familiares y a la memoria íntima, pero lo hace sin plegarse del todo a sus fórmulas más reconocibles. Hay en ella ecos de la literatura del yo, desde luego, y de cierta narración generacional que ha hecho del archivo doméstico, la filiación y la identidad materiales centrales. Sin embargo, Ferrero evita dos trampas frecuentes en ese territorio: la fetichización del documento y la mitificación del origen. Ni la prueba material garantiza por sí sola una verdad redentora, ni el pasado comparece como una escena originaria que explique limpiamente el presente. Lo que comparece es, más bien, la experiencia de tener que vivir con una narración incompleta de uno mismo.
Por eso la dimensión ética de la novela me parece indisociable de su forma. Los astronautas no plantea únicamente una pregunta por la verdad de los hechos, sino por el derecho a narrarse y por el coste de haber sido narrada por otros. Esa es, en el fondo, su cuestión más incisiva. No se trata sólo de descubrir qué ocurrió, sino de advertir que la identidad puede quedar condicionada por relatos previos, por omisiones heredadas, por ficciones protectoras que terminan operando como destino. Ferrero no convierte ese conflicto en alegato ni en denuncia explícita. Su inteligencia consiste en mostrar hasta qué punto la subjetividad se forma en la tensión entre lo que recordamos, lo que nos contaron y lo que nadie nos dijo.
Leída desde este itinerario de las literaturas del silencio, la novela adquiere una nitidez particular. Aquí el silencio no es recogimiento ni mera reserva expresiva: es una tecnología afectiva, una forma de administración del daño. Y, al mismo tiempo, la escritura aparece como un gesto insuficiente pero necesario, no para cancelar la zona muda, sino para darle contorno. Ésa es quizá la paradoja más fértil del libro: sólo puede hablar de la herida aceptando que una parte de ella seguirá sin traducirse del todo.
Mi hipótesis crítica es ésta: Los astronautas no trata tanto de recuperar un pasado perdido como de mostrar que toda identidad nace ya mediada por ficciones ajenas, y que escribir consiste menos en desvelar una verdad última que en aprender a escuchar la forma exacta de aquello que nunca llegó a decirse.
PUNTO Y SEGUIDO – Susana Diéguez



