Fermín Caballero, o la literatura del país real

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Hay autores que no desaparecen porque fueran menores, sino porque incomodan a la manera en que una tradición decide contarse. A Fermín Caballero (Barajas de Melo, Cuenca, 1800-Madrid, 1876) le ha ocurrido justamente eso. No encaja del todo en el canon literario, aunque escribió con una voluntad de estilo evidente; no cabe sólo en la historia política, aunque fue diputado, gobernador civil, alcalde de Madrid y ministro de la Gobernación; tampoco se deja reducir a la erudición local, pese a que una parte de su obra nace de una atención minuciosa al territorio, a los nombres de lugar, a la agricultura y a la vida municipal. Su caso me interesa porque revela una forma de inteligencia española hoy poco leída: la que quiso pensar el país desde el suelo, desde el mapa y desde la administración concreta de la vida común.

Caballero nació en la Mancha conquense, en una España que todavía vivía entre el eco de la Ilustración tardía, la crisis del Antiguo Régimen y la violencia política del primer liberalismo. Su trayectoria pública estuvo ligada al campo progresista, y esa adscripción no es una nota marginal: organiza su escritura. Fue un liberal de convicción práctica, más atento a la reforma efectiva que al brillo doctrinal. En sus páginas importa menos la retórica de las grandes palabras que la pregunta por cómo vive una población, cómo se ordena un término municipal, cómo se cultiva una tierra, cómo se nombra un lugar. Esa inclinación lo sitúa en una tradición decisiva del XIX español, la de quienes entendieron que la modernización no era una abstracción, sino una tarea material.

Su obra es amplia y heterogénea. Entre sus títulos más significativos figuran Nomenclatura geográfica de España, Fomento de la población rural, Manual geográfico-administrativo de la monarquía española y varios estudios históricos y biográficos, entre ellos los dedicados a Cristóbal Colón. Leído hoy, ese conjunto sorprende por su coherencia íntima. Todo en Caballero responde a una misma obsesión: hacer legible el país. No “España” como emblema sentimental, sino como realidad física, demográfica, administrativa y moral. En ese sentido, su escritura tiene una ética: conocer bien para reformar mejor.

No me parece justo leerlo como un simple técnico. Hay en él una poética de la exactitud. Su prosa busca la claridad, sí, pero no renuncia a una modulación personal que procede del ensayista. La voz de Caballero es la de un observador que quiere persuadir sin teatralidad. No suele apoyarse en el relámpago aforístico ni en la imagen brillante; prefiere la secuencia razonada, el párrafo que avanza por acumulación de pruebas, la enumeración organizada, el dato que no se exhibe como ornamento sino como fundamento. Esa forma de escribir ha envejecido mejor de lo que podría pensarse, porque hoy, fatigados de tanta grandilocuencia, volvemos a apreciar la prosa que no infla su objeto.

Formalmente, sus libros se articulan muchas veces como repertorios, memorias, descripciones analíticas o tratados de intención práctica. Esa estructura, que a primera vista puede parecer árida, es parte de su sentido. Caballero escribe desde la convicción de que ordenar el conocimiento es ya intervenir en el mundo. La lista, el catálogo, la clasificación, lejos de ser procedimientos neutros, componen una política del saber. Nombrar con precisión un lugar, fijar una división administrativa, describir los recursos de una comarca o estudiar las condiciones del poblamiento rural equivalía, para él, a sacar a España de la improvisación.

Su lenguaje responde a ese proyecto. Predomina un léxico preciso, a veces técnico, pero no opaco; un castellano de administrador ilustrado que, sin embargo, conserva una temperatura moral. No es la prosa nerviosa de Larra ni la ironía mundana de Mesonero Romanos. Está más cerca de una escritura de utilidad pública, y eso precisamente ha contribuido a su olvido. La historia literaria española ha privilegiado a menudo los géneros con mayor prestigio simbólico —la novela, la lírica, el artículo brillante— y ha relegado una zona entera de la escritura ensayística donde se debatía algo central: la relación entre conocimiento y ciudadanía.

Creo que ésa es una de las razones literarias de su desaparición relativa. Caballero fue víctima de una clasificación estrecha de lo literario. Como no fue novelista canónico ni poeta memorable, quedó arrinconado en los márgenes de la erudición. Pero también hubo razones políticas. Su liberalismo progresista, su presencia institucional y su fe en la reforma civil lo vinculan a una España decimonónica que más tarde resultó incómoda para relatos simplificados, tanto los conservadores como algunos revolucionarios. Caballero representa una modernidad sobria, municipal, paciente, nada épica. Y las tradiciones culturales suelen recordar mejor a quienes encarnan el conflicto de manera espectacular que a quienes trabajan en los tejidos discretos de la vida pública.

A eso se suma otro factor: el centralismo del canon. Un autor tan atento a lo local, a la provincia, al municipio y a la geografía concreta corre el riesgo de ser leído como “regional” o secundario. Sin embargo, en Caballero ocurre lo contrario: cuanto más mira un territorio particular, más inteligible hace el conjunto nacional. Su obra sobre la población rural y la organización territorial no es un apéndice localista, sino una tentativa de pensar España desde abajo, desde sus asentamientos, sus desequilibrios y sus nombres. En eso anticipa preocupaciones que luego reaparecerán, con otros registros, en Joaquín Costa o en buena parte del regeneracionismo.

También su faceta de biógrafo e historiador merece atención. Cuando escribe sobre figuras como Colón, no lo hace desde la leyenda vacía, sino desde una voluntad documental muy propia del siglo XIX erudito. Le interesa restituir contextos, depurar datos, contrastar fuentes. Esa disciplina le da autoridad, aunque a veces sacrifique la vivacidad narrativa. Pero incluso ahí encuentro una lección: Caballero desconfiaba del mito cuando el mito se divorcia del trabajo crítico. Esa cautela es profundamente moderna.

Su legado, visto en perspectiva, no reside sólo en los contenidos, sino en el tipo de intelectual que encarnó. Fue un escritor para quien el pensamiento debía tocar la realidad. Frente al romanticismo del gesto o al mero doctrinarismo, propuso una cultura de la observación, de la administración razonada y del conocimiento territorial. En una época como la nuestra, tan propensa a opinar sobre “la España vacía”, la despoblación, el municipalismo o el desequilibrio territorial sin memoria histórica suficiente, volver a Caballero sería algo más que un rescate arqueológico: sería recuperar una conversación interrumpida.

Yo lo leería, en fin, como un autor de frontera: entre literatura y ciencia social, entre historia y reforma, entre el ensayo y la intervención pública. Y precisamente por habitar esa frontera ha sido olvidado. Pero las fronteras son a menudo los lugares más fértiles. La sociedad cultural española tiene pendiente devolver a Fermín Caballero a la circulación lectora que merece, no por caridad patrimonial, sino porque en sus libros sigue latiendo una idea exigente del país: conocerlo con precisión para no administrarlo a ciegas.

Como tarea de lectura, empezaría por Nomenclatura geográfica de España, Fomento de la población rural y Manual geográfico-administrativo de la monarquía española. Y, para situarlo mejor, conviene leerlo junto a Larra, Mesonero Romanos y, en perspectiva, Joaquín Costa: no para confundirlos, sino para entender mejor la pluralidad del siglo XIX español y la parte de esa tradición que hemos dejado injustamente fuera de foco.

PUNTO Y SEGUIDO – Susana Diéguez

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