Me obligo a señalar, que al leer por primera vez a Amin Maalouf, me convertí en ferviente admirador de este escritor nacido en Beirut (Líbano), a quien sigo con especial atención todas sus obras publicadas en España.
León el Africano, de Amin Maalouf, me sigue pareciendo una de esas novelas que entran en la tradición del gran relato histórico para desmentirla desde dentro. No porque renuncie a sus instrumentos más visibles —la amplitud geográfica, el personaje atravesado por los acontecimientos, el diálogo con épocas convulsas—, sino porque los emplea para cuestionar cualquier ilusión de identidad estable, de pertenencia unívoca o de verdad histórica compacta. Lo que en otros autores habría derivado en reconstrucción de época, en color local o en pedagogía del pasado, aquí se convierte en una indagación moral sobre el desarraigo y la traducción de uno mismo.
Lo primero que me interesa subrayar es la elección de la voz. Maalouf no se limita a narrar una vida; construye una enunciación que hace de la biografía una forma de conciencia. La primera persona no funciona aquí como simple recurso de intimidad, sino como dispositivo de legitimación y de extrañeza a la vez. Quien habla lo hace desde la memoria, pero también desde una posición desplazada, como si el yo solo pudiera entenderse retrospectivamente a través de sus mudanzas, de sus pérdidas y de sus acomodos. Esa voz, en apariencia llana, contiene una tensión muy eficaz: su serenidad verbal no elimina la fractura interior del personaje, sino que la vuelve más persuasiva. No hay estridencia, no hay búsqueda enfática del dramatismo; hay, más bien, una sobriedad que le sienta bien a la materia narrativa porque evita convertir la peripecia en espectáculo.
Esa contención tiene consecuencias en el lenguaje. Maalouf escribe con una claridad muy calculada, casi transparente, pero esa transparencia no debe confundirse con neutralidad estilística. Su prosa está trabajada para que la fluidez cumpla una función ética: hacer legible la complejidad de un mundo de contactos, tránsitos y mestizajes. No me parece una escritura que aspire al brillo autónomo de la frase, ni tampoco a la densidad simbólica que reclama una lectura lenta y sospechosa. Su apuesta es otra: una elegancia narrativa que no estorbe la circulación de ideas, de paisajes culturales y de formas de vida. En ese sentido, León el Africano participa de una tradición de novela culta, sí, pero no exhibicionista; sabe mucho y, sin embargo, procura no alardear de lo que sabe.
La estructura del libro refuerza esa impresión. Aunque el relato recorre espacios históricos muy marcados —Granada, el norte de África, el mundo otomano, Roma—, la novela no se organiza como una suma de estampas exóticas ni como una mera secuencia de etapas en el aprendizaje del protagonista. Lo que articula sus movimientos es una lógica de desplazamiento continuo, una especie de pedagogía de la inestabilidad. Cada cambio de escenario reconfigura no solo la mirada del narrador, sino el propio sentido de los hechos. Por eso el libro no debe leerse únicamente como novela de aventuras históricas. A mí me interesa más como novela de pasaje: pasaje entre lenguas, entre credos, entre formas de poder, entre maneras de nombrarse. El verdadero argumento, si se me permite decirlo así, no es lo que le ocurre al personaje, sino lo que el tránsito hace con su conciencia.
Ahí reside, a mi juicio, uno de los mayores aciertos técnicos de Maalouf: haber encontrado una forma narrativa adecuada para pensar la identidad como una realidad móvil y compuesta. Hoy tendemos a hablar de mestizaje, frontera o hibridez con una soltura teórica que a veces rebaja la experiencia concreta de esas palabras. En León el Africano, en cambio, esos conceptos recuperan densidad humana. No aparecen como consignas amables, sino como formas de intemperie. El personaje encarna la posibilidad de habitar entre mundos, pero también el precio de no pertenecer del todo a ninguno. Esa ambivalencia salva a la novela de una lectura complaciente. No idealiza el cosmopolitismo; muestra su fertilidad, desde luego, pero también su fragilidad política y afectiva.
En el contexto de la narrativa contemporánea, el libro ocupa un lugar singular. Pertenece a esa línea de ficción histórica que no usa el pasado para decorar el presente, sino para interrogarlo. Publicada a finales de los años ochenta, la novela dialoga con un momento en que Europa empezaba a formular con más urgencia sus debates sobre migración, memoria, identidad cultural y relación con el Mediterráneo. Anticipa muchas de esas discusiones sin someterse a su jerga. Su inteligencia consiste precisamente en no convertir la novela en un ensayo disfrazado. Las ideas están incorporadas a la respiración del relato. Por eso su dimensión ética resulta más convincente que la de tantas ficciones contemporáneas empeñadas en demostrar una tesis.
También conviene situarla en relación con la obra del propio Maalouf, siempre atenta a las zonas de contacto entre Oriente y Occidente. Pero aquí esa preocupación adquiere una forma especialmente fértil porque evita el esquematismo del puente entre civilizaciones. No hay dos bloques cerrados que dialogan; hay una constelación de lealtades, de conflictos y de adaptaciones donde las fronteras nunca son del todo nítidas. Esa complejidad histórica tiene una traducción formal muy precisa: el relato se sostiene en un equilibrio delicado entre distancia reflexiva e inmersión emocional. El narrador comprende mucho, pero no lo domina todo; recuerda, interpreta, se explica, pero no consigue suturar la herida del exilio. Esa imposibilidad de cierre me parece esencial.
No diría, con todo, que estamos ante una novela perfecta. En algunos pasajes se advierte cierta tendencia a ordenar la experiencia en una claridad quizá excesiva, como si el deseo de inteligibilidad venciera por momentos a la aspereza de lo vivido. Hay episodios y reflexiones que bordean una ejemplaridad demasiado nítida, una voluntad de sentido que reduce la opacidad de la historia. A mí eso me interesa menos. Prefiero el Maalouf que se permite la contradicción íntima, el matiz irresuelto, la conciencia partida. Pero incluso ahí la novela conserva su fuerza, porque nunca cae en la simplificación sentimental ni en la moraleja vistosa.
Lo más perdurable del libro, en mi lectura, es su negativa a pensar la identidad desde la pureza. León el Africano impugna, con la sola forma de su relato, la ficción de los orígenes incontaminados. Y lo hace sin panfleto, sin pedagogía obvia, sin buscar la aprobación automática del lector contemporáneo. Lo que propone es algo más exigente: aceptar que toda identidad verdadera lleva dentro una historia de pérdidas, traducciones y desajustes. En una época como la nuestra, tan dada a reafirmaciones cerradas y a pertenencias vociferantes, esa lección sigue teniendo una potencia notable.
Yo leería esta novela, por tanto, no como celebración de un héroe entre culturas, sino como una meditación sobre el coste de sobrevivir a varias historias a la vez. Maalouf entiende que quien ha habitado varias lenguas y varios mundos no posee una identidad más rica en un sentido ornamental, sino más vulnerable, más expuesta, más difícil de narrar sin traicionarla. Ahí encuentro la verdadera estatura del libro: en haber hecho de esa vulnerabilidad una forma de lucidez narrativa.
Mi hipótesis crítica, en fin, es que León el Africano no trata tanto de la convivencia entre civilizaciones como de la imposibilidad de regresar intacto a una sola. Y quizá por eso sigue interpelándonos: porque no ofrece un modelo de conciliación, sino una conciencia escindida que aprende a vivir en el intervalo.
Concluyo señalando que disfruté mucho de su lectura.
© Anxo do Rego para VENTANA DE ENSAYO CRÍTICO



