Italia, 1861: el Risorgimento o la unidad a golpes de mapa

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La unificación italiana no fue un despertar espontáneo de una nación dormida, sino una construcción política trabajosa, desigual y a menudo violenta. En 1861, cuando Víctor Manuel II fue proclamado rey de Italia, el mapa de la península había cambiado de forma decisiva; pero la unidad distaba de estar rematada. El Risorgimento fue a la vez una idea romántica, una operación diplomática y una serie de guerras que cosieron territorios distintos bajo una misma corona.

Contexto y localización de la secuencia

La secuencia se sitúa en la península itálica entre las revoluciones de 1848 y la proclamación del Reino de Italia en marzo de 1861, con prolongaciones claras hasta 1870, cuando Roma quedó incorporada al nuevo Estado. El espacio es fragmentario: el Piamonte-Cerdeña al noroeste; Lombardía y el Véneto bajo influencia o dominio austríaco; los ducados centrales; los Estados Pontificios en el corazón de la península; y el Reino de las Dos Sicilias en el sur. Esa diversidad explica buena parte del proceso: Italia no se “reunifica” en sentido estricto, porque durante siglos no había existido como Estado unitario moderno, sino que se unifica por primera vez bajo una monarquía constitucional piamontesa.

El motor político de la operación fue el Reino de Piamonte-Cerdeña, con Víctor Manuel II como monarca y Camillo Benso, conde de Cavour, como principal arquitecto diplomático. Frente a la vía insurreccional y republicana de Giuseppe Mazzini, Cavour apostó por una estrategia de alianzas, guerra limitada y anexiones plebiscitarias. La guerra contra Austria de 1859, librada con el apoyo de Napoleón III, permitió incorporar Lombardía. Después, Parma, Módena, Toscana y la Romaña votaron su anexión al Piamonte. En 1860, la expedición de los Mil de Giuseppe Garibaldi derribó el poder borbónico en Sicilia y Nápoles. Garibaldi avanzó como revolucionario, pero acabó cediendo sus conquistas al rey en Teano: un gesto que simboliza bien la tensión entre épica popular y construcción monárquica del nuevo Estado.

Desde el punto de vista formal, el Risorgimento combina tres planos que conviene no confundir. Primero, el ideológico: la nación como comunidad histórica y cultural, alimentada por el romanticismo político europeo del siglo XIX. Segundo, el militar: sin las campañas de 1859 y 1860, la unidad no habría pasado del discurso. Y tercero, el diplomático: la cuestión italiana dependió tanto de los patriotas como del debilitamiento austríaco, de los cálculos franceses y del juego internacional posterior a la guerra de Crimea. Italia nació, en gran medida, “a golpes de mapa”: por cesiones, anexiones, tratados, plebiscitos y campañas relámpago.

Ahora bien, 1861 no resolvió el problema italiano, apenas le dio una forma estatal. Quedaban fuera el Véneto y Roma, incorporados después, en 1866 y 1870. Más honda aún fue la fractura interna entre norte y sur. El nuevo Estado adoptó instituciones, administración y fiscalidad piamontesas, lo que muchos territorios meridionales percibieron como una ocupación más que como una liberación. El llamado brigantaggio, especialmente intenso en el Mezzogiorno, no fue simple delincuencia rural: expresó también el rechazo social y político a la nueva Italia. Esa tensión norte-sur, económica, cultural y administrativa, acompañará a la historia italiana durante décadas.

Conviene, además, no idealizar el proceso. El Risorgimento produjo un relato heroico —Mazzini, Cavour, Garibaldi, Víctor Manuel II— muy eficaz para la memoria nacional, pero más compacto que la realidad. La unidad no surgió de un consenso popular homogéneo, ni de una identidad italiana ya madura, sino de una minoría política capaz de imponer una dirección común. Aun así, sería injusto reducirla a maniobra de élites: el nuevo Estado respondió también a una aspiración cultural profunda, visible en la lengua literaria, en la prensa, en la circulación de símbolos patrióticos y en la conciencia creciente de pertenecer a una historia compartida.

Italia, en 1861, fue menos la culminación de una nación preexistente que el comienzo conflictivo de su fabricación. Ahí reside su interés histórico: en mostrar que las naciones modernas no nacen limpias ni completas, sino entre ideales, violencia, negociación y memoria.

Fuentes y referencias

  • Denis Mack Smith, Cavour and Garibaldi 1860: A Study in Political Conflict

  • Lucy Riall, Garibaldi: Invention of a Hero

  • Alberto Mario Banti, Il Risorgimento italiano

  • Christopher Duggan, The Force of Destiny: A History of Italy Since 1796

  • Rosario Romeo, Cavour e il suo tempo

  • Giuseppe Galasso, L’Italia nuova. Per la storia del Risorgimento e dell’Italia unita

© Valentín Castro

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