Las dos caras de enero, de Patricia Highsmith (07)

Las dos caras de enero, publicada por Patricia Highsmith en 1964, ocupa un lugar singular dentro de la novela negra porque desplaza el centro de gravedad del género: aquí no manda tanto la intriga policial como la erosión moral de los personajes. Más que averiguar qué ha ocurrido, lo decisivo es asistir a cómo tres figuras se observan, se desean, se utilizan y acaban arrastradas por una lógica de miedo, impostura y dependencia. Leída hoy, sigue resultando incómoda precisamente por eso: porque Highsmith no ofrece descanso moral ni reparación, sino una exploración fría y minuciosa de la culpa, la fascinación y el autoengaño.

El arranque en Atenas tiene algo de mecanismo fatal. Rydal Keener, joven norteamericano errante, culto a medias, inquieto y con un pie siempre en la impostura, conoce a Chester MacFarland, un estafador elegante que viaja por Europa con su esposa, Colette, bastante más joven que él. Entre los tres se establece enseguida una relación ambigua. Rydal admira y recela de Chester; Chester cree reconocer en el muchacho una amenaza y un posible aliado; Colette introduce una tensión erótica que nunca se convierte del todo en romance, pero sí en una corriente de atracción y rivalidad. Cuando la violencia irrumpe, el viaje se transforma en fuga: Grecia, Creta, otros hoteles, puertos, desplazamientos, identidades movedizas. El argumento, en el fondo, es sencillo. Lo complejo es la red psicológica que Highsmith teje entre ellos.

En ese sentido, la localización no es un mero decorado exótico. La Grecia turística, arqueológica y soleada de Las dos caras de enero funciona como un escenario de máscaras y ruinas. Highsmith aprovecha ese contraste entre la claridad mediterránea y la opacidad moral de sus criaturas. No hay niebla, callejones húmedos ni comisarías sombrías, que serían marcas más convencionales del noir; hay templos, pensiones, calor, trayectos, extranjeros desarraigados. Y, sin embargo, la novela es profundamente negra. Lo es porque convierte el viaje en una forma de descomposición ética. Europa aparece como territorio de tránsito, de anonimato relativo, de libertad degradada: un espacio ideal para que la mentira prospere y para que los personajes ensayen versiones de sí mismos.

A mí me interesa especialmente cómo Highsmith trabaja la filiación simbólica entre Rydal y Chester. No son solo dos hombres enfrentados por una mujer o por una situación criminal: son también dos reflejos deformados, casi dos edades de una misma deriva masculina. Hay entre ellos una relación de rivalidad, de proyección y de dependencia que remite menos a la novela de enigma que al drama psicológico. En eso Highsmith se aparta de la tradición más clásica de la novela negra estadounidense, la de Hammett o Chandler, donde todavía persistía una cierta arquitectura moral alrededor del detective. Aquí no hay figura ordenadora. Nadie investiga para restablecer el sentido. Todo se mueve en una zona turbia donde los vínculos personales sustituyen al mecanismo de pesquisa.

Las comparaciones más fértiles, a mi juicio, no están tanto en Chandler como en Georges Simenon. Como en algunas novelas duras de Simenon, lo decisivo no es el delito en sí, sino la presión interior que empuja a un individuo hacia el desmoronamiento. También puede emparentarse con Graham Greene por esa mezcla de desplazamiento geográfico, conciencia culpable y personajes atrapados entre la necesidad y la degradación. Pero Highsmith tiene una cualidad muy suya: mira a sus criaturas sin absolverlas ni condenarlas del todo. Esa suspensión moral, que en ocasiones roza la crueldad, es una de las marcas de su genio.

Desde el punto de vista formal, la novela destaca por una prosa limpia, tensa, sin ornamentación innecesaria. Highsmith no subraya; insinúa. La voz narrativa, en tercera persona, se adhiere con gran elasticidad a la percepción de los personajes, sobre todo a Rydal y Chester, y consigue que el lector comparta sus cálculos, sus temores, sus racionalizaciones. Esa cercanía no genera empatía cómoda, sino complicidad incómoda. Sabemos más de lo que deberíamos, y esa información nos compromete como lectores. La estructura, además, está muy bien dosificada: parte de un encuentro casual, avanza hacia una alianza forzada y desemboca en un encierro psicológico cada vez más asfixiante. El suspense no procede solo del peligro externo, sino del modo en que cada personaje interpreta al otro.

El lenguaje responde a esa misma poética de contención. Highsmith escribe con precisión, pero no con brillo ostentoso. Sus diálogos tienen una rigidez calculada, casi siempre atravesada por lo que callan. En muchas escenas, lo esencial no está en lo dicho, sino en el leve desplazamiento de una sospecha, en una frase ambigua, en un gesto mínimo. Esa economía expresiva conviene mucho a una historia en la que todo depende de la vigilancia mutua. La novela avanza por insinuación y por roce, no por grandes estallidos verbales.

Dentro del contexto literario de los años sesenta, Las dos caras de enero confirma el desplazamiento de la novela criminal hacia territorios más existenciales y menos reglados. Highsmith recoge elementos del thriller, pero los subvierte al convertir el crimen en un catalizador de identidades frágiles. Éticamente, la novela resulta particularmente moderna porque no propone una pedagogía del castigo. Lo que muestra es algo más inquietante: hasta qué punto la identidad puede estar hecha de imposturas sucesivas, y hasta qué punto el deseo de ser otro, o de ocupar el lugar del otro, puede conducir a la destrucción. En ese sentido, la obra no habla solo de delincuencia, sino de parasitismo moral, de masculinidad herida, de fascinación por el doble y de la precariedad de cualquier relato que construimos sobre nosotros mismos.

Yo diría que ahí reside su verdadera fuerza. Las dos caras de enero no se limita a contar una persecución ni un triángulo turbio; convierte ambos motivos en una meditación narrativa sobre el fraude íntimo. Por eso sigue viva. Porque en Highsmith el mal nunca es completamente excepcional: nace de una grieta cotidiana, de una debilidad reconocible, de una mentira que primero sirve para sobrevivir y luego termina devorándolo todo.

Recomiendo su lectura a los lectores amantes del género que busquen una novela negra menos policial que moral, más interesada en la ambigüedad humana que en la resolución del enigma.

PUNTO Y SEGUIDO – Marcos Gómez-Puertas

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