París como aprendizaje literario 2/5

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Desde muy joven sentí la necesidad de escribir, de crear, de dejar que la intuición y la imaginación se casaran con mis manos: primero con la pluma y el bolígrafo; más tarde, frente al teclado de mi primera Hispano Olivetti, una Pluma 22 que aporreaba con la impaciencia propia del principiante, convencido de que la literatura se había fijado en mí para revelar unas virtudes envueltas todavía en vehemencia juvenil. Los resultados no podían ser entonces sino despropósitos, tentativas atropelladas que el tiempo, la lectura y una cierta disciplina fueron corrigiendo poco a poco.

Aprendí más tarde que no se escribe solo por impulso, ni únicamente por necesidad, sino también por contagio, por admiración y por convivencia con quienes han sabido convertir la experiencia en lenguaje. Leer a los clásicos, y desde luego a los contemporáneos, como me sugirió hace años un lector empedernido y hombre de ideas firmes, me enseñó que escribir no consiste únicamente en decir, sino en encontrar el tono exacto, la medida justa, la respiración propia de cada frase. Y en ese aprendizaje, como en tantos otros, París terminó apareciendo ante mí no solo como una ciudad, sino como una forma de educación sentimental y literaria.

He pensado muchas veces que algunos escritores no llegan a París: son convocados por ella. Acuden con el deseo de escribir, o de escribirse, y la ciudad acaba ofreciéndoles una escena, una tradición y hasta una máscara. Allí el aspirante se prueba a sí mismo frente a una herencia prestigiosa, pero también frente a sus propias limitaciones. París ha sido para muchos una escuela sin aulas: una escuela de hambre, de deslumbramiento, de observación y de estilo. No me cuesta reconocer que, en mi caso, esa impresión no procede solo de mis estancias en la ciudad, sino también de haberla leído antes en quienes hicieron de ella un lugar de iniciación.

Pienso, en primer lugar, en Enrique Vila-Matas y en París no se acaba nunca, un libro al que ya me referí al comenzar esta serie y que vuelve ahora con plena justicia. En sus páginas no hay únicamente una evocación de la juventud parisina, sino una reflexión aguda sobre el deseo de ser escritor. Vila-Matas se instala en París con la conciencia casi teatral de estar entrando en un territorio consagrado por la literatura. Hay en él bohemia, pobreza, ensayo de identidades y hasta una cierta ironía sobre la propia figura del escritor principiante, que a veces se toma demasiado en serio y, sin embargo, necesita hacerlo para perseverar. Lo más valioso del libro, a mi juicio, es que convierte París en un espacio doble: una experiencia vivida y, al mismo tiempo, una invención personal. La ciudad existe, sí, pero también la construye quien la mira desde su ambición, sus lecturas y sus inseguridades.

Al leer a Vila-Matas siempre he tenido la impresión de que París actúa en su obra como un espejo exigente. No basta con estar allí: hay que medir en qué medida uno está realmente a la altura de lo que espera de sí mismo. Ese es quizá uno de los grandes aprendizajes literarios que ofrece la ciudad. París no concede automáticamente ninguna legitimidad; más bien obliga a contrastar la ilusión con la realidad, la pose con la obra, el deseo de pertenecer con la dificultad de encontrar una voz. En ese sentido, la lección de Vila-Matas sigue siendo enormemente contemporánea: escribir no consiste en instalarse en un mito, sino en atravesarlo.

Si Vila-Matas representa, para mí, la conciencia moderna y a ratos irónica de ese aprendizaje, Ernest Hemingway encarna quizá su versión más legendaria. París era una fiesta fijó como pocos libros la imagen de la ciudad como escuela de escritor. En sus páginas aparecen el hambre, la estrechez económica, los cafés, las caminatas, las librerías, las amistades literarias y una felicidad precaria hecha de trabajo diario y fervor por la escritura. Hemingway convirtió París en el escenario casi canónico de la formación del joven autor: un lugar donde se vive con poco, se observa mucho y se aprende a separar lo esencial de lo superfluo.

He pensado a menudo que el gran poder de ese libro reside en haber dado forma a una educación artística casi artesanal. Se aprende a escribir, parece decirnos Hemingway, no desde la comodidad ni desde la teoría, sino desde la atención radical al mundo, desde la rutina, desde la pobreza aceptada como peaje transitorio y desde una confianza obstinada en el oficio. Hay en ello, desde luego, una dosis de mitificación. El propio París de Hemingway ha acabado siendo una de las imágenes más persistentes de la ciudad en la imaginación literaria occidental. Pero incluso admitiendo ese componente mítico, el libro sigue conservando una verdad que no caduca: la literatura exige una forma de vida, una disciplina y una entrega que no siempre son compatibles con la prisa contemporánea.

Cuando paseo por París, entro en un café o me detengo a observar el movimiento de una calle, no me resulta difícil comprender por qué esa ciudad ha servido a tantos como una pedagogía de la mirada. Hemingway supo entenderlo bien. La ciudad enseña a mirar, y esa lección no es menor. Quien quiere escribir necesita antes aprender a ver: la luz sobre una mesa, una conversación entrecortada, el gesto de una camarera, el cansancio de quien vuelve a casa al final de la tarde, la llovizna sobre un puente, el silencio de una biblioteca. París educa en esa atención minuciosa, y quizá por eso tantos escritores han sentido allí que empezaban de verdad.

El tercer nombre que se me impone en este recorrido es el de Gertrude Stein, y con ella Autobiografía de Alice B. Toklas, libro fundamental para comprender otro tipo de aprendizaje: el que se produce no ya en la soledad del aspirante, sino en medio de una constelación artística. En sus páginas desfilan Picasso, Matisse, Hemingway y tantos otros nombres que hicieron de París un centro de irradiación estética en la primera mitad del siglo XX. La ciudad aparece como laboratorio cultural, como salón de modernidad y como punto de encuentro entre escritores, pintores, marchantes y aventureros de la forma.

Lo que Stein aporta a esta idea de París como aprendizaje literario es decisivo. Su ciudad no enseña solo a escribir: enseña a situarse dentro de una conversación artística más amplia. Uno aprende allí que la literatura no nace aislada, sino en contacto con otras artes, otras voces y otras miradas. En ese París de las vanguardias, escribir significaba también discutir, escuchar, disentir, frecuentar talleres, asistir a nacimientos estéticos y advertir que la modernidad no era una abstracción, sino una experiencia viva. Hay ciudades que ofrecen belleza; París, en momentos privilegiados de su historia, ha ofrecido además interlocutores.

Esa es quizá una de las razones por las que la ciudad ha seguido atrayendo a escritores de tan distinta condición, lengua y procedencia. En París, el aprendizaje literario no se limita al perfeccionamiento técnico. Tiene que ver con una transformación más amplia: la del que escribe y comienza a entender que una voz se forma tanto en la lectura como en la experiencia, tanto en el recogimiento como en la intemperie, tanto en la ambición como en la duda. París ha sido para muchos el lugar donde esa mezcla adquiere una intensidad particular.

No sé si yo habría querido encontrarme con la ciudad en una edad más temprana, como les ocurrió a algunos de esos autores, o si precisamente el momento en que llegó a mí era el único posible. Sospecho que cada edad ve un París distinto y aprende de él una lección diferente. El joven busca una consagración futura; el hombre maduro quizá busca una confirmación íntima, una conversación más serena con aquello que aún desea escribir. En cualquier caso, lo cierto es que París sigue actuando como una escuela, incluso cuando uno ya no espera lecciones tan decisivas.

Por eso he querido detenerme en este primer gran apartado de la serie. Antes que ciudad de monumentos o de postales, París ha sido para muchos una ciudad de formación. Allí el escritor aprende a mirarse, a medir su vocación, a escuchar lo que otros hicieron antes que él y, sobre todo, a comprender que escribir exige algo más que talento o entusiasmo: exige un modo de estar en el mundo. Vila-Matas lo entendió desde la ironía y la conciencia del mito; Hemingway, desde el hambre y el oficio; Gertrude Stein, desde la conversación de las artes y la energía de la modernidad. Los tres, a su manera, supieron que en París no solo se vive ni solo se escribe: también se aprende.

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