El Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana para Samanta Schweblin

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Por fin se ha despejado la incógnita, y el I Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana ya tiene ganadora: Samanta Schweblin, reconocida por su libro de relatos El buen mal, publicado por Seix Barral. El premio no ha querido ser discreto en su estreno: un millón de euros para la autora y 30.000 para cada uno de los finalistas. La cifra, desde el primer día, ha funcionado como reclamo, como detonante de debate y también como síntoma de una cierta forma de entender la cultura en España: la literatura, para ser visible, parece condenada a convertirse en acontecimiento.

No oculto que, en mi caso, la resolución del premio deja un poso doble. Por un lado, siento sinceramente que Enrique Vila-Matas no haya sido el galardonado. Lo digo sin ironía y sin estrategia: pocos escritores contemporáneos han defendido con tanta inteligencia, tanta libertad y tanta singularidad una idea de la literatura entendida como arte de la digresión, de la conciencia y del desvío. Su presencia entre los finalistas daba al premio una densidad literaria que no era menor. Me habría alegrado verlo ganar. Pero esa preferencia personal no es obstáculo, ni debería serlo, para felicitar con limpieza a Samanta Schweblin, cuya obra lleva años demostrando una rara capacidad para inquietar sin estridencias, para abrir grietas en lo real y para devolver al relato breve una ambición literaria que demasiadas veces se le niega.

De hecho, si algo tiene interés en este fallo es precisamente que haya recaído sobre un libro de cuentos. Ahí sí hay una decisión que merece ser subrayada. En un ecosistema editorial que sigue tratando la novela como género imperial, premiar un volumen de relatos introduce una nota disonante, y esa disonancia honra al jurado. Schweblin lo entendió bien en su discurso al celebrar que el premio incluyera otros géneros más allá de la novela y al afirmar que esta primera edición ha premiado “la excepción”. La frase es afortunada porque toca un nervio real del problema: el cuento sigue siendo, dentro de la lógica comercial del libro, una forma literaria admirada pero a menudo relegada, respetada pero no siempre respaldada por las grandes operaciones de mercado.

Ahora bien, conviene no precipitar la euforia. Que haya ganado un libro de relatos no anula las prevenciones que este premio despertó desde su anuncio. El millón de euros sigue ahí, no como simple dotación, sino como símbolo. Sigue planteando la misma pregunta de fondo: qué entiende una empresa semipública por política cultural cuando decide irrumpir en el espacio literario a golpe de cifra desmesurada. El fallo no borra esa discusión; como mucho, la desplaza. Ya no se trata sólo de la cuantía, sino de comprobar si el premio será capaz de producir un prestigio literario autónomo o si quedará reducido a una réplica aparatosa del modelo Planeta, con un barniz de respetabilidad crítica.

Porque ése sigue siendo el riesgo principal. El Planeta, con todos sus excesos, pertenece sin disimulo al teatro comercial de la industria. El Aena parece aspirar a algo más noble: intervenir en la conversación literaria, acercarse al modelo del Goncourt o del Booker, situarse en el terreno del reconocimiento serio a obra publicada. Pero esas aspiraciones no se logran por decreto ni por presupuesto. Se logran con continuidad, con riesgo, con criterio y, sobre todo, con la capacidad de alterar el mapa de lectura sin confundir prestigio con ruido. En este sentido, el triunfo de Schweblin ofrece una oportunidad interesante: el premio ha distinguido a una autora de verdadero peso literario y a un género menos favorecido por la maquinaria del mercado. Es un buen comienzo, pero sólo un comienzo.

La gala, celebrada en el Museu Marítim de Barcelona, con su inevitable pompa institucional, volvió a escenificar esa mezcla tan española de cultura, representación política y necesidad de solemnidad. Nada especialmente sorprendente. En torno al libro seguimos montando ceremonias que a veces parecen pensadas menos para leer que para hacerse ver leyendo. Estaban los cargos públicos, estaba la arquitectura del acontecimiento, estaba la sensación de que la literatura necesita hoy de una escenografía suplementaria para conquistar el espacio mediático. Puede que sea así. Pero no conviene olvidar que la salud de una cultura no se mide por el brillo de sus galas, sino por la calidad de sus lectores, por la fuerza de sus librerías, por la respiración de sus bibliotecas y por el tiempo efectivo que una sociedad concede a la lectura. Personalmente me gustaría se asemejara, que  no plagiara, el estatus, formato e importancia, que nuestros vecinos franceses ofrecen a la literatura.

Por eso, incluso felicitando a la ganadora, conviene mantener la cautela crítica. Ojalá este premio no se agote en la espectacularidad de su estreno. Ojalá no se limite a concentrar atención sobre nombres ya reconocidos ni a reforzar el poder de los grandes grupos editoriales. Ojalá el triunfo de El buen mal sirva, al menos, para recordar que la literatura no empieza ni termina en la novela de gran consumo, y que aún cabe premiar formas más exigentes, más breves, menos domesticadas por la lógica del superventas.

Eso es, en el fondo, lo que ahora importa. No tanto el protocolo de la primera edición como lo que vendrá después. Samanta Schweblin merece la felicitación sin reservas. El premio, en cambio, todavía no merece confianza plena: tiene que ganársela. Si en adelante confirma una línea de independencia, de exigencia y de riesgo, habrá hecho algo más que repartir dinero. Habrá empezado a construir prestigio, y yo habré epatado. Si no, todo esto quedará en lo que muchos temían desde el principio: una gran operación de imagen con decorado literario.

Anxo do Rego

Director de Hojas Sueltas

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