Nos entusiasma el premio Aena a la narrativa hispanoamericana

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Confieso que la noticia del premio Aena me produjo, de entrada, una mezcla de curiosidad y prevención. Curiosidad, porque no abundan en España los galardones a obra ya publicada con voluntad de intervenir en la conversación literaria en español. Prevención, porque basta ver la cifra, ese millón de euros convertido en reclamo, para entender que aquí no se está premiando sólo literatura: también se está construyendo un acontecimiento. Y cuando en nuestro ecosistema cultural aparece un acontecimiento de esta magnitud, conviene mirar dos veces. No por desconfianza refleja, sino por higiene crítica.

A mí no me molesta que el dinero entre en la literatura. Me molestan, más bien, las hipocresías en torno al dinero. Los escritores no tienen por qué hacer voto de pobreza, ni la cultura debe presentarse siempre envuelta en una mística sacrificial para resultar respetable. Ese puritanismo, además de falso, suele ser cómodo. Otra cosa muy distinta es aceptar sin discusión que una dotación espectacular equivale a prestigio, o que una gran operación económica se traduzca automáticamente en una política seria de fomento de la lectura. Ahí es donde empiezan mis reservas.

Porque el premio Aena, tal y como ha sido planteado, se sitúa desde el primer momento bajo la sombra del Planeta. No por azar, sino por decisión. Igualar su cifra es enviar un mensaje muy preciso: aquí también sabemos fabricar centralidad, ruido, repercusión. El problema es que el Planeta, con todas sus limitaciones, nunca ha fingido demasiado sobre su condición de maquinaria comercial. Forma parte de la industria del libro, y su lógica es la del gran escaparate. El premio Aena, en cambio, parece querer jugar en dos tableros a la vez: el del prestigio literario y el del impacto mediático. Y, a mi juicio, esa doble aspiración es justamente lo que lo vuelve ambiguo.

No digo que no pueda salir bien. Digo que, de momento, la operación resulta demasiado aparatosa para parecer desinteresada. Hay algo en su diseño que me hace pensar menos en una intervención cultural de largo recorrido que en una estrategia de posicionamiento. La literatura queda en el centro, sí, pero también como coartada de imagen. Que una empresa semipública quiera vincular su nombre a un premio de estas dimensiones no es un pecado en sí mismo; lo discutible es presentar ese gesto como si bastara por sí solo para dignificar el sistema literario o ensanchar la base lectora.

El problema de fondo no está, a mi entender, en la existencia del premio, sino en el modelo cultural que delata. Porque si uno atiende al conjunto de voces recogidas, lo que emerge no es una celebración unánime, sino una incomodidad bastante reveladora. Incluso quienes lo reciben con simpatía introducen reservas. Y hacen bien. En el mejor de los casos, estamos ante una iniciativa que podría dar visibilidad a ciertos libros. En el peor, ante una operación de marketing revestida de barniz cultural. Mi impresión, hoy por hoy, es que el premio todavía se parece más a lo segundo que a lo primero.

Hay, además, un aspecto que me parece decisivo y del que conviene hablar sin rodeos: este galardón no corrige las inercias del campo editorial, sino que más bien las confirma. Los nombres finalistas son indiscutiblemente relevantes, pero precisamente por eso cabe preguntarse qué riesgo asume realmente el premio. No veo aquí una voluntad de ensanchar el canon, de introducir sorpresa, de abrir paso a una obra menos visible o a un sello con menor capacidad de influencia. Veo, más bien, una selección sólida, reconocible, homologable, perfectamente integrada en el circuito del prestigio ya existente. Es decir: una apuesta segura.

Y eso, en términos literarios, me parece menos estimulante de lo que algunos quieren creer. Un gran premio a obra publicada sólo adquiere verdadera densidad cuando no se limita a refrendar el mapa vigente, sino que lo desplaza. Cuando descubre, altera, incomoda o corrige. Cuando obliga a leer de otra manera. De momento, el premio Aena no hace eso. No cuestiona el reparto de atención dentro del sistema editorial español; lo consolida. Y por ahí asoma una contradicción difícil de pasar por alto: se habla de impulso a la lectura y de celebración de la narrativa en español, pero el diseño efectivo del premio favorece, sobre todo, a quienes ya ocupan posiciones fuertes dentro del mercado.

Por eso me parece engañoso como algunos lo comparan ya  con el Goncourt o con el Booker, como si bastara invocar esos nombres para ingresar en su tradición. Ni el prestigio se hereda por analogía ni la autoridad literaria nace de una cifra inflada. El Goncourt y el Booker tienen detrás una historia, una densidad crítica, una relación específica con sus sistemas literarios y, sobre todo, una capacidad real de alterar la circulación de un libro. Aquí todavía no sabemos si sucederá algo parecido. Lo único que sí sabemos es que la cuantía ha eclipsado casi todo lo demás. Y cuando el dinero devora la conversación antes incluso del fallo, conviene sospechar que el dispositivo está mal calibrado.

También me interesa subrayar algo que en España seguimos confundiendo con demasiada alegría: vender más libros no equivale a crear más lectores. Puede ocurrir, por supuesto, que el premio impulse un título y lo saque de su nicho habitual. Ojalá. Pero eso no debería hacernos perder de vista una evidencia elemental: la lectura no crece a golpe de ceremonia, ni de titular, ni de cheque. Crece con bibliotecas, con mediación, con tiempo, con profesores bien respaldados, con librerías vivas, con libros accesibles, con políticas sostenidas y con condiciones materiales que permitan leer. Todo lo demás puede dar brillo, pero no necesariamente tejido.

En este punto, algunas de las objeciones recogidas en las informaciones leidas en otros medios, me parecen más serias de lo que quizá se ha querido admitir. Cuando se recuerda que quizá ese dinero podría invertirse en bibliotecas, residencias, becas, programas de lectura o apoyo estructural al sector, no se está formulando una enmienda moralista, sino una pregunta política de primer orden. ¿Qué entendemos por fomentar la lectura? ¿Concentrar recursos en un solo gesto muy visible o repartirlos allí donde pueden modificar hábitos, accesos y trayectorias? Yo tengo bastante clara mi respuesta: la cultura necesita menos exhibición y más infraestructura.

Dicho esto, tampoco me interesa caer en el gesto fácil del desdén. El premio Aena puede convertirse en algo mejor de lo que hoy parece. Tiene, bajo mi opinión, un jurado solvente, tiene foco y tiene la oportunidad de dotarse de un criterio propio. Pero no lo conseguirá imitando la musculatura publicitaria del Planeta ni buscando legitimidad a base de volumen económico. Lo conseguirá, en todo caso, si demuestra independencia de criterio, si introduce verdadero riesgo literario y si logra que el premio no sea sólo una marca ruidosa, sino una instancia de lectura exigente.

A la espera del fallo, eso es lo que yo pondría sobre la mesa: no tanto quién gane, sino qué idea de literatura legitima este premio desde su nacimiento. Mi impresión provisional es que Aena ha entendido muy bien cómo llamar la atención, pero todavía no ha demostrado que sepa para qué quiere esa atención. Y ahí reside, precisamente, la incógnita crítica que importa: si estamos ante el germen de un premio capaz de intervenir con seriedad en el espacio literario o ante una réplica de prestigio rápido, un Planeta con pretensiones de respetabilidad cultural. Sólo el tiempo, y sobre todo sus próximas decisiones, dirán si había aquí una apuesta literaria de fondo o simplemente una operación de escala.

Finalizo con un deseo personal. Me gustaría que este primer premio AENA fuera concedido a uno de mis autores predilectos: Enrique Vila-Matas, y su novela “Canon de cámara oscura».

Director Hojas Sueltas

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