Al escribir sobre Carmen Kurtz en la sección Autores Olvidados de Hojas Sueltas, no tengo la impresión de rescatar una rareza, sino de toparme con una zona mal leída de la narrativa española del siglo XX. Su olvido no se explica por una falta de obra ni por una insuficiencia estética, sino por una combinación incómoda: fue una escritora difícil de encajar, situada entre la novela social de posguerra, la narrativa de raíz moral y una literatura infantil que durante demasiado tiempo se consideró menor. Carmen Kurtz —seudónimo de Carmen de Rafael Marés— nació en Barcelona en 1911 y murió en la misma ciudad en 1999. Esa biografía, aparentemente discreta, atraviesa sin embargo algunos de los grandes temblores del siglo: la Guerra Civil, el exilio, la experiencia europea de la guerra y la lenta recomposición de la vida cultural española bajo el franquismo.
No me interesa leerla como una autora “valiente” en el sentido retórico con que a veces se neutraliza a las escritoras del medio siglo. Me interesa más verla como una narradora de la intemperie moral. En Kurtz, la historia nunca es decorado: entra en la conciencia, altera la sintaxis del vínculo familiar, deja un poso de desajuste en los cuerpos y en la memoria. Su narrativa no trabaja tanto con el gran acontecimiento como con sus residuos: la culpa, el desarraigo, la precariedad afectiva, la dificultad de reconstruir una normalidad después del desastre.
Esa posición se percibe con claridad en Duermen bajo las aguas (1955), quizá su título más recordado entre los adultos. No es sólo una novela sobre la guerra y sus secuelas, sino un texto donde el pasado aparece sedimentado, casi sumergido, como si la experiencia traumática no pudiera presentarse de frente y sólo emergiera por síntomas. Ahí reside una de las claves formales de Kurtz: su voz narrativa tiende a la contención, desconfía del énfasis y deja que la densidad ética se construya a través de silencios, elipsis y escenas de desgaste cotidiano. No necesita sobreactuar el dolor; le basta con mostrar cómo una vida queda torcida para siempre.
Su prosa, en ese sentido, participa de una tradición de austeridad característica de la mejor narrativa de posguerra, pero sin plegarse por completo a los moldes del realismo social más programático. Cuando la comparo con algunos contemporáneos, veo que comparte con Ana María Matute la atención a la herida y a la infancia desamparada; con Carmen Martín Gaite, cierta escucha del conflicto íntimo; con Ignacio Aldecoa o Jesús Fernández Santos, la voluntad de fijar un mundo reconocible sin convertirlo en tesis. Pero Kurtz no termina de confundirse con ninguno. En ella hay una tensión peculiar entre observación social y examen moral. Sus novelas no predican: interrogan. Y lo hacen desde una sensibilidad particularmente alerta a las formas de vulnerabilidad femenina, familiar e infantil.
También por eso conviene no separar demasiado a la novelista de la autora infantil. Ese reparto ha perjudicado su recepción. En España, la crítica ha tendido a construir compartimentos estancos: la literatura “seria” por un lado; la infantil por otro, como si una escritora quedara rebajada por atender a lectores jóvenes. En Kurtz, esa división es empobrecedora. Su obra para niños y adolescentes no es un apéndice menor, sino otra vía de exploración de sus temas centrales: la formación del carácter, la fragilidad, la necesidad de hallar un lugar en un mundo a menudo hostil. Pienso, por ejemplo, en títulos vinculados a la serie de Óscar y en otros relatos donde la mirada infantil no funciona como ornamento ingenuo, sino como instrumento crítico. El niño, en Kurtz, no es un pretexto sentimental: es una conciencia expuesta.
Desde el punto de vista formal, me interesa especialmente cómo administra la perspectiva. Su narrativa suele trabajar con una focalización cercana, muy pegada a la percepción de los personajes, pero sin caer en un psicologismo enfático. La emoción aparece filtrada por una sintaxis limpia, de frase generalmente sobria, que evita la grandilocuencia y confía en el detalle significativo. Hay una pedagogía de la precisión en su escritura: nombra lo suficiente para que el lector complete la parte más dolorosa. Esa economía expresiva, lejos de enfriar el texto, le da una vibración ética. Uno siente que Kurtz no escribe para exhibir sensibilidad, sino para someterla a una prueba de verdad.
Tampoco sus estructuras son complacientes. Aunque no fue una experimentalista en el sentido fuerte de los años sesenta, sí supo organizar sus relatos con un sentido muy afinado del ritmo interior: progresión por capas, escenas que regresan transformadas, tensión entre presente narrativo y memoria latente. En sus mejores novelas, la arquitectura responde a una intuición central: la experiencia humana no se vive linealmente, sino a trompicones, por reapariciones. Esa forma de construir hace que sus libros ganen cuando se los lee no sólo como documentos de época, sino como artefactos de duración moral.
¿Por qué, entonces, quedó relegada? Hay varias razones, y todas dicen algo incómodo sobre nuestro canon. La primera es histórica: muchas autoras del medio siglo fueron leídas de manera subsidiaria, como piezas laterales de una historia protagonizada por hombres. La segunda es literaria: Kurtz quedó en tierra de nadie entre el prestigio del realismo social, el foco posterior sobre la novela experimental y la desatención crítica hacia la literatura infantil. La tercera es ideológica en un sentido amplio: su escritura no encajaba bien en relatos simplificados. No fue una autora fácilmente apropiable por una etiqueta estética o política única. Y el canon español, conviene decirlo, ha preferido a menudo las figuras que se dejan resumir rápido.
Hay además una razón de mercado, menos noble pero muy eficaz. Kurtz no ha circulado con la continuidad editorial que necesita cualquier obra para permanecer viva. El olvido no siempre lo produce la mala lectura; muchas veces lo produce la falta de reediciones, de estudio universitario, de presencia en suplementos y catálogos escolares. Una autora sin circulación termina pareciendo menor, aunque no lo sea. Y cuando esa autora es mujer, la inercia del borrado actúa con más facilidad.
Su legado, a mi juicio, está precisamente en haber escrito una obra atravesada por una pregunta ética que hoy vuelve a interpelarnos: cómo se vive después de la fractura histórica, cómo se educa una sensibilidad sin falsear la dureza del mundo, cómo se representa el daño sin explotarlo. Kurtz pertenece a esa tradición de narradores que entienden la literatura no como ornamento cultural, sino como forma de conocimiento moral. Ahí sigue siendo contemporánea. En un tiempo como el nuestro, tan inclinado a la consigna o al sentimentalismo instantáneo, su sobriedad resulta casi subversiva.
Yo no la leería, por tanto, como una figura “rescatable” por cortesía reparadora, sino como una escritora necesaria para completar de verdad el mapa de la narrativa española de posguerra. En Carmen Kurtz hay oficio, hay mirada y hay una inteligencia de la vulnerabilidad que merece volver al centro de la conversación. Releerla no sería un gesto arqueológico, sino una corrección crítica.
La tarea pendiente de la actual sociedad cultural española consiste en devolver a circulación sus novelas y su obra infantil sin jerarquías perezosas, leerlas en continuidad y admitir que el canon sigue teniendo zonas ciegas. Empezaría por Duermen bajo las aguas y continuaría por sus relatos y novelas para jóvenes, donde late la misma ética de la atención.
Como apoyo al lector, conviene acudir a las reediciones disponibles de sus obras, a las historias de la literatura española del medio siglo que revisan la presencia de las narradoras de posguerra, y a estudios sobre literatura infantil y juvenil en España donde su nombre ocupa un lugar mucho más central de lo que el canon general ha querido reconocer.
Susana Diéguez para AUTORES OLVIDADOS



