Nada más llegar a las oficinas del Grupo Lasso, fue recibido por un empleado. Seguidamente le acompañó hasta el despacho de Alfonso Suertes quien hizo ademán con la mano para que entrara, mientras terminaba una conversación telefónica.
—Disculpe inspector.
—No hay problema.
—En dos minutos nos marchamos.
—De acuerdo.
Tras mantener una charla preparatoria para la reunión —preguntas y respuestas que más o menos debía incluir en la conversación con el gerente de la Agencia— bajaron de nuevo hasta la planta calle y después al garaje. Minutos después y con suficiente antelación, aparcaban dentro del recinto empresarial. Ignacio Dobles se movió y actuó como si de un guardaespaldas se tratara. Observó que cuantas personas había en aquella oficina, hombres y mujeres, ninguno superaba la barrera de los 25 años.
Les hicieron esperar cinco minutos. Poco después, una joven acompañó a ambos hasta un despacho al fondo de una sala desangelada, con mesas vacías de papeles y ordenadores sin personal que las ocupara. Les recibió el único personaje que sin duda superaba con creces la edad de aquellos jóvenes.
—Pasen y siéntense. Supongo que uno de ustedes es el señor Suertes ¿verdad?
—En efecto soy yo – dijo respondiéndole.
—Entonces él es su guardaespaldas —dijo recalcando la palabra irónicamente.
—En efecto señor…
—Gordon. Williams Gordon. Gerente de la agencia.
—Encantando —señalaron ambos.
—Según adelantó a uno de nuestros comerciales, su Grupo tiene intención de introducirse en el mercado chino.
—Cierto señor Gordon. Ese es nuestro deseo Aunque tenemos ciertos problemas con dos empresas españolas que compiten con una de las nuestras para hacerse cargo de la china —señaló Suertes a iniciativa del inspector Dobles.
—Entiendo señor Suertes. ¿Y que desea hagamos nosotros por su empresa?
—Ayudarnos a conseguirla.
—Así de simple.
—No, señor Gordon, debido a los imponderables que ahora tenemos a resultas del fallecimiento de nuestro principal, el señor Lasso.
—Comprendo. Quiere que les allanemos el camino.
—En parte, al menos en algunas cuestiones que ahora mismo nos cuesta domeñar.
—Preparar todo esto lleva cierto tiempo y dinero.
—Lo sabemos. No habrá inconveniente alguno.
—Entonces deberemos estudiar concienzudamente su caso. Más tarde aportarnos información, documentación, horizonte final y sobre todo, una cifra que seguramente se les va a antojar elevada.
—Eso dependerá de las expectativas que nos ofrezca señor Gordon.
—No, señor Suertes, dependerá de otros muchos aspectos. Sobre todo de uno y principal.
—¿Y es ?
—Confianza. Fundamentalmente confianza mutua. Las relaciones con nuestros clientes están presididas siempre por esa nimiedad y el sigilo profesional.
—Entonces no habrá problema.
—Me temo que sí, señor Suertes.
—No entiendo.
—Le explicaré. En ocasiones nuestros profesionales pueden encontrarse con… bueno, digamos con ciertos e inesperados momentos que pueden obligarles a reaccionar de modo inopinado. No se si me explico debidamente.
—Supongo que lo he comprendido.
—A veces traspasamos las delgadas líneas de la legalidad vigente en cada país, y ello supone algún esfuerzo complementario, caro por simple naturaleza. Es decir, se producen enfrentamientos con los representantes de la Ley y no queremos que eso entorpezca nuestra labor de futuro, tanto con usted. como con nuestros actuales y futuros clientes.
—Ahora no le entiendo. Disculpe.
—No queremos que la policía se inmiscuya en nuestra relación señor Suertes.
—No habrá razón por nuestra parte.
—¿Es eso cierto?
—Rotundamente.
—Hemos estudiado con generosidad y afecto su Grupo. Sin embargo, nos vemos en la necesidad de rechazar su petición.
—No, no le entiendo.
—Señor Suertes no podemos hacermos cargo de su solicitud para representarles en China. Es obvio que la razón no es otra que tener fundadas sospechas de presentarnos su Grupo cuando nunca antes lo han hecho, y mucho nos tememos están en contacto con la policía. Lo siento, y ahora ,si me permiten, les acompañaré a la salida.
El silencio se adueñó del despacho, mientras, los tres hombres se levantaban de los sillones ocupados hasta ese momento. Segundos más tarde, Gondon los dejó en manos de la misma señorita que les acompañó minutos antes- Ambos salieron caminando hasta el aparcamiento.
- —No tengo ni idea de cómo ha podido suceder este percance. De verdad que lo siento, señor Suertes.
—No se preocupe inspector. Peor hubiera sido de haber entregado alguna cantidad.
—Ya, pero no alcanzo a comprender como ha podido enterarse del contacto con la policía.
—Supongo que están bien informados.
—Eso creo yo. En fin, que le vamos a hacer. Le ruego acepte mis disculpas.
—Nada. Le acompaño a la comisaría.
—No, no es preciso, tengo gente apostada por la zona, volveré con ellos. Gracias por el ofrecimiento.
—De nada inspector.
Mientras el directivo del Grupo Lasso salía del recinto con el coche, Ignacio Dobles sacó el teléfono y comunicó con la patrulla oculta junto al periodista Eulogio Pariente, que en esta ocasión ejercía de reportero grafico. Se citó con ellos y diez minutos más tarde se apostó junto a la marquesina de una parada de bus. Esperó pacientemente a que acabaran de hacer las fotografías previstas. Poco antes de que le recogieran, un Volvo pasó junto al inspector, desde dentro, el conductor saludó con la mano al tiempo que sonreía. Lo conducía el señor Gordon, quien giró en la rotonda e inició su incorporación a la Autopista A—6 en dirección noroeste. Minutos después los dos agentes y Pariente paraban frente a Dobles y le invitaban a subir en el coche camuflado de la policía. En breves instantes comunicó lo ocurrido al comisario. Seguidamente se incorporó junto a Pinillas y Pariente que le esperaban revisando las fotografías recientemente hechas. Echó en falta al observador de S & P, Ismael Frutos.
—Ha tenido que salir —señaló Pinillas— dijo que no tardaría mucho en regresar.
—No tiene importancia.
Derque pasó toda la mañana y parte de la tarde preparando la documentación que entregaría con el primer envío. Al acabar, llamó a Marina por teléfono.
—¿Como te ha ido con la policía?
—Sin ningún problema. Paz esta muy afectada.
—¿Y tu?
—Asustada, pero bien. Nos han dicho que no salgamos de Madrid.
—¿Y que vas a hacer con el trabajo?
—No lo se, ella era mi Jefa, debo esperar para hablar con nuestro superior, ya nos dirá que debemos hacer.
—Si te parece podemos cenar juntos. Te espero dentro de media hora en el Café de siempre.
—Claro. Aunque no se si Paz estará lo suficientemente bien como para quedarse sola.
—Por favor Marina, debemos hablar de algo importante y necesito tu opinión personal.
—Bien, veré que puedo hacer.
—Entonces salgo ahora mismo.
—De acuerdo.
Salió a la calle para recorrer con pasos cortos y lentos, la distancia que le separaba del apartamento al Café. Antes de atravesar el portal sonó el teléfono repetidamente.
—¿Qué pasa Marina?
—Acaba de llamarnos nuestro superior, nos ha dicho que esperemos en el portal unos minutos, que nos envía a un motorista con instrucciones.
—Repítelo.
—Que tardaré unos minutos en llegar, Paz y yo esperaremos al motorista en el portal.
—Si, ya lo he oído. Escúchame con atención. ¿Dónde te cuentras ahora mismo?
—En el portal, junto a Paz.
—Hazme un favor, aún tienes tiempo.
—Claro.
—Sube a tu apartamento y recoge las fotos que te entregué el otro día.
—¿Por qué me pides eso ahora? No recuerdo donde las puse.
—Por favor Marina, hazme ese favor y no cuelgues el teléfono. Mientras subes seguiremos hablando. Pero las necesito urgentemente.
—Está bien, lo haré. Paz, perdona, pero tengo que subir un momento a recoger una cosa de mi cuarto. Recibe tú las instrucciones mientras.
—Claro – oyó a través del teléfono Derque –
—¿Sigues ahí?
—Sí, te escucho. ¿Para que necesitas las fotos?
—Me las han pedido en el periódico, necesitan hacer un dossier mío y lo quieren documentar. ¿Dónde estas ahora?
—Subo las escaleras, si lo hago en el ascensor se perdería la comunicación.
—Muy bien. Estupendo.
—¿Entonces ya tienes un trabajo fijo?
—En efecto, y además, como mañana debo estar a primera hora, no tenía otra ocasión.
—Vale.
Derque oyó como Marina introducía la llave en la cerradura y la giraba cuatro veces, luego, caminar y abrir otra puerta, más tarde, uno de los cajones de una coqueta de madera. Sin embargo, ninguno de los dos oyó como un motorista cubierto con un casco y chaqueta negros y pantalón de piel del mismo color, apareció por la calle, se acercó al portal donde Paz esperaba. Nada más verle se adelantó hasta la acera. Ni siquiera gritó cuando recibió dos balazos que la atravesaron el pecho a la altura del corazón.
El motorista paró un instante, observó a ambos lados del edificio y al no ver a su otro “cliente” aceleró con rapidez y desapareció con igual velocidad con la que apareció.
—Ahora, espera un momento Marina.
—¿Por qué?
—Haz cuanto te digo por favor.
—Bien.
—¿Que hago ahora? No encuentro las fotos.
—No importa, déjalas. ¿Tienes una maleta o alguna bolsa de viaje?
—Sí.
—Pues llénala con lo más imprescindible, coge el dinero que tengas y la documentación, cierra la puerta y si puedes baja directamente al garaje.
—Me estás asustando Derque.
—Por favor, Marina, como quieres que te lo diga.
—Vale, Vale.
—¿Lo tienes?
—Si, lo tengo, pero no entiendo la prisa.
—Tienes que salir de ahí urgentemente. No te detengas para nada, me oyes, para nada. No te retrases. ¿Tienes coche?
—No, pero puedo coger el de la pobre Julia.
—Coge las llaves y baja rápido. Cuando salgas a la calle hazlo al paseo de la Castellana y a la altura del Hotel Intercontinental métete por el lateral, estaré esperándote allí. ¿Me has entendido? Ahora no hables más, pero no cierres la línea, deja el aparato junto a ti. Iré escuchándote.
—Estoy asustada. ¿Qué ocurre?
—Luego te lo explico, ahora corre, sal de ahí sin olvidar la bolsa.
Marina cerró la puerta de un fuerte tirón, con el teléfono abierto en una mano y las llaves del escarabajo verde pistacho en la otra, llamó a uno de los ascensores, el otro permanecía con el piloto encendido indicando ocupado y subiendo. Entró nada más pararse y pulsó S1. Nada más salir al garaje corrió hacia él, abrió, encendió el motor y sin dilación, siguió las recomendaciones hechas por Derque. Arriba en la planta que acababa de dejar, dos hombres vestidos de negro entraban con sendas y abultadas bolsas negras en el apartamento que momentos antes abandonó.
Los hombres buscaron en las habitaciones, no la encontraron. Uno de ellos habló por teléfono.
—No está. No. Abajo tampoco, solo una. Bien. Limpiamos todo esto y nos marchamos enseguida. De acuerdo. —Colgó.
Con las dos manos en el volante y el teléfono reposando en el asiento contiguo, oyó como Derque preguntaba.
—¿Estás bien? ¿Me oyes? ¿Vas conduciendo?, aprovecha un segundo y dime algo por favor.
—Estoy bien, ya llego.
—Bien deja el teléfono y solo escucha.
—Vale —oyó decir débilmente.
Avanzó por el arcén central hasta pasar la Glorieta de Gregorio Marañon. En cuanto atravesó el semáforo advirtió una entrada al lateral del Paseo de la Castellana, justo en la esquina con el Hotel Intercontinental, vio a Derque apostado con el teléfono en la mano. Se acercó aminorando la marcha. Paró e inmediatamente se acercó hasta su puerta.
—Pasa al otro asiento, yo conduciré.
—De acuerdo.
Derque ajustó la banqueta y los espejos retrovisores, metió la primera velocidad y siguieron por el lateral hasta encontrarse con la Plaza de Cibeles. Giraron para afrontar la Puerta de Alcalá, y tras dejarla, se adentraron en la calle de Velázquez. En el primer aparcamiento que encontraron metieron el coche. Luego en el exterior y algo más tranquilos se abrazaron y besaron como intentando desvanecer un peligro imposible de comprender.
—Has estado a punto de que te asesinaran.
—¿Qué? ¿qué dices?
—Tu compañera Paz seguramente estará muerta.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Es esta tu primera misión verdad?
—¿Cómo? ¿Qué dices?
—No importa, ya estás a salvo.
—¿Pero, puedes decirme como sabes que iban a matarme?
—Pura intuición. No me hagas mucho caso. Ahora no puedes volver a casa, por eso te dije que cogieras cuanto tuvieras.
—Bien —dijo suspirando.
—Ahora buscaremos un sitio donde puedas instalarte. Durante unos días no saldrás a la calle para nada. Tendrás que venir a mi casa.
—Pero Derque ,ya sabes…
—Nada, ahora hay motivo. Tendremos cuidado. Sumo cuidado. Mientras tanto te pondré al corriente de lo que pretendo hacer.
—¿Y que hacemos con el coche?
—Está quemado. Lo dejaremos aquí. Iremos en taxi y en metro. El teléfono también. Trae lo limpiaré y nos desharemos de él.
—No déjalo, yo lo eliminaré.
—No te olvides por lo que más quieras.
—No te preocupes.
Pararon unos minutos en una cafetería, se sentaron en una de las mesas interiores y después de tomar un par de cafés, volvieron al coche, sacaron la maleta de Marina y dejaron la llave de contacto puesta. Sobre el salpicadero la ficha de entrada al parking. Marina espero a que él subiera del supermercado con algo de comida. Mientras tanto calmó sus nervios con una ducha fría primero, templada después, para acabar con un constante chorro de agua vaporosa y caliente. Su cabello permanecía intacto, la raya en el centro de la cabeza dividía graciosamente su melena corta de color castaño, a ambos lados de la cara, como queriendo resaltar sus ojos verdes y el perfil de sus labios. Cubrió su delgado cuerpo con una toalla y después de secarse, recogió ropa de su maleta y se vistió para esperarle. Posiblemente la alegría de sentirse a salvo hizo que sus ojos, brillaran de manera especial.
La encontró sentada frente al televisor en el momento en que la locutora decía:
… este hecho es similar al ocurrido hace unos días en la esquina de la calle Zurbano con José Abascal. Pese a que la policía no puede por el momento concretar los hechos, sin duda el atentado ha producido la muerte de una joven aun sin identificar. Del motorista no se sabe nada. La zona esta acordonada y nuestra emisora ha desplazado a un periodista que nos ofrecerá más detalles en el Informativo de las nueve de la noche… Actualmente la presidenta ha relacionado con el nombramiento…
Derque dejó las bolsas en el suelo, junto a los armarios bajos de la cocina, luego regresó junto a Marina que comenzaba a sollozar, diciendo:
—Por eso lo decías ¿no?
—Sí. Por eso, porque se parecía mucho a lo ocurrido en la calle Zurbano. Ahora tranquilízate por favor.
La calmó abrazándola, y como en otras ocasiones, comenzó a sujetar sus lágrimas besándola despacio a lo largo y ancho de su preciosa y joven cara. Después, una vez tranquila, la prometió una cena. Había comprado una botella de vino blanco de Alsacia, para acompañar el pescado al horno que pensaba ofrecerla. Ella durmió abrazada a Derque. El sin embargo no consiguió cerrar los ojos ni un solo momento. También estaba asustado. El peligro que se cernía era grave e importante.
En la comisaría.
—Lo siento Pinillas, no pude conseguirte la información que me pediste.
—No importa, la obtendré por otro lado —lo dijo, mientras movía la mano saludando a Frutos que hacia entrada en la Sala.
—¿Qué tal? —preguntó Dobles.
—Bien, inspector.
—Veamos superficialmente como está la situación.
—Está bien, nosotros, —dijo Pinillas refiriéndose a Pariente y el mismo— seguiremos comprobando las fotos de los jóvenes.
—Mientras hablare con el comisario.
—No hace falta —dijo Roberto haciendo entrada en la sala.
—¿Qué ocurre?
—Acaban de asesinar a una joven cerca del Bernabeu. Nos mandan el atestado ahora mismo.
—¿Qué está ocurriendo?
—Decírmelo vosotros. Parece como si la gente se hubiera vuelto loca. Por cierto, hace unos días también ocurrió algo similar en la calle José Abascal.
—¿Tiene algo que ver con éste caso?
—No lo se Ignacio, pero lo cierto es, que la fallecida es una joven de 24 años con documentación no coincidente con las huellas de su DNI.
—¡Vaya ¡
—Eso digo yo. Hazte cargo Dobles.
—Claro.
Regresó a su despacho. Estaba a punto de entrar cuando un agente portando un sobre golpeaba la puerta.
—¿Qué es eso?
—No lo se comisario. Viene a su nombre y lo acaba de entregar un joven. No se preocupe acabamos de pasarlo por el escáner, no es peligroso.
—Lo suponía. Gracias —dijo al recogerlo.
Se puso unos guantes de látex antes de rasgar el sobre. Apareció una nota impresa sin firmar envolviendo seis CD. La leyó:
“Señor comisario Hernán Carrillo. Según tengo entendido es usted el responsable de la investigación de los asesinatos del señor Lasso y su esposa. También sigue de cerca el caso de una joven aparentemente muerta en accidente de automóvil cerca de El Escorial. Desconozco si tomó la investigación del atentado que se produjo contra mí hace unos días en la calle José Abascal. También la muerte de tres personas en la sexta planta de un edificio de la calle Raimundo Fernández Villaverde.
Le acompaño en este primer envío, seis CD conteniendo información de primera mano sobre los artífices de éstos y otros muchos “accidentes” ocurridos no solo en esta parte del mundo, sino en otras muchas ciudades y países. Haga con ellos el uso más oportuno y conveniente. Supongo que no creerá inicialmente esta información, pero no la ponga en duda. Iré enviándole más que complementará ésta.
Con el fin de que considere cierto cuanto digo, puedo indicarle que yo estaba presente cuando mataron al señor Lasso y su esposa. Ayude a poner los cuerpos hasta unos matorrales cercanos a una tapia. Fueron disparados por la espalda y recibieron tres balas cada uno de ellos. Una de ellas en la nuca. Esto sin duda solo puede decírselo alguien que estuvo presente, pues son datos que no aparecieron en los periódicos. En mi próximo envío le daré más detalles así como el nombre de quien hizo los disparos.
Sin duda hay más, mucho más, pero lo reservo para otros momentos según vayan sucediendo los acontecimientos en los que me dispongo a ser protagonista. “
Leyó en dos ocasiones la nota impresa, luego con sumo cuidado extrajo los CD de sus envolturas de plástico y antes de introducirlas en el lector de su PC, creyó oportuno hacer venir a sus dos inspectores.
—Pinillas, acompaña a Dobles hasta mi despacho, por favor.
—Claro jefe, ahora mismo.
—Por favor, los dos solos, no quiero al periodista ni al observador de “S&P”.
—Por supuesto.
En cuando se sentaron a su indicación, Roberto les dijo ofreciéndoles la nota y los CD:
—Creo que esto que acabo de recibir abre las puertas de par en par a la investigación que realizamos.
Ignacio tomó la nota en sus manos y leyó, luego la pasó a Pinillas. Este después de hacerlo señalo.
—Supongo que haremos copias de esos discos y dejaremos los originales como prueba, ¿no es así?
—En efecto Luis. Encárgate de hacerlo y por favor, me gustaría que ninguno de los observadores conociera esto. Ofrecerles unas horas de vacaciones. No sé, cualquier cosa, pero que os dejen trabajar sin su presencia.
—Yo me encargaré —añadió Dobles.
—Entonces esperaré a que me digas que contienen.
—No tardaré mucho.
Dobles precedió a Pinillas. Fue al encuentro de los dos hombres que esperaban junto a los ordenadores.
—Creo que por hoy terminaremos nuestra jornada.
—¿Pero?
—Señores, la comisaría no se ocupa de un solo caso. Y en éste están invitados a observar, pero siento decirles que los otros no son accesibles. Creo que me entienden y nos disculparan.
—Por supuesto inspector. Nos veremos mañana.
—Claro, como los días anteriores. Ahora debo ocuparme de algo distinto.
Se cruzaron con Pinillas al salir. Le saludaron y él fue al encuentro de su compañero.
—Te dejo hacer Luis.
—De acuerdo, no tardaré ni diez minutos en copiar esos discos. Espera.
—Como quieras.
Los dos inspectores se mantuvieron expectantes. Solo se rompió el silencio cuando ambos entraron de nuevo al despacho del comisario que también esperaba interesado.
—Atento comisario, creo que esto se sale de nuestro caso y jurisdicción. Bueno es mi criterio, aunque desde luego está el tuyo por encima.
—Déjame ver —pidió Roberto.
Pinillas introdujo el CD señalado bajo el #A_01. Inmediatamente aparecieron una serie de carpetas colgadas de la principal denominada Agencia. Distribuidas con diagramas, aparecían una serie de estructuras principales y secundarias, así como ramificaciones en la mayoría de las más importantes capitales tanto españolas como de otros países europeos. En el #A_02 las estructuras con agencias de países asiáticos, africanos y americanos. Después abrieron el #A_03 para comprobar las unidades —así denominados los agentes implicados— destinados en diferentes países. Algunos de ellos con elementos diferenciadores que por el momento no supieron entender. En los #A_04 y 05, relación de las actividades llevadas a cabo durante ejercicios anteriores al año en curso, remontándose a cinco años atrás en el segundo, y cinco anteriores en el primero. Por ultimo en el #A_06 los datos de la empresas con quienes habían cerrado operaciones, importes y personal a ellas destinados, resultado y contactos realizados.
Los tres hombres se miraron preguntándose algo a lo que ninguno de ellos sabría responder. Guardaron silencio hasta que el comisario habló.
—Primero, durante los próximos días no quiero observadores a vuestro lado. Segundo, quiero una relación de las empresas españolas implicadas con esta Agencia, resultados obtenidos como consecuencia de sus actuaciones e implicaciones habidas alrededor de ellas. Tercero ni una sola palabra a nadie de cuanto nos ha llegado. Repito a nadie. Quiero cerciorarme bien de cuanto tenemos, no dar paso alguno en falso. Si como dice nuestro benefactor, enviara más información, esperaremos mientras tanto a confirmar cuanto nos dice. Mientras tanto trabajemos como si nada hubiera ocurrido. También que alguien esté pendiente hasta que nos entreguen lo siguiente. Necesito saber quien es en realidad nuestro oculto amigo, aunque lo supongo.
—Claro.
—Bien, manos a la obra.
Dobles se ocupó de investigar el nuevo asesinato ocurrido cerca del Bernabeu. Pinillas extractó información para incluirla en sus bases de datos, momento que aprovecho para incluir la recientemente remitida por las policías a quien Dobles requirió información nuevamente. Roberto se reuniría periódicamente con los dos para comprobar los avances.
En el apartamento de Derque.
—No quiero que salgas a la calle
—Lo sé. Ya me lo has dicho.
—No cojas el teléfono, ni abras la puerta. En unos días tendremos todo resuelto.
—Pareces muy seguro.
—En efecto, lo estoy. Aunque todavía tienes que escuchar muchas cosas que desconoces. Por ahora olvida cuanto aprendiste en esa Granja y fuérzate en recordar tu pasado. Es muy importante.
—Insistes mucho en ese punto Derque.
—En efecto, pero quiero, bueno, desearía que …
—¿Qué? —dijo Marina acercándose a sus labios.
—Como tu dijiste una vez, ocurren dos cosas, una buena y otra mala.
—Explícate —dijo besándole suavemente los labios.
—¡Hum! La buena es, que espero acertar, y la mala, que tampoco me importaría. —dejó que le besara de nuevo.
—Es decir, que ambas son buenas.
—Sií. Son buenas las dos. Por favor Marina, ahora debo irme, no quiero llegar tarde al … —de nuevo recibió el roce de los labios de ella.
—¿Tienes hora de llegar?
—No, pero es importante.
—¿Tan importante para no esperar unos minutos?
—Por favor … Está bien.
Se dejaron mecer por los brazos de un dios desconocido hasta ese instante. La ventana del dormitorio permanecía abierta dejando pasar la constante y dispar llamada de los diferentes pájaros apostados en las ramas de los árboles del parque cercano. Estaban en primavera y en ella, la sangre siempre precipita situaciones. Los minutos pasaron sin que lo advirtieran. Al regresar al mundo real, Derque pasó unos segundos por la ducha, se vistió y salió despacio intentando no despertar a Marina.
Desde la puerta la observó y se despidió en silencio. Su cuerpo permanecía desnudo, semi cubierto por las sabanas, invitándole a volver a acariciarlo, sin embargo lo evitó temiendo olvidar de nuevo la obligación contraída. Sus ojos se mantenían cerrados aunque imaginó estarían sonrientes y resplandecientes. Sus manos parecían llamarle para volver a sujetarle con la misma fuerza y pasión que poco antes habían demostrado. Solo la dedicó un silencioso deseo: Me gustaría que fueras tu, al menos mi vida tendría razón de ser. Cerró la puerta y antes de salir, tomó un bolígrafo, escribió una frase sobre un papel en blanco y la pegó en la puerta del frigorífico. Después cerró con llave y salió al descansillo. Ya en la calle suspiró.
—Lo siento JH, no he podido averiguar nada más.
—Te lo agradezco y desde luego tendrás tu recompensa. Tal y como te prometimos.
—Estoy deseoso de ocuparme de Operaciones.
—Pronto, muy pronto te harás cargo de la sección.
—De acuerdo JH, te seguiré informando.
—Vale, tu sigue observando. Ahora debo dejarte.
—Claro. Adiós JH.
—Adiós.
Antes de dirigirse a la agencia inmobiliaria Noroeste, sede de la Agencia, pasó por las oficinas situadas en el Camino de la Zarzuela. Observó poco movimiento, la gente que vió en ocasiones anteriores parecía haber desaparecido. Sin darle importancia, continúo conduciendo el vehículo robado con la puerta derecha hundida, en dirección a Los Molinos. No sabía que podría encontrar, ni siquiera si volvería vivo. Por eso el día anterior dejó previsto dos paquetes para ser entregados al comisario con una carta manuscrita. Enfiló la carretera y cuarenta y cinco minutos después aparcó el coche dos calles al sur de la oficina. Abrió la puerta y entró sin abrir los labios para saludar. La mujer que días atrás le enseñó los pisos en los que aparentemente estaba interesado, si lo hizo.
—Buenos días señor Cuellar, o ¿debo llamarte Diego?
—Lo que tu quieras, pero hazme el favor de avisar a Uno y Dos. Diles que estoy aquí.
—Te esperábamos, pasa.
—Gracias eres muy amable.
—Camina delante de mí.
—No gracias, te seguiré. No me fío de vosotros.
—No temas nada.
—No temo, solo soy cauto.
Atravesaron las oficinas, se adentraron en el pasillo y bajaron hacia el sótano. En la primera planta un joven les esperaba. Después de cachearle, se despidió de la mujer que se incorporó a las oficinas. El continúo bajando en compañía del hombre. Al llegar a la segunda planta se pararon frente a una puerta gris metalizada. La golpeó y esperó a que se abriera eléctricamente desde dentro.
—Gracias Alberto, ahora puedes dejarnos.
Dos hombres presidían una gran mesa de reuniones prevista para más de diez personas. Los sillones vacíos daban sensación de descalabro, al menos eso pensó Derque nada más entrar.
—¿Gordon? ¿Hernández? Me alegra volver a veros.
—A nosotros a tí —dijeron al unísono.
—Como los tres estamos contentos, veamos que podemos hacer en este campo de armonía.
—Desde luego —interrumpió Gordon— solucionar todos los problemas que estás provocando.
—Por eso vine, pero antes quisiera saber algo.
—Estamos dispuesto a complacerte, siempre y cuando hagas algo similar con nosotros.
—De acuerdo. ¿Por qué disteis orden de que me mataran?
—No dimos tal orden. Curtis se extralimitó en sus funciones.
—Es extraño. Siempre pensé que en la Agencia todo estaba controlado por vosotros dos.
—Y así es. Pero en tu caso concreto, el fue quien tomó tal decisión sin consultarnos.
—No me lo creo, aunque admitiré que sea así. Pero, por qué matar a Rosario.
—En ese caso, era potestad de Curtis hacerlo o no. Ya sabes, es el quien toma las decisiones sobre nuestros agentes en activo operativos.
—Tampoco me lo creo, pero seguiré admitiéndolo. Y ahora lo más importante. ¿Quién soy?
—En estos momentos no lo sabemos. Hasta hace poco eras Diego. El resto de tus compañeros tienen orden de detenerte y traerte a nuestra presencia para —guardó silencio.
—Matarme supongo.
—No Diego, solo reciclarte.
—De verdad, ¿qué me hicisteis?, ¿por qué me arrancasteis de mi familia? ¿Por qué razón tuve que perderme el final de mi infancia y el inicio de mi juventud? Necesito saber quien soy.
—No es necesario para tu actual vida conocer esos detalles.
—Si que lo es. Es preciso que vuelva a ver a mis padres.
—Lo siento Diego, pero eso no es posible, tú lo sabes.
—Tampoco me lo creo. Ya veo que no responderéis a las otras preguntas que traigo.
—Dejemos eso. Ahora es tu turno de respuestas.
—Me temo que no voy a complaceros. Mientras no sepa quien soy, y que es de mis padres, no responderé a nada.
—Nos obligaras a tomar ciertas precauciones.
—Lo suponía. Aunque debo advertiros de algo.
—¿Vas a meternos miedo?
—Supongo que no, solo que cuando Curtis, Julia y el otro agente murieron, yo iba a entrevistarme con él. No le dio tiempo a borrar la información de su oficina. A mi sí, pero antes me hice con toda ella. En estos momentos un comisario estará interpretando el primer envío que le hice. El resto espera mi regreso. Solo así se paralizaran los nuevos envíos de agentes. Estáis acabados.
—Y tu, muerto.
—No me importa. Pero a vosotros no creo que os quede mucho más que a mi.
—Has venido solo. No tenemos constancia de que te acompañara alguien.
—Desde luego estáis obsoletos. ¿Creéis que es necesario que me acompañe la policía? ¡Que absurdos sois!
—Disculpa pero no llevas transmisor ni nada que se le parezca.
—Os repito, estáis obsoletos. Acabados. Caput. Aunque su supongo que tenéis todavía alguna opción.
—¿A estas alturas chantajeando a quien te ha enseñado a ser quien eres?
—No es un chantaje, es una negociación.
—Está bien, ¿que quieres?
—Acabo de decíroslo. Necesito saber mi verdadero nombre y apellidos. De donde me sacasteis.
—¿Y que ganamos nosotros?
—El tiempo necesario para marcharos de aquí. Olvidar todo esto y si podéis, iniciar otra vida fuera de España.
—Eso no está en tu potestad.
—¿Eso creéis?
—Podemos retenerte, tal vez eliminarte.
—Desde luego podéis, pero no queréis comprometer en este momento vuestra existencia. Vuestras vidas son importantes ¿verdad? Entonces solo tenéis una opción y es: ¡responderme¡ A partir de ahí, cambiaré la dirección de los envíos y os llegarán a vosotros cuantos iban destinados a un comisario. Tendréis tiempo suficiente para abandonar la organización, la ciudad y el país.
—Y supones que debemos creerte.
—No tenéis otra alternativa.
—Está bien, jugaremos.
—Bien, os escucho atentamente.
—Saldrás de aquí y regresarás mañana. Tendrás respuesta a tus preguntas, pero no esperaremos más tiempo. Traerás personalmente la información robada a Curtis.
—Así tendréis tiempo suficiente para organizar un operativo ¿no es cierto?
—Tiempo para organizar nuestra salida.
—Entonces mañana nos veremos de nuevo.
—Te acompañarán hasta la salida.
Lo hizo el mismo hombre, luego la misma mujer. Caminó hasta donde aparcó el coche, subió en él convencido de que solo había conseguido salir con vida. Lo puso en marcha y enfiló la carretera en dirección a Madrid. Al llegar aparcó cerca de la Plaza de Castilla, desde allí tomó un bus, observando a cuanta gente pudiera seguirle. Después buscó una boca de metro para continuar el viaje hasta el apartamento. Antes llamó a Marina. No tuvo respuesta. Se apresuró cuanto pudo. Tras observar que nadie le seguía, entró en el edificio de su apartamento, subió por las escaleras y metió la llave en la puerta.
La casa estaba revuelta. La nota había desaparecido. Marina también. Se sentó unos segundos, respiró profundamente y cuando intentaba analizar la situación el móvil sonó insistentemente.
—Dime cariño, ¿Dónde estas? ¿no te dije que no salieras de casa?
—No ha salido, la hemos sacado a la fuerza —oyó desde el otro lado de la línea.
— ¿Quieres a esta mujer verdad? Nosotros también. Hasta mañana.
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