Fortunata y Jacinta – Segunda parte – Capítulo VII – partes XI y XII

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XI

Cuando entró el malaventurado chico en su casa, Fortunata no había aparecido aún. Lo mismo fue verle Patricia en aquel lastimoso estado, que correr a dar aviso a doña Lupe, la cual no tardó en presentarse alborotada y afligida. Lo primero que hizo, conforme a su gran carácter, fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre y dictar atinadas órdenes preliminares, como acostar a Maximiliano, traer provisión de árnica, reconocerle bien las contusiones que tenía y llamar un médico.

«¿Pero y Fortunata?».

—Salió a hacer unas compras—dijo Patricia.

—¡Es particular! Las ocho y media de la noche.

En vano intentó doña Lupe saber lo que había ocurrido de los propios labios del joven. Este no decía más que «¡machacárselo!» con aquella voz de falsete, que era otra novedad para su tía. Acostáronle con no poco trabajo, y le llenaron de bizmas. El médico de la Casa de Socorro vino y ordenó el reposo. Temía que hubiese algo de conmoción cerebral; pero probablemente concluiría todo con una fuerte jaqueca. También propinó el bromuro potásico a fuertes dosis, y a la primera toma se adormeció el herido, pronunciando palabras sueltas, de las cuales nada pudo sacar en claro la señora de Jáuregui. ¡Y a todas estas la otra sin parecer!

Por fin, a eso de las nueve y media, cuando el médico se fue, sintió doña Lupe un rebullicio, luego cuchicheos en el pasillo. Fortunata había entrado, y hablaba muy bajito con Patria. La mente de la viuda, en la cual hasta entonces todo era confusión y vaguedades, empezó a dar de sí los juicios más extraños, ideas de atrevido alcance y de un pesimismo aterrador. Salió paso a paso a la sala, deseosa de sorprender aquel secreteo. Fortunata entró, pálida como un cirio y con ojos aterrados; mas doña Lupe no le dijo nada. La vio que avanzaba hacia el gabinete, que daba algunos pasos hacia la alcoba deteniéndose en la puerta, y que desde allí alargaba el cuerpo para mirar a su marido. ¿Por qué no entró? ¿Qué temor la detenía? La alcoba estaba casi a oscuras, pues apenas llegaba a ella la claridad de la lámpara encendida en la sala. Doña Lupe llevó al gabinete la luz. Quería observar lo que hacía su sobrina, y por de pronto le llamó la atención su actitud extraña, no muy conforme con los sentimientos naturales en una esposa en situación tan aflictiva. Una vez que le miró bien de lejos, Fortunata, sin hacer maldito caso de persona tan respetable como su tía política, volvió a la sala, que ya estaba medio a oscuras, y se sentó en una silla. Todavía no se había quitado el manto, y parecía que iba a volver a la calle. Apoyada la mejilla en la mano, permaneció inmóvil como un cuarto de hora. El silencio que en las tres piezas reinaba sólo se interrumpía con tal cual palabra estropajosa pronunciada por Maxi, y con el paso gatuno de la sirviente que atravesaba la sala para ir a recibir órdenes de la única persona que aquella noche mandara en la casa. Si el estado del enfermo permitiera alzar la voz, ¡ay!, doña Lupe haría retemblar la casa con el estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora; pero no podía ser. ¡Qué cosas había de oír su sobrina! Resolvió, pues, la tía dejar la discusión para el día siguiente; mas tanto la apremiaron la curiosidad y el enojo, que no pudo menos de personarse, pasito a paso, en la sala, y decir a Fortunata, con voz oprimida: «Explícame esto».

—¿Esto?…—murmuró la prójima, alzando la cara, como quien despierta.

—Esto, sí… Maximiliano maltratado… tú entrando en casa tan tarde y con esos modos de traidora de melodrama.

Fortunata, después de mirar de hito en hito a doña Lupe por espacio como de un minuto, volvió a apoyar la mejilla en el puño sin decir una palabra.

«Pues me he enterado… Me gusta…».

Y fue a la alcoba, porque se oyó la voz de Maxi llamando. Poco después se le sintió vomitar. Fortunata prestó atención a lo que allí pasaba; pero sin abandonar su postura de esfinge.

Cuando la viuda volvió a la sala, ya eran más de las diez.

«¡Las diez dadas!—dijo con aquella voz tan severa que habría hecho estremecer a una piedra—. Y no te has quitado el manto. ¿Es que piensas volver… de compras? El pobre Maxi, al despertar hace un rato, me preguntó si habías venido, y le dije que no. Me dio vergüenza de decirle que sí, porque habría sido preciso añadir que sólo con la manera de entrar te declaras culpable… Él dijo: ‘Más vale que no venga…’. ¿Y tú no conoces que así no se puede seguir?… ¿que es preciso que me expliques esto? Habla, hija, habla o yo veré lo que tengo que hacer».

Fortunata, después de mirarla con una emoción que doña Lupe no podría definir, volvió a apoyar la cara en la mejilla, y dando un gran suspiro, se acorazó dentro de aquel silencio lúgubre, que desesperaría a la misma paciencia.

«¡Esto es para volverse loca!…—expresó doña Lupe con un gesto iracundo—. ¿Creerás tú, creerá usted que conmigo valen marrullerías? Sepa usted que…».

La ira se le desbordaba, y para contenerla volvió a la alcoba. Su mente acalorada revolvía estas ideas: «Salió lo que yo me temía… Si lo dije, si esta mujer nos había de dar al fin un disgusto… ¡Ay, qué ojo tengo! A mí no me entraba, no me entraba; y siempre lo dije: ‘ni con Micaelas ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente’. Ahí está, ahí está, ahí la tienen. Vean si acerté; vean si eran preocupaciones mías…».

Lo que más ensoberbecía a doña Lupe era el chasco que se había llevado, pues aunque dijera otra cosa, ello es que había creído a Fortunata radicalmente reformada. No pudo contener su arranque, y volvió a la sala. «Pero se explica usted, ¿sí o no?…».

Reparó entonces que hablaba con una sombra. Fortunata no estaba allí. Salió doña Lupe al pasillo, y vio luz en un cuartito interior, donde la mujer de Maxi guardaba su ropa. Empujó la puerta. Allí estaba, ya sin mantilla, sacando ropa del armario y metiéndola en un mundo.

«¿Pero querrá usted al fin sacarme de dudas?—dijo sin recatarse ya de alzar la voz—. Esto es vergonzoso. Si usted se obstina en callarse, creeré que la causante de toda esta tragedia es usted y nada más que usted».

Fortunata se volvió hacia ella. Su palidez era como la de un muerto.

«Vamos a ver—añadió la de Jáuregui manoteando—. Si mi sobrino me vuelve a preguntar si ha entrado usted, ¿qué le digo?».

—Dígale usted—replicó la esposa en voz más baja y expresándose con mucha dificultad—; dígale usted que no he venido, porque me marcharé en cuanto sea de día.

—Yo no entiendo una palabra… ¡qué ha pasado, Santo Dios!… ¿Quién maltrató a Maxi?

Fortunata dio un gran suspiro. «¡Qué farsa! Voy a dar parte a la justicia. Veremos si al juez le contesta de esa manera. Que usted es culpable, bien a la vista está. Si no, ¿por qué se marcha usted?».

—Porque me debo ir—replicó la otra mirando al suelo.

No dijo más. Fuera de sí, doña Lupe le echó la zarpa a un brazo y sacudiéndola fuertemente, le soltó esta imprecación:

«¡Ah!, maldita… bien claro se ve que es usted una bribona… una bribona en toda la extensión de la palabra… que lo ha sido siempre y lo será mientras viva… A todos engañó usted menos a mí… a mí no… Yo la vi venir».

Abrumada por su conciencia, Fortunata no pudo contestar nada. Si doña Lupe se hubiera abalanzado a ella para pegarle, se habría dejado castigar.

«Hace usted bien en largarse—añadió la otra ya en la puerta—. No seré yo quien la detenga… Viento fresco. ¡Qué casa esta y qué matrimonio! Nada me coge de nuevo… porque, lo repito, a todos engañó usted menos a mí».

Y era mentira, porque la primera engañada fue ella. ¡Valiente fiasco habían tenido sus facultades educatrices! La idea de este fracaso encendía su furor más que el delito mismo que en su sobrina sospechaba.

Volviendo a la sala, apoderose de la señora de Jáuregui el frenesí de las disposiciones. La primera fue que se quedaría allí aquella noche. Después mandó a Patricia a su casa con un recado, llamando a Nicolás, que aquel día había llegado de Toledo. «Que venga mi sobrino inmediatamente, y si está durmiendo, encargue usted a Papitos que le despierte».

Fortunata seguía en el cuarto de la ropa; mas adelantaba muy poco en el arreglo de su equipaje, porque a lo mejor se quedaba inmóvil, sentada sobre un baúl, mirando al suelo o a la vela, que ardía con pábilo muy larguilucho y negro, chorreando goterones de grasa. Desde que empezó a faltar, no había sentido remordimientos como los de aquella noche. El espectro de su maldad no había hecho antes más que presentarse como en broma, y érale a ella muy fácil espantarlo; pero ya no acontecía lo mismo. El espectro venía y se sentaba con ella y con ella se levantaba; cuando se ponía a guardar ropa, la ayudaba; al suspirar, suspiraba; los ojos de ella eran los de él, y, en fin, la persona de ambos parecía una misma persona. Y la atormentaban, juntamente con los revuelcos de su conciencia, ansias de amor, deseos vivísimos de normalizar su vida dentro de la pasión que la dominaba. Acordose de que su amante le había ofrecido ponerle casa, y establecer entre ambos una familiaridad regular dentro de la irregularidad. ¿Pero esto podría ser? Las ansias amorosas se cruzaban en su espíritu con temores vagos, y al fin venía a considerarse la persona más desgraciada del mundo, no por culpa suya, sino por disposición superior, por aquella mecánica espiritual que la empujaba de un modo irresistible. No pensó en dormir aquella noche, y anhelaba que viniese el día para marcharse, porque el sentir la voz doliente de su marido producíale atroz martirio. Habría dado diez años de su vida porque lo que pasó no hubiera pasado. Pero ya que no lo podía remediar, ¡ojalá que las heridas de Maxi fuesen de poca importancia! Después de esto, su más vivo deseo era coger la puerta y huir para siempre de la casa aquella. Antes morir que continuar la farsa de un matrimonio imposible.

De estas meditaciones la sacó doña Lupe, que después de media noche volvió a entrar en el cuarto. Envolvíase toda en una manta, lo que le daba cierto aspecto temeroso y lúgubre como de alma del otro mundo.

«Al pobre Maxi—dijo—, le da ahora por llorar… No cesa de preguntarme si ha venido usted… Francamente, no sé qué responderle».

—Dígale usted que me he muerto—replicó Fortunata.

—Y positivamente sería lo mejor… ¿Ha arreglado usted ya sus baúles?

—Me falta poco… Mire, mire… no me llevo nada que no sea mío.

—¿Y sus alhajas?—preguntó la viuda que custodiaba en su casa las de más valor.

—¿Mis alhajas?—observó la otra vacilando primero y asegurándose al fin—. No son mías. Son de él, de Maxi, que las desempeñó. Se las dejo todas.

—¿De modo que no se lleva usted más que su ropa?

—Nada más. Hasta el portamonedas, con el último dinero que me dio, lo dejo aquí sobre la cómoda. Véalo usted.

Cogió la prudente señora el portamonedas que estaba aún bien repleto y se lo guardó.


xii

Hay motivos para creer que cuando Papitos entró a media noche en el cuarto de Nicolás Rubín y le dijo sacudiéndole fuertemente: «Señor, señor, su tía que vaya allá ahora mismo», el santo varón soltó un bramido y dio media vuelta volviendo a caer en profundo sueño. Es probable que a la segunda acometida de Papitos, el clérigo se desperezara, y que ahuyentase a la mona con otro fuerte berrido, agasajando en su empañado cerebro la idea de que su tía debía esperar hasta la mañana siguiente. Y el fundamento de estas apreciaciones es que Nicolás no se presentó en la casa de su hermano Maxi hasta las siete dadas. Tanta pachorra sacaba de quicio a doña Lupe, que poniendo el grito en el Cielo, decía: «Estoy destinada a ser la víctima de estos tres idiotas… Cada uno por su lado me consumen la vida, y entre los tres juntos van a acabar conmigo… ¡Qué familia, Señor, qué familia! Si me viera mi Jáuregui, otro gallo me cantara. ¡Pero hombre de Dios, vaya que tienes una calma! No sé cómo con ella y lo que comes no estás más gordo… Te llamo a las once de la noche y esta es la hora en que te descuelgas por aquí… ¿Tú sabes lo que pasa?».

Esto lo decía en la sala, al ver entrar a Nicolás, cuyos ojos tenían aún señales evidentes de lo bien que había dormido. Al sentir el coloquio, salió la pecadora de su escondite, y acercándose a la puerta de la sala trató de escuchar. Pero tía y sobrino siguieron hablando muy bajito, y nada pudo percibir. Después el clérigo, a instancias de su tía, salió al pasillo, y Fortunata metiose rápidamente en su escondite para esperarle allí.

El cuarto aquel estaba casi completamente a oscuras en las primeras horas del día. Los que entraban no veían a quien dentro estuviera. La vela, que ardió gran parte de la noche, se había consumido. Desde dentro, vio Fortunata al cura, sombra negra en el cuadro luminoso de la puerta, y esperó a que entrase o a que dijese algo. Como el que recela penetrar en la madriguera de una bestia feroz, Nicolás permaneció en la puerta, y desde ella lanzó en medio de la oscuridad estas palabras: «Mujer, ¿está usted aquí?… No veo nada».

—Aquí estoy, sí señor—murmuró ella.

—Mi tía—añadió el clérigo—, me ha contado los horrores de esta noche… Mi hermano maltratado, herido; usted entrando en casa a deshora, y entrando para recoger su ropa y marcharse, rompiendo la armonía conyugal y dejándonos a todos en la mayor confusión. ¿Me querrá usted explicar a mí este turris-burris?

—Sí señor—replicó la voz con miedo y turbación indecibles.

—¿Y si ha tenido usted parte en esta infamia?

—Yo… en lo de los golpes no he tenido parte—apuntó con rápida frase la voz.

—Vamos a cuentas—dijo el clérigo avanzando un poco, precedido de sus manos que palpaban en las tinieblas—. Hace algunos días… lo he sabido ayer por casualidad… mi hermano sospechaba que usted no le era fiel; esta es la cosa. ¿Tenía fundamento esta sospecha?

La voz no dijo nada, y hubo un ratito de temerosa expectativa.

«¿Pero no contesta usted?—interrogó Nicolás con acento airado—. ¿Por quién me toma? Hágase usted cargo de que está en el confesonario. No hago la pregunta como persona de la familia ni como juez, sino como sacerdote. ¿Tenía fundamento la sospecha?».

Después de otro ratito, que al cura se le hizo más largo que el primero, la voz respondió tenuemente:

«Sí señor».

—Ya veo—afirmó Rubín con ira—, que nos ha engañado usted a todos, a mí el primero, a las señoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi familia después. Es usted indigna de ser nuestra hermana. Vea usted qué bonito papel hemos hecho. ¡Y yo que respondí…! En mi vida me ha pasado otra. La tuve a usted por extraviada, no por corrompida, y ahora veo que es usted lo que se llama un monstruo.

Dio entonces un paso más, cerrando un poco la puerta, y tentó la pared por si hallaba silla o banco en qué sentarse.

«Hablando en plata, usted no quiere a mi hermano… Ábrete, conciencia».

—No señor—dijo la voz prontamente y sin hacer ningún esfuerzo.

—No le ha querido nunca… esta es la cosa.

—No señor.—Pero usted me dijo que esperaba tomarle cariño conforme le fuera tratando.

—Sí lo dije.—Pero no ha resultado… No ha resultado. ¡Chasco como este…! Se dan casos… De modo que nada.

—Nada.—¡Perfectamente! Pero usted olvida que es casada y que Dios le manda querer a su marido, y si no le quiere, serle fiel de cuerpo y de pensamiento. ¡Bonita plancha, sí señor, bonita!… En mi vida me ha pasado otra. Y usted, pisoteando el honor y la ley de Dios, se ha prendado de cualquier pelagatos… ya se ve: su pasado licencioso le envenena el alma, y la purificación fue una pamema. ¡No haber visto esto, Señor, no haberlo visto!

Estaba tan furioso el cura por lo mal que le había salido aquella compostura, y su amor propio de arreglador padecía tanto, que no pudo menos de desahogar su despecho con estas coléricas razones: «Pues sépase usted que está condenada, y no le dé vueltas: condenada».

No se sabe si este procedimiento del terror hizo su efecto, porque Fortunata no contestó nada. La expresión de sus sentimientos acerca del tremendo anatema perdiose en la oscuridad de aquella caverna.

«Al menos, desdichada, confiese usted su delito—dijo Rubín, que deslizándose en las tinieblas había encontrado un cajón en que sentarse—. No me oculte usted nada. ¿Cuántas veces, cuántas veces ha faltado usted a su marido?».

La contestación tardaba. Nicolás repitió la pregunta hasta tres veces suavizando el tono, y al fin oyó un susurro que decía: «Muchas».

Cuenta el padre Rubín que aquel

muchas le dio escalofríos, y que le pareció el rumorcillo que hacen las correderas cuando en tropel se escurren por las paredes.

—¿Con cuántos hombres?

—Con uno solo…—¡Con uno sólo!… ¿De veras? ¿Le conoció usted después de casada?

—No señor. Le conozco hace mucho tiempo… le he querido siempre.

—¡Ah! ya… la historia vieja… perfectamente—dijo el cura, cuyo amor propio se erguía al encontrar un medio de aparecer previsor—. Eso ya me lo temía yo. ¡El amorcito primero…! ¿No lo dije, no se lo dije a usted? Por ahí está el peligro. He visto muchos casos. Bueno. ¿Y ese pelafustán es el de marras?

Fortunata contestó que sí, sin comprender lo que quería decir de marras.

«Y ese ha sido el miserable que abusando de su fuerza maltrató al pobre Maxi, débil y enfermizo… ¡Ay, mundo amargo!».

—Él fue… pero Maxi le provocó…—dijo la voz—. Esas cosas vienen sin saber cómo… Yo lo presencié desde la ventana.

—¿Desde qué ventana?

—De la casa aquella.—¿Casita tenemos?… Sí… sí, lo de siempre. Lo había previsto yo. No crea usted que me coge de nuevo. ¡Casita y todo!… ¡Cuánta infamia! ¿Y no siente usted remordimientos? Cualquier persona que tuviera alma estaría en tal caso llena de tribulación… pero usted tan fresca.

—Yo lo siento… lo siento… Quisiera que eso no hubiera pasado.

—Eso, que no hubiera pasado el lance, para continuar pecando a la calladita. Y siga el fandango. También esta clase de perversidad me la sé de memoria.

Fortunata se calló. Fuera que los ojos del clérigo se acostumbraran a la oscuridad, fuera que entrase en el cuarto más luz, ello es que Nicolás empezó a distinguir a su hermana política, sentada sobre el baúl, con un pañuelo en la mano. A ratos se lo llevaba al rostro como para secar sus lágrimas. Cierto es que Fortunata lloraba; pero algunas veces la causa de la aproximación del pañuelo a la cara era la necesidad en que la joven se veía de resguardar su olfato del olor desagradable que las ropas negras y muy usadas del clérigo despedían.

«Esas lágrimas que usted derrama, ¿son de arrepentimiento sincero? ¡A saber…! Si usted se nos arrepintiera de verdad, pero de verdad, con contrición ardiente, todavía esto podría arreglarse. Pero sería preciso que se nos sometiera a pruebas rudas y concluyentes… esta es la cosa. ¿Volvería usted a las Micaelas?».

—¡Oh!, no señor—replicó la pecadora con prontitud.

—Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio—gritó el clérigo con gesto de menosprecio.

—Le diré a usted… yo me arrepiento; pero…

—Qué peros ni qué manzanas…—manifestó Rubín, manoteando con groseros modales—. Reniegue usted de su infame adulterio; reniegue también del hombre malo que la tiene endemoniada.

—Eso…—¿Eso qué?… ¡Vaya con la muy…! Y me lo dice así, con ese cinismo.

Fortunata no sabía lo que quiere decir cinismo, y se calló.

«Todo induce a creer que usted se prepara a reincidir, y que no hay quien le quite de la cabeza esa maldita ilusión».

El gran suspiro que dio la otra confirmó esta suposición mejor que las palabras.

«De modo que, aun viéndose perdida y deshonrada por ese miserable, todavía le quiere usted. Buen provecho le haga».

—No lo puedo remediar. Ello está entre mí y no puedo vencerlo.

—Ya… la historia de siempre. Si me la sé de memoria… Que quieren sólo a aquel y no pueden desterrarlo del pensamiento, y que patatín y que patatán… En fin, todo ello no es más que falta de conciencia, podredumbre del corazón, subterfugios del pecado. ¡Ay, qué mujeres! Saben que es preciso vencer y desarraigar las pasiones; pues no señor, siempre aferradas a la ilusioncita… Tijeretas han de ser… En resumidas cuentas, que usted no quiere salvarse. La pusimos en el camino de la regeneración, y le ha faltado tiempo para echarse por los senderos de la cabra. ¡Al monte, hija, al monte! Bueno; allá se entenderá usted con Dios. Ya me estoy riendo del chasco que se va usted a llevar. Porque ahora, como si lo viera, se lanzará otra vez a la vida libre. Divertirse… ¡ea!… Por de pronto habrá un arreglito, y ese tunante le dará alguna protección; tendrá usted casa en que vivir… Y ahora que me acuerdo, ¿ese hombre es casado?

—Sí señor—dijo Fortunata con pena.

—¡Ave María Purísima!—exclamó el cura llevándose ambas manos a la cabeza—. ¡Qué horror y qué sociedad! Otra víctima; la esposa de ese señor… Y usted tan fresca, sembrando muertes y exterminios por donde quiera que va…

Esta frase de sermón aterró un poco a Fortunata.

«Tendrá usted su castigo y pronto. La historia de siempre… ¡Qué mujeres, Señor, qué mujeres! Váyase usted a correr aventuras, deshonre a su marido, perturbe dos matrimonios; ya vendrá, ya vendrá el estallido. No le arriendo la ganancia. El amancebamiento ahora, después la prostitución, el abismo. Sí, ahí lo tiene usted, mírelo abierto ya, con su boca negra, más fea que la boca de un dragón. Y no hay remedio, a él va usted de cabeza… porque ese hombre la abandonará a usted… Son habas contadas».

Fortunata tenía la cabeza próxima a las rodillas. Estaba hecha un ovillo, y sus sollozos declaraban la agitación de su alma.

«¡Ah, mujer infeliz!—añadió el clérigo con solemnidad, levantándose—; no sólo es usted una bribona, sino una idiota. Todas las enamoradas lo son porque se les seca el entendimiento. Las saca uno del purgatorio del deleite y allá se van otra vez. Tú te lo quieres, pues tú te lo ten. En el Infierno le ajustarán a usted las cuentas. Váyase usted luego allá con sofismas y con zalamerías de amor… Esto se acabó. Ni yo tengo que hacer nada con usted, ni usted tiene nada que hacer en esta casa. Cuenta concluida. Al arroyo, hija; divertirse; usted sale de aquí, y cuando se vaya, sahumaremos, sí, sahumaremos… Perfec… tamente».

Esto lo dijo en la puerta y luego se retiró sin añadir una palabra más. Doña Lupe le aguardaba en la sala para saber si había sido más afortunado que ella en la averiguación de la verdad, y allí se estuvieron picoteando un buen rato. Después oyeron ruido, sintieron la voz de Fortunata que hablaba quedito con Patricia, diciéndole quizás cómo y cuándo mandaría a buscar su ropa. Tía y sobrino asomáronse luego a los cristales del balcón y la vieron atravesar la calle presurosa, y doblar la esquina sin dirigir una mirada a la casa que abandonaba para siempre.

Nicolás repetía una figura de que estaba satisfecho: «Sahumar, sahumar y sahumar». Y a propósito de espliego, a él, físicamente, tampoco le vendría mal… esto sin ofender a nadie.

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