Por qué leer «París no se acaba nunca»
Conviene leer París no se acaba nunca porque pocas novelas españolas contemporáneas han sabido convertir con tanta inteligencia el mito de la formación literaria en una indagación sobre el ridículo, la pose y la necesidad misma de escribir. En Enrique Vila-Matas, la literatura no comparece como adorno cultural ni como simple repertorio de referencias, sino como una forma de vida sometida a examen, atravesada por la ironía y por una lucidez que desconfía de cualquier épica del artista. Este libro, publicado por primera vez en 2003, sigue siendo una pieza central para entender no sólo la trayectoria de su autor, sino una cierta tradición de narrativa en primera persona que hace de la autobiografía un laboratorio de ficción y pensamiento.
La anécdota de partida es conocida y, en manos menos exigentes, podría haber dado lugar a una amable estampita generacional: un joven aspirante a escritor llega al París de los años setenta, vive en una buhardilla alquilada por Marguerite Duras, frecuenta cafés, imita a sus maestros y trabaja en una primera novela bajo el hechizo de la bohemia literaria. Sin embargo, Vila-Matas no escribe una novela de iniciación en sentido convencional, ni tampoco unas memorias nostálgicas. Lo que propone es la reconstrucción, desde el presente, de aquel personaje que fue —o que cree haber sido—, sometiéndolo a una revisión implacable. El joven Enrique aparece como un aprendiz absorbido por la teatralidad de la vida literaria, alguien que ensaya gestos de escritor maldito y se instala en una desesperación casi de segunda mano, aprendida en los libros y en los cafés de Saint-Germain-des-Prés.
Ese argumento, relativamente tenue, importa menos por lo que cuenta que por cómo lo piensa. La novela avanza mediante una estructura digresiva y reflexiva, construida sobre episodios, recuerdos, comentarios y desvíos que rehúyen la linealidad. Hay un hilo autobiográfico, desde luego, pero el verdadero movimiento del libro consiste en ir desmontando la escena originaria del escritor joven. Cada recuerdo lleva consigo una rectificación; cada exaltación, una distancia irónica; cada imagen del París literario, una sospecha. De ahí que el libro funcione como una novela sobre la educación sentimental e intelectual, pero también como una crítica de las mitologías que esa educación produce.
Uno de sus mayores logros reside en la voz. Vila-Matas ha hecho de la primera persona un territorio inestable, a medio camino entre la confesión, el ensayo y la fabulación, y aquí esa mezcla alcanza un equilibrio especialmente fértil. El narrador se observa a sí mismo con ironía, pero sin caer en la simple burla retrospectiva; entiende la impostura de su juventud, aunque no la despacha como frivolidad. Sabe que en aquella imitación de los grandes escritores había afectación, sí, pero también una forma ingenua y necesaria de aprendizaje. La novela acierta precisamente porque no ridiculiza del todo a aquel joven ni lo absuelve: lo interpreta. Y en esa interpretación se cifra su hondura.
Formalmente, París no se acaba nunca condensa algunos de los rasgos más reconocibles de la prosa de Vila-Matas: el gusto por la cita y la alusión, la deriva asociativa, la frase de apariencia ligera que encierra una observación de gran precisión, y una ironía capaz de sostener, sin estridencia, una reflexión seria sobre el fracaso, la identidad y la literatura. El lenguaje es sobrio, flexible, conversacional en la superficie, pero muy controlado en su ritmo y en sus inflexiones. No busca la solemnidad, y justamente por eso puede permitirse decir cosas de fondo sin engolarse. Esa naturalidad es uno de los signos de su estilo más depurado.
En el contexto de la narrativa española contemporánea, el libro ocupa un lugar decisivo. Vila-Matas pertenece a una estirpe de escritores para quienes narrar implica leer, comentar, reescribir, discutir con una tradición. Pero en su caso esa dimensión metaliteraria nunca se limita al juego culto. Aquí la literatura aparece vinculada a una cuestión ética: cómo vivir sin convertir la vida en una representación vacía; cómo asumir que toda vocación artística contiene algo de máscara; cómo distinguir entre la experiencia verdadera y el deseo de parecer alguien. La novela no responde de forma doctrinal a estas preguntas, pero las sostiene con una claridad infrecuente.
Por eso su lectura sigue siendo valiosa hoy. Frente a la tendencia a romantizar los comienzos, París no se acaba nunca muestra que el origen de una vocación está hecho de malentendidos, contagios, vanidades, lecturas decisivas y gestos prestados. Y, sin embargo, de ese fondo equívoco puede nacer una obra auténtica. La paradoja es central: el escritor empieza imitando, posando, incluso exagerando su papel; sólo más tarde comprende que también esa falsedad formaba parte del camino hacia una voz propia. Vila-Matas convierte esa paradoja en materia novelesca y en una forma de conocimiento.
Leer hoy esta novela es leer una meditación muy poco complaciente sobre la juventud literaria, pero también una defensa de la literatura como espacio donde la impostura puede transformarse en verdad. No porque el libro revele una intimidad desnuda, sino porque entiende que la identidad del escritor se construye entre máscaras, lecturas y recuerdos rehechos. De ahí su vigencia: París no se acaba nunca no idealiza París, ni la bohemia, ni la figura del autor; examina el deseo de pertenecer a ese mundo y descubre, en ese examen, una de las formas más finas de la honestidad literaria.
Tuve la oportunidad de escuchar en Granada la charla del autor, que aproveché para tener el recuerdo de su firma en un ejemplar del libro.
© Anxo do Rego



